Darwinismo
Ricardo Cueva Fernández
El término “darwinismo” parece fuertemente ligado al de “evolución” y, de hecho, este resulta utilizado a menudo como su sinónimo. “Evolución” es una palabra con muchas connotaciones, pero las principales suelen estar vinculadas a los conceptos de cambio y mejora. Así es como lo entendieron pensadores, científicos y naturalistas del siglo XVIII, que fueron quienes inicialmente comenzaron a utilizarla con un sentido similar al actual. En efecto, fue Jean Baptiste Pierre Antoine de Monet, caballero de Lamarck (1744-1829), tras el conde de Buffon, el autor que más influencia mantuvo en lo que se denomina habitualmente como corriente “transformista” (Solís y Sellés, 2013, p. 910). Este ilustrado francés, cuya existencia corrió paralela en gran parte a la etapa revolucionaria francesa y su posterior deriva bonapartista, redactó un famoso volumen, Philosophie Zoologique (1809/2017), en donde exponía los principales puntos de su teoría acerca del origen de las especies, divisando el problema al que luego intentaría dar respuesta C. Darwin en su obra más célebre.
Lamarck entendía que los seres vivos habían surgido de determinados procesos acaecidos en la materia inerte (por “generación espontánea” o “directa”, 2017, p. 356), y que iban mutando, en una larga y lenta cadena a causa de ciertos hábitos que surgían ante nuevas situaciones (p. 96). Para el insigne francés, asimismo, aquellas modificaciones se transmitían a los descendientes y en esta sucesión, que lo era principalmente de individuos, no se producían extinciones, sino que, en verdad, unas especies eran sustituidas por otras en el mencionado encadenamiento, y las variaciones observadas entre ellas lo eran por la distinta velocidad de los individuos en la mutación, a partir de “infusorios” (p. 130). La adaptación afloraba por las necesidades emergentes (p. 199). El más complejo y perfecto de estos seres vivos, en todo caso, era, para Lamarck, el propio ser humano, por poseer inteligencia y conseguir así condiciones más favorables para su existencia (pp. 132 y 575).
Esta teoría, pese a la oposición que desató a causa de su implícito materialismo (Ruse, 1979/1983, p. 26), contó con numerosos seguidores, pero tropezaba con bastantes problemas de prueba. Así, y, en primer lugar, se destacaba el hallazgo de animales como los presentes en épocas arcaicas (Larson, 2004, p. 42) y la discontinuidad del registro fósil (Bowler, 1992, p. 209). En este sentido, la paleontología parecía indicar que determinadas aproximaciones al origen de la vida y a su desarrollo podrían encontrarse en el lecho donde descansaban dichos restos fósiles, a saber, el que analizaba la geología. Charles Lyell (1797-1875) y George Cuvier (1769-1832) fueron dos de los científicos que pretendieron seguir el rastro de la superposición, el movimiento de mares y océanos y el desplazamiento de placas tectónicas. El segundo lideraba una corriente que señalaba la existencia de catástrofes de diferente tipo, como terremotos y diluvios, que podían hacer que unas especies aparecieran y otras se conservaran (Larson, cit., p. 43).
Sin embargo, no tuvo gran influencia en una teoría que pronto se vislumbraría como prometedora, a saber, la de la selección natural, mientras que, por el contrario, Ch. Lyell, de origen escocés y contemporáneo de Darwin, sí que supondría un revulsivo. Este geólogo entendía que no había catástrofes o cambios súbitos, (Lyell, 1882, pp. 436-8) sino que, en realidad, lo que se producían eran otros de carácter recurrente y moderado: los desplazamientos de tierras o la erosión eran procesos lentos y limitados geográficamente (pp. 563-4). Los fenómenos geológicos del pasado no eran sustancialmente distintos a los presentes; y las especies no habían aparecido por generación espontánea, y, además, eran estables (pp. 2-35). Puede que desaparecieran algunas, pero lo hacían con cierta regularidad prevista en leyes naturales (pp. 179-184).
Darwin, precisamente, recogió la idea de “tiempo profundo” de Lyell (Sharukán, 2003, p. 69) y esto le sirvió para explicar, con causas que operaran en el presente, fenómenos acecidos en el pasado (Darwin, 1859/2008, pp. 166 y 623), y acoger así el gradualismo que caracterizaría a su teoría. En efecto, si leemos con atención su Origen de las Especies observaremos, no sólo el mismo interés que mantenía el escocés por hallar las causas naturales de las transformaciones en la tierra, sino también su claro rechazo, en consonancia, de propuestas “catastrofistas” como la citada de Cuvier, pero seguida por otros cercanos en el tiempo, como Leopold Von Buch o Willliam Buckland (Bowler, 1992, pp. 172 y 173). Darwin, buscando la continuidad en el registro fósil, tomó como referencia una antigüedad geológica del planeta mucho mayor que la que habitualmente se venía asumiendo, se despreocupó absolutamente de la realidad del momento “creacionista”, y extrajo diversas deducciones de la propia conducta que el hombre había manifestado respecto a otros seres vivos, como las plantas y animales que cultivaba y criaba.
Esto último le condujo a considerar que las especies podían variar en períodos cortos, merced al resorte que denominó “selección natural”, por analogía con la doméstica que el ser humano había empleado con los animales (pp. 607-8). Para ello tuvo en cuenta la relación del individuo orgánico con el medio, y definió el citado mecanismo como el que derivaba la lucha por la existencia en un contexto determinado en el que se hallara un número limitado de recursos para la supervivencia y, por tanto, para la reproducción: a tales conclusiones también llegaría, paralelamente y con idénticas fuentes (H. Spencer y T. Malthus), su coetáneo A. R. Wallace, aunque no empleara la misma denominación para el hallazgo (Ruse, 1979/1983, pp. 198-203). Las especies sí que podían llegar a extinguirse (Darwin, 1859, p. 141), al contrario de lo que habían pensado los afines al modelo del diseño providencial (Larson, 2004, p. 122), e incluso de lo que había tendido a sostener Lamarck.
