Filosofía de la biología
Francisco Javier Navarro Prieto
Si la biología es la ciencia que estudia los seres vivos, la filosofía de la biología es la rama de la filosofía que examina sus conceptos, métodos y supuestos, y también las implicaciones que sus resultados tienen para nuestra comprensión de la realidad. En un sentido básico, forma parte de la filosofía de la ciencia: analiza cómo explican los biólogos qué tipo de entidades reconocen o qué estatuto tienen sus teorías. Pero su alcance es más amplio. La biología no es solo un objeto de análisis filosófico; es también una fuente de ideas capaz de transformar la reflexión sobre cuestiones clásicas como la naturaleza de la vida, la mente o el lugar del ser humano en el mundo (Godfrey-Smith, 2014; Okasha, 2019). Por eso, la filosofía de la biología es a la vez una rama especializada de la filosofía de la ciencia y una forma de filosofía informada por la biología.
Esta doble dimensión ayuda a entender tanto su importancia como su relativa novedad institucional. La relación entre filosofía y biología es muy antigua. En Aristóteles, por ejemplo, el estudio de los seres vivos y la reflexión filosófica forman parte de un mismo proyecto intelectual: comprender la organización, las funciones y los principios de lo viviente (Aristóteles, 2019). Durante siglos, sin embargo, esta relación no dio lugar a una disciplina autónoma. La reflexión sobre la vida quedó dispersa entre la metafísica, la filosofía natural o la teología natural.
El gran punto de inflexión fue la publicación en 1859 de El origen de las especies de Charles Darwin. Su teoría introdujo tres ideas fundamentales: que las especies cambian a lo largo del tiempo, que comparten ancestros comunes y que la selección natural es el principal mecanismo de ese cambio (Darwin, 1859; Okasha, 2019). Estas ideas no solo transformaron la biología, sino también la filosofía. En primer lugar, debilitaron el argumento del diseño, que interpretaba la complejidad y la aparente finalidad de los organismos como prueba de un creador (Paley, 1802). Darwin mostró que ese “diseño” puede surgir de un proceso natural sin intención ni propósito. En segundo lugar, situó al ser humano dentro de la naturaleza, como resultado de un proceso evolutivo continuo, cuestionando visiones tradicionales que lo consideraban radicalmente separado del resto de los seres vivos (Mayr, 1982). En tercer lugar, convirtió a la biología en una interlocutora imprescindible para la filosofía: muchas preguntas filosóficas ya no podían formularse al margen del conocimiento científico sobre la vida (véanse Darwinismo y Darwinismo social).
Pese a ello, la filosofía de la ciencia del siglo XX prestó mucha más atención a la física que a la biología. El positivismo lógico y otras corrientes tomaron como modelo las ciencias físicas, caracterizadas por leyes generales y estructuras matemáticas bien definidas (Kitcher, 1984). La biología parecía encajar mal en ese esquema: sus explicaciones eran más históricas, sus generalizaciones menos universales y sus categorías más flexibles. Esta tensión contribuyó a que, a partir de la década de 1970, surgiera la filosofía de la biología como campo autónomo, con autores como David Hull, Michael Ruse o Elliott Sober (Hull, 1974; Ruse, 1973; Sober, 1999). Aunque hoy sabemos que existía una prehistoria más rica —con trabajos anteriores sobre los problemas filosóficos de la biología—, es en ese momento cuando el campo se institucionaliza (Grene y Depew, 2004; Nicholson y Gawne, 2015).
Una forma útil de caracterizar la filosofía de la biología es distinguir tres tipos de investigación. El primero consiste en aplicar cuestiones generales de filosofía de la ciencia al caso de la biología: qué cuenta como explicación, si existen leyes biológicas o cómo se relacionan distintos niveles de descripción (Okasha, 2019). La biología ha obligado a revisar modelos excesivamente simplificados de la ciencia, mostrando la importancia de los mecanismos, la contingencia histórica o la autonomía de las ciencias especiales. Por ejemplo, muchas explicaciones biológicas no adoptan la forma de leyes universales comparables a las de la física, sino que reconstruyen mecanismos concretos —como los procesos celulares implicados en el desarrollo embrionario— o secuencias históricas irrepetibles, como el origen evolutivo de una determinada adaptación. Del mismo modo, fenómenos como la selección natural o la deriva genética dependen de contextos históricos y poblacionales específicos, lo que ha llevado a cuestionar la idea de que toda explicación científica deba reducirse a leyes estrictamente universales.
