Mecanicismo
Jorge Riechmann
Para la concepción dominante en la cultura occidental, las plantas son apenas seres vivos, más semejantes a los objetos inanimados que a los animales. En cambio, para los pueblos originarios no hay ninguna duda de que son sujetos vivos de quienes podemos recibir enseñanzas y a los que debemos reciprocidad y gratitud: un ejemplo de ello son los preciosos libros de Robin Wall Kimmerer (a la vez profesora universitaria de Botánica y activista indígena potawatomi) Una trenza de hierba sagrada (2021) y Reserva de musgo (2023). Ahora, la ciencia occidental más avanzada está redescubriendo que la visión de aquellos “salvajes” amerindios es la más acertada, como muestran por ejemplo los trabajos de Stefano Mancuso sobre sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal (Mancuso y Viola, 2015).
¿Cómo podemos habernos confundido tanto sobre la naturaleza de las plantas y otros seres vivos? El antropocentrismo es una de las razones; pero otra muy importante la hallamos en un rasgo básico de la concepción del mundo dominante en Occidente: su mecanicismo, el cual sostiene que la naturaleza es, en su esencia, una gran máquina. Desde la revolución científica del siglo XVII, la visión mecanicista de la naturaleza se fue extendiendo por todo el mundo: veamos brevemente cómo se llega ahí.
En la Antigüedad grecorromana, igual que para los pueblos originarios como los potawatomi, la naturaleza (physis) está viva (una buena introducción a las cosmovisiones no occidentales en Callicott, 2017). Desde Anaximandro hasta Platón se compara el origen del universo con la formación y el nacimiento de un ser vivo. Resuenan
«los ecos del Mediterráneo primordial: su inveterada veneración de la Madre Tierra, una tierra que actúa literalmente como una madre y también tiene que ser inseminada. En los mitos y ritos [grecorromanos] hay una clara preocupación por la fecundidad del ser humano y de la tierra. Agricultura, cuidado del ganado, formación de rebaños de cabras y ovejas mantienen a los hombres cercanos a la tierra, labrada o no, recordándoles su fecundidad.» (Glacken, 1996, p. 49)
Tenemos aquí una natura viva y fecunda como experiencia que se deriva del nacimiento, del parto: naturaleza es lo que nace. Pero luego viene –con el cristianismo, sobre todo en la Europa de los siglos XII a XIV– la idea de contingencia que explica tan bien Ivan Illich (2019, p. 108 y ss.): todo lo existente podría no haber existido y es un puro regalo de Dios, sostenido por su sola voluntad. La Naturaleza descansa sobre las manos de Dios –ah, pero luego éstas se van retirando…
Carloyn Merchant (2020) argumenta de forma convincente que, con tal elevación de la natura, se crean las condiciones para que ésta, una vez apartada de las manos de Dios, pierda lo que era su rasgo más esencial: su condición de algo vivo. Con eso ya nos encontramos en la Europa de Francis Bacon, Thomas Hobbes y René Descartes, donde gradualmente va ganando predominio el paradigma mecanicista. Un mundo de fuerzas vitales y vivas “dejó paso a un sistema mecanicista inerte que apoyaba las nuevas tendencias capitalistas de la sociedad moderna” (Merchant, 2020, p. xix).
La comparación del universo con un reloj se abre terreno a partir del siglo XIII (quizá el pionero sea Oresme, quien la formula en su crítica al tratado Del cielo de Aristóteles) (Naredo, 1996, p. 21). En 1605, Kepler emplea también la metáfora del reloj: “Mi intención es mostrar que la máquina celestial es más comparable al mecanismo de un reloj que a un organismo divino”. Análogamente, Descartes declara: “No reconozco diferencia alguna entre las máquinas hechas por artesanos y los diversos cuerpos que la naturaleza compone por sí misma”. Newton da una vuelta de tuerca, formulando las leyes físicas universales que rigen el movimiento de los cuerpos inertes, y “la naturaleza pasa a ser considerada como una máquina perfecta. El universo, para Newton, era un Gran Reloj, y Dios, el Gran Relojero” (Herrero, 2021, p. 67).
