Agencia vegetal
Francisco Javier Navarro Prieto
La agencia vegetal es la capacidad de las plantas para exhibir un comportamiento adaptativo y flexible, orientado a fines y basado en la percepción e integración de múltiples señales del entorno biótico y abiótico (Trewavas y Baluška, 2011; Sharov, 2022). En esta entrada, el término agencia no presupone necesariamente conciencia ni experiencia subjetiva. Es posible hablar de agencia biológica —esto es, de capacidad de acción contextual, plástica y orientada a metas— sin adoptar ninguna tesis acerca de la existencia de estados conscientes en las plantas. La cuestión de la conciencia vegetal constituye un debate distinto y no será abordada aquí.
Frente a una interpretación meramente “reactiva” del comportamiento vegetal, según la cual las plantas responderían pasivamente a estímulos ambientales mediante la ejecución de mecanismos predeterminados (véase mecanicismo), numerosos estudios en fisiología y ecología vegetal han puesto de relieve la complejidad de su repertorio conductual. Las plantas exhiben comunicación química, reconocimiento de parentesco, toma de decisiones contextuales, aprendizaje y memoria, así como diversas formas de comportamiento anticipatorio (Trewavas, 2014; Calvo y Lawrence, 2023).
Pese a ello, la noción de agencia vegetal ha sido objeto de controversia. Algunos autores sostienen que conceptos como “agencia” o “inteligencia” vegetal no añaden contenido explicativo relevante (Robinson et al., 2020) y defienden que el comportamiento observable de las plantas puede entenderse adecuadamente como resultado de la información genética acumulada por selección natural (Taiz et al., 2019). Desde esta perspectiva, la referencia a la agencia sería superflua o incluso equívoca.
En su versión más fuerte, esta objeción adopta una interpretación genocentrista del comportamiento vegetal. Según ella: (1) la conducta del organismo sería enteramente reductible a las interacciones entre moléculas y redes de regulación génica responsables de implementar un “programa genético”; (2) el nivel del organismo carecería de estatuto causal propio; y (3) la categoría de organismo sería prescindible para explicar la adaptación y el comportamiento.
En este contexto se afirma a veces que la agencia sería un epifenómeno. En sentido técnico, un epifenómeno es un fenómeno que acompaña a ciertos procesos físicos sin poseer eficacia causal independiente: no produce efectos propios, sino que es enteramente dependiente de causas subyacentes. Aplicado al caso vegetal, esto implicaría que el comportamiento observable —por ejemplo, la respuesta defensiva ante un herbívoro— no tendría relevancia causal a nivel del organismo, siendo las únicas causas reales los procesos moleculares que lo sustentan. El recurso a la agencia sería, entonces, meramente descriptivo.
Frente a esta interpretación reductiva, los defensores de la agencia vegetal sostienen que la integración de múltiples fuentes de información ambiental y la flexibilidad adaptativa observada en plantas impiden reducir su comportamiento a la ejecución de un programa genético rígido. La conducta vegetal es adaptativa, plástica y orientada a metas en un sentido biológico (Calvo y Lawrence, 2023). En palabras de Denis Noble, “la vida es creadora de reglas, y no una seguidora rígida de las mismas” (Noble y Noble, 2023, p. 83).
En esta línea, Mary Jane West-Eberhard (2003) ha argumentado que los genes no deben concebirse como “directores” de la actividad orgánica, sino como recursos que estabilizan y posibilitan cambios fenotípicos generados en el contexto del desarrollo y la interacción con el entorno. La historia de la biología molecular ofrece ejemplos paradigmáticos de esta inversión conceptual. El descubrimiento de los llamados “genes saltarines” por Barbara McClintock mostró que los genomas no son estructuras estáticas, sino sistemas dinámicos capaces de reorganización (McClintock, 1950). Estas investigaciones contribuyeron a debilitar el determinismo genético fuerte y a subrayar la importancia de procesos regulativos a nivel del organismo.
Desde un punto de vista histórico, el debate en torno a la agencia vegetal se inscribe en una revisión más amplia del estatuto explicativo de la genética. Durante buena parte del siglo XX, la biología estuvo marcada por una tendencia reduccionista que otorgaba a los genes un papel causal privilegiado (Keller, 2002). Sin embargo, el desarrollo de la biología de sistemas y de la epigenética ha puesto de relieve la necesidad de considerar niveles organizativos superiores en la explicación del comportamiento y la adaptación.