El segundo tipo de trabajo aborda problemas conceptuales internos a la biología. Aquí la frontera con la biología teórica es difusa. La teoría de la evolución ha sido un foco central: conceptos como selección natural, adaptación, función o eficacia biológica han generado intensos debates (Sober, 1999). También lo han hecho cuestiones como las unidades de selección —si la selección actúa sobre genes, organismos o grupos— o el problema de la especie y su definición (Hull, 1974). En biología molecular y del desarrollo surgen además problemas sobre el concepto de gen, la idea de información biológica o la relación entre desarrollo y evolución (Godfrey-Smith, 2014).
El tercer tipo de investigación utiliza la biología para iluminar problemas filosóficos más generales. En este caso, la biología no es solo objeto de análisis, sino también herramienta conceptual. Esto ocurre, por ejemplo, cuando la teoría de la selección natural se emplea para entender la noción de función o para abordar cuestiones sobre la mente, la moralidad o la naturaleza humana (Okasha, 2019). Este enfoque se inscribe en un movimiento más amplio de “naturalización” de la filosofía, que busca integrar el conocimiento científico en la reflexión filosófica (Quine, 1969).
Entre los problemas característicos del campo destacan la naturaleza de la explicación biológica, el estatuto de las leyes en biología, el concepto de función, la noción de especie, la interpretación de la información genética o la relación entre evolución y desarrollo. Muchos de estos debates combinan datos empíricos, reconstrucción histórica y análisis conceptual, y a menudo implican una interacción directa entre filósofos y científicos (Godfrey-Smith, 2014). Todo ello explica el lugar singular de la filosofía de la biología. No se limita a corregir el sesgo físico de la filosofía de la ciencia tradicional, sino que pone de relieve la especificidad de las ciencias de la vida: su carácter histórico, su atención a la variación, su uso de explicaciones funcionales y su interés por organismos organizados y complejos. Por ello, sus problemas conectan fácilmente con cuestiones filosóficas fundamentales sobre la identidad, la normatividad o la finalidad aparente. Así ocurre, por ejemplo, con el concepto biológico de función, que remite a la idea de que ciertos rasgos existen “para” realizar determinadas tareas, o con el problema de la normatividad biológica, es decir, la posibilidad de hablar de organismos sanos o defectuosos, adaptativos o desadaptativos, sin recurrir necesariamente a criterios externos o puramente subjetivos. Del mismo modo, la aparente finalidad de los seres vivos —el hecho de que órganos y conductas parezcan orientados a fines— ha obligado a la filosofía a preguntarse cómo puede surgir un orden funcional complejo a partir de procesos naturales carentes de intención consciente.
En suma, la filosofía de la biología es el espacio en el que la reflexión filosófica y las ciencias de la vida se encuentran para pensar qué son los organismos, cómo explicamos sus rasgos y qué implica todo ello para nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos. Si la filosofía, tal como la definía Wilfred Sellars, se encarga de comprender cómo las cosas encajan entre sí, en el sentido más amplio posible de “cosas” y de “encajar”, entonces difícilmente puede el pensamiento filosófico prescindir de la biología, esa ciencia que, como poco, se encarga de decirnos quiénes somos y de dónde venimos.
Bibliografía:
Aristóteles. (2019). Sobre el alma. Editorial CSIC. (Obra original publicada en c. 350 AEC).
Darwin, C. (1859). On the Origin of Species. John Murray.
Godfrey-Smith, P. (2014). Philosophy of Biology. Princeton University Press.
Grene, M. & Depew, D. (2004). The Philosophy of Biology: An Episodic History. Cambridge University Press.
Hull, D. L. (1974). Philosophy of Biological Science. Prentice-Hall.
Kitcher, P. (1984). 1953 and all that: A tale of two sciences. Philosophical Review, 93, 335–373.
Mayr, E. (1982). The Growth of Biological Thought. Harvard University Press.
Nicholson, D. J. & Gawne, R. (2015). Neither logical empiricism nor vitalism, but organicism. History and Philosophy of the Life Sciences, 37, 345–381.
Okasha, S. (2019). Philosophy of Biology. Oxford University Press.
Paley, W. (1802). Natural Theology. Early modern texts.
Quine, W. V. O. (1969). Ontological Relativity and Other Essays. Columbia University Press.
Ruse, M. (1973). The Philosophy of Biology. Hutchinson.
Sober, E. (1999). Philosophy of Biology. Westview Press.
Sterelny, K. & Griffiths, P. E. (1999). Sex and Death. University of Chicago Press.
Wimsatt, W. C. (1972). Teleology and the logical structure of function statements. Studies in History and Philosophy of Science, 3, 1–80.