De la idea –en Tomás de Aquino y Guillermo de Ockham– de la naturaleza como creación divina continua y contingente pasamos al mundo de materia muerta de la Ilustración europea (La Mettrie y el Marqués de Sade):
«La [idea de] contingencia crea las condiciones por medio de las cuales, al llegar el momento del ocaso de la contingencia, la naturaleza va a perder no sólo su relación con Dios –que le había sido conferida de un modo claro y explícito en la alta Edad media– sino también una característica que no estaba relacionada con el cristianismo: su vitalidad. La ciencia moderna presupone una naturaleza que no está viva. (…) Una vez que el universo ha sido arrebatado de las manos de Dios ya puede ponerse en manos de los hombres, pero esto no hubiera podido suceder sin que, previamente, la naturaleza hubiera sido puesta en las manos de Dios.» (Illich, 2019, p. 114)
Con Fritjof Capra, podríamos identificar las raíces del paradigma hoy dominante (productivismo/ consumismo/extractivismo) sobre todo en estas dos:
«Una es la ciencia mecanicista, la ciencia del siglo XVII desarrollada por Galileo, Bacon, Descartes, Newton y sus contemporáneos. La otra es el sistema patriarcal de valores que, desde luego, procede de actitudes, esquemas de conducta y creencias patriarcales mucho más antiguos. Y las dos se hallan estrechamente entrelazadas.» (Capra y Steindl-Rast, 1994, p. 97; véase también de Castro, 2019)
El concepto de naturaleza que prevalece en Occidente, una naturaleza externa a los seres humanos, siempre pasiva y concebida de forma instrumental (como medio para los fines humanos), nos desencamina trágicamente, pues hoy:
»Los biólogos señalan principios intrínsecos a la vida que se apartan categóricamente de la más compleja de las máquinas. Los organismos vivos no pueden ser descompuestos, como un ordenador, en hardware y software. La composición biofísica de una neurona está intrínsecamente ligada a sus computaciones: la información no existe separadamente de su construcción material.» (Lent, 2021)
De esta manera y como indica Lent, los pensadores de sistemas han mostrado la trama de la vida como un sistema autopoiético similar a un fractal creciente, desde la organización celular más simple hasta la vista global de la vida en la Tierra. Así:
»Todo en el mundo natural es más dinámico que estático, y los fenómenos biológicos no pueden predecirse con precisión: en lugar de leyes fijas, necesitamos investigar los principios organizativos subyacentes de la naturaleza. Esta nueva concepción de la vida nos lleva a reconocer la interdependencia intrínseca de todos los sistemas vivientes, incluido el ser humano. Nos ofrece las bases de un futuro sustentable en el que la tecnología sea utilizada no para conquistar la naturaleza o para reorganizarla, sino para armonizarnos con ella, haciendo así nuestra vida más floreciente y llena de sentido.» (Lent, 2021)
Una cautela se impone aquí: aunque a veces identificamos mecanicismo y reduccionismo (por ejemplo, Vandana Shiva en Mies y Shiva, 2015, p. 73 y ss.), yo diría que la reducción analítica como tal no es el problema, sino el no regresar desde ahí a los niveles superiores de organización, y desconocer la existencia de propiedades emergentes (y sobre todo la visión instrumentalizadora y cosificante de la naturaleza, claro está). Por eso insistimos en la necesidad de pensamiento sistémico (Meadows, 2022).