La investigación empírica reciente ofrece numerosos ejemplos de la complejidad conductual vegetal. La comunicación mediante compuestos orgánicos volátiles (COV) permite que las plantas se alerten mutuamente frente a ataques de herbívoros (Baldwin, 2010). Asimismo, se ha demostrado que Arabidopsis thaliana puede detectar, a través de sus tejidos, las vibraciones producidas por la masticación de insectos y activar respuestas defensivas específicas (Appel y Cocroft, 2014). Estos fenómenos no se limitan a respuestas automáticas aisladas, sino que implican procesos de discriminación contextual y ajuste dinámico.
En el ámbito del comportamiento social, se ha observado que las raíces de Impatiens pallida modulan su competitividad en función de si interactúan con individuos emparentados o no, lo que sugiere mecanismos de reconocimiento de parentesco (Murphy y Dudley, 2009). Del mismo modo, estudios sobre Fragaria vesca muestran que ciertas plantas pueden asociar localizaciones previas de nutrientes con condiciones lumínicas específicas y utilizar esa experiencia para anticipar oportunidades en contextos nuevos (Latzel y Münzbergová, 2018). Tales hallazgos han sido interpretados por algunos autores como formas de aprendizaje y memoria en plantas (Trewavas, 2014).
La noción de agencia vegetal no implica negar la base molecular del comportamiento, sino rechazar que esta agote su explicación. Reconocer la agencia supone afirmar que el nivel del organismo constituye una instancia explicativa irreductible en biología. La botánica no se reduce a la genética, del mismo modo que la fisiología no se reduce a la biología molecular. El organismo vegetal integra señales, evalúa condiciones ambientales y despliega respuestas coordinadas que no pueden describirse exhaustivamente en términos de eventos moleculares aislados.
En el contexto del Antropoceno, el debate sobre la agencia vegetal adquiere relevancia normativa. La ideología extractivista que caracteriza buena parte de nuestras prácticas económicas tiende a invisibilizar el trabajo biológico de las plantas —la fotosíntesis, la fijación de carbono, la regulación de ciclos biogeoquímicos— del que depende la vida en la Tierra. Algunas autoras han propuesto incluso caracterizar nuestra época como un “plantacionoceno”, subrayando la centralidad de las monoculturas y de la explotación sistemática de organismos vegetales (Haraway, 2015). Reconocer a las plantas como agentes biológicos puede contribuir a reformular nuestras relaciones interespecies y a reconsiderar el lugar que ocupan en la crisis ecosocial contemporánea.
En suma, la evidencia acumulada en las últimas décadas cuestiona tanto el genocentrismo como el antropocentrismo que han marcado tradicionalmente nuestra comprensión del mundo vegetal. Las plantas no son meros sustratos pasivos que ejecutan instrucciones genéticas, sino organismos capaces de acción contextual y adaptación flexible. Hablar de agencia vegetal no equivale a antropomorfizar a las plantas, sino a reconocer que la categoría de organismo —y no solo la de gen— desempeña un papel central en la explicación biológica.
Bibliografía:
Appel, H. M., & Cocroft, R. B. (2014). Plants respond to leaf vibrations caused by insect herbivore chewing. Oecologia, 175(4), 1257–1266.
Baldwin, I. T. (2010). Plant volatiles. Current Biology, 20(9), R392–R397.
Calvo, P., & Lawrence, N. (2023). Planta Sapiens. Descubre la inteligencia secreta de las plantas. Seix Barral.
Haraway, D. (2015). Anthropocene, Capitalocene, Plantationocene, Chthulucene: Making kin. Environmental Humanities, 6(1), 159–165.
Keller, E. F. (2002). The Century of the Gene. Harvard University Press.
Latzel, V., & Münzbergová, Z. (2018). Anticipatory behavior of the clonal plant Fragaria vesca. Frontiers in Plant Science, 9, 1847.
McClintock, B. (1950). The origin and behavior of mutable loci in maize. Proceedings of the National Academy of Sciences, 36(6), 344–355.
Murphy, G. P., & Dudley, S. A. (2009). Kin recognition: Competition and cooperation in Impatiens. American Journal of Botany, 96(11), 1990–1996.
Noble, D. (2017). Dance to the Tune of Life: Biological Relativity. Cambridge University Press.
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Robinson, D. G., Draguhn, A., & Taiz, L. (2020). Plant “intelligence” changes nothing. EMBO Reports, 21(5), e50395.
Sharov, A. (2022). Semiotic Agency: Science beyond Mechanism. Springer.
Taiz, L., et al. (2019). Plants neither possess nor require consciousness. Trends in Plant Science, 24(8), 677–687.
Trewavas, A. J. (2014). Plant Behaviour and Intelligence. Oxford University Press.
Trewavas, A. J., & Baluška, F. (2011). The ubiquity of consciousness. EMBO Reports, 12(12), 1221–1225.
West-Eberhard, M. J. (2003). Developmental Plasticity and Evolution. Oxford University Press.