En cualquier caso, y de manera un tanto sorprendente, cuando la ciencia occidental, desde finales del siglo XIX, va encontrando la salida del mecanicismo en una serie de rupturas epistémicas de gran calado (termodinámica, que ya en la segunda mitad del siglo XX se convertirá en termodinámica de sistemas abiertos, también llamada de estructuras disipativas; teoría de la relatividad; mecánica cuántica; ecología; teoría de sistemas…), sin embargo el mecanicismo se hace fuerte en algunas disciplinas que todavía hoy constituyen verdaderos pilares de la cultura dominante: me refiero sobre todo al marginalismo neoclásico en economía y a la biología molecular en ciencias de la vida. Y aunque he escrito “sorprendente”, en realidad la sorpresa no debería ser grande, habida cuenta de la afinidad profunda entre el mecanicismo y el capitalismo: un mundo de objetos inertes se deja convertir más fácilmente en un mundo de mercancías. Hoy se hace muy necesaria una filosofía no mecanicista especialmente en esos dos ámbitos, economía y biología. Sirvan como valiosos ejemplos, para lo primero, el enfoque económico ecointegrador de José Manuel Naredo (1996, pp. 463 y ss.) (véase Economía ecológica), y para lo segundo la propuesta de un “darwinismo activo” por parte de Denis Noble, que con agudeza estudia Fran Navarro (2024) (de este autor, véanse Simbiosis, Filosofía de la Biología y Agencia vegetal).
El ecoteólogo Thomas Berry, muy evocado por las corrientes de pensamiento “neoanimistas”, sugiere que hay que concebir “el universo como una comunión de sujetos, no una colección de objetos” (Wall Kimmerer, 2021, p. 72). No deberíamos ver al pino silvestre o al cuervo como un qué, sino como un quién. Y podemos asentir a la sugerencia de Yayo Herrero:
«Necesitamos una ciencia –natural y sobre todo social– que piense la naturaleza desde dentro, sin intentar dominarla, aliándose con ella. Unas ciencias terrícolas capaces de desacelerar los excesos cometidos por la propia ciencia. En la novela de Tarashea Nesbit Las esposas de los Álamos, uno de los esposos que trabaja clandestinamente para conseguir la bomba atómica en el desierto polvoriento se pregunta: ¿No deberíamos conseguir fracasar?» (Herrero, 2021, p. 74)
Bibliografía:
Baird Callicott, J. (2017). Cosmovisiones de la Tierra. Plaza y Valdés.
Capra, F & Steindl-Rast, D. (1994). Pertenecer al universo. EDAF.
Capra, F. (1995). La trama de la vida. Una nueva perspectiva de los sistemas vivos. Anagrama.
de Castro, C. (2019). Reencontrando a Gaia. Ediciones del Genal.
Glacken, C. J. (1996). Huellas en la playa de Rodas. Naturaleza y cultura en el pensamiento occidental desde la Antigüedad hasta finales del siglo XVIII. Eds. del Serbal.
Herrero, Y. (2021). Ausencias y extravíos. Libros en Acción/ revista Contexto.
Illich, I. & Cayley, D. (2019). Últimas conversaciones con Iván Illich. El Pez Volador.
Lent, J. (27 de marzo de 2021). Una casa sobre suelo movedizo: Ocho fallos estructurales de la visión occidental del mundo. Revista digital 15-15-15. https://www.15-15-15.org/webzine/2021/03/27/una-casa-sobre-suelo-movedizo-ocho-fallos-estructurales-de-la-vision-occidental-del-mundo/
Mancuso, S. & Viola, A. (2015): Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal. Galaxia Gutenberg.
Meadows, D. (2022): Pensar en sistemas. Capitán Swing.
Merchant, C. (2020). La muerte de la naturaleza. Mujeres, ecología y revolución científica. Comares.
Mies, M. & Shiva, V. (2015). Ecofeminismo.
Naredo, J. M. (1996). La economía en evolución (2ª ed.). Siglo XXI.
Navarro, F. J. (8 de abril de 2024). La filosofía de la biología de Denis Noble. La propuesta de un ‘darwinismo activo’ y la búsqueda de un nuevo lenguaje para la biología del siglo XXI. [Seminario] Grupo de Humanidades Ecológicas, GHECO.
Wall Kimmerer, R. (2021). Una trenza de hierba sagrada. Saber indígena, conocimiento científico y las enseñanzas de las plantas. Capitán Swing.
Wall Kimmerer, R. (2023). Reserva de musgo. Una historia natural y cultural de los musgos. Capitán Swing.