Esta dependencia del medio podía salvarse, por ejemplo, mediante migración (p. 503), pero el límite para la diversificación, y, por tanto, para escapar de la extinción, siempre vendría dado por los recursos y la posibilidad de apareamiento y reproducción (imposible fuera del concepto, aunque relativo según Darwin, de “especie”), que circunscribirían así los rasgos transmitidos (Darwin, 1859, pp. 163-7). Este último asunto, precisamente, el de cómo se producía materialmente la transmisión de los caracteres heredados, trajo de cabeza a Darwin, que sólo pudo darle cierta solución merced a una improvisada hipótesis sobre “gémulas” y “pangénesis” en The Descent of Man, de 1871 (Larson, 2004, p. 159). Pero pronto nuevos descubrimientos ayudarían a completar los hallazgos del naturalista británico.
El principal de ellos fue el de G. Mendel (1822-1844). Habiendo publicado su trabajo en Versuche über Pflantzenhybriden (Experimentos de hibridación en plantas, 1866, vid. Solís y Sellés, 2013, p. 957), y aunque se supone que Darwin no llegó a leerlo (Ruse, 2008, p. 100) o, en el mejor de los casos, que no llamó su atención (Sharukán, 2003, p. 287), el artículo describía un experimento con variedades de la planta Pisum sativum, que implicaría la confirmación de un mecanismo posibilitador, a través de ciertas unidades, luego denominadas genes, de la transmisión de caracteres a los descendientes. En esta línea de investigación coincidirían algo más tarde August Weissman (Larson, pp. 160-61) y Hugo De Vries o Carl Correns (Larson, 200, p. 203), frente a las teorías lamarckianas aún persistentes (Larson, 2004, p.165). Sería en la década de los 30 y 40 del siglo pasado cuando nacería la síntesis evolutiva, que conduciría un grupo de científicos con amplios conocimientos en sus respectivos campos (Dieguez, 2012, p. 51) a reunir pruebas más que convincentes que ratificaran la vía iniciada por el autor de El Origen de las Especies.
En general, todo el utillaje desplegado por el grupo implicaba la emancipación completa de la biología de otros campos del saber, sobre todo de la física, con el que inicialmente se la había comparado. Asimismo, suponía acuñar definitivamente el término “evolución” para identificar el proyecto iniciado por Darwin, incluso aunque este no lo soliera utilizar en su obra, pues prefería el de “teoría de la descendencia con modificación” (1859, p. 602). Antes de ello, la ausencia de fósiles que señalaran un eslabón perdido entre el hombre y los simios hacían que fuera difícil aceptar el grueso de las ideas darwinianas de manera popular (Larson, 2004, p. 179). La moderna biología molecular de las últimas décadas, asimismo, ha servido para subrayar la universalidad del código genético (Dieguez, 2012, p. 50), lo cual pone de manifiesto la ascendencia común que muchos aún decían no percibir. A ella habían apuntado muy tempranamente los descubrimientos de la arqueología y la antropología entre finales del siglo XIX y primeros del XX (Larson, 2004, pp. 182-192), dos disciplinas a veces olvidadas en toda esta discusión.
Sin embargo, no le queda muy claro al autor de estas líneas si el público en general ha aceptado los postulados principales del proyecto darwinista, pese a todos sus hitos. Y es que no deberíamos obviar, al respecto, que suponen cambios muy relevantes. La teoría de la evolución, de la cual forma parte la de la selección natural, aunque no sea el único componente (Mayr, 1991, pp. 48-50), implica que debemos percibir las relaciones entre el hombre y la naturaleza de una forma muy diferente a la tradicional en la Historia humana (véase Historia ambiental).
En primer lugar, porque supone subrayar la importancia del “medio”. La noción de que no podamos subsistir como especie si pretendemos salirnos del límite que marcan los recursos y, por ende, la interrelación que mantenemos con lo que nos circunda, es central para entender el desafío ecológico al que hacemos frente. Pero no sólo estriba en nuestra propia supervivencia, sino también la de otros seres vivos con los cuales hemos coevolucionado a lo largo de toda nuestra historia. La propuesta sobre la biodiversidad de E. O. Wilson (1929-2021) y su Medio planeta (2017) no es, ni más ni menos, que el reconocimiento de esa vinculación y el de la necesidad de variaciones y diversificación para que la vida se mantenga, de acuerdo con el principio de divergencia de Darwin: “cuanto más se diferencian los descendientes de una especie cualquiera en estructura, constitución y costumbres, tanto más capaces serán de ocupar muchos y más diferentes puestos en la economía de la naturaleza” (1859, p. 179).
En segundo lugar, las premisas de una “evolución” que no implica necesariamente progreso ni tampoco fin, exigen la adopción de un tipo de responsabilidad mucho más amplia que la asumida hoy por las comunidades políticas que cubren el planeta. Y, en tercer término, y, por último, la supuesta complejidad del ser humano como superior al resto de criaturas vivas sobre la tierra, resulta a todas luces insostenible, por las mismas razones que apuntó Darwin en su principal obra, cuando hacía hincapié en un origen común de todas las especies y aseveraba que el perfeccionamiento de cada ser en cuanto a la selección natural operaba sólo “en relación con sus condiciones de vida orgánica e inorgánica” particulares (1859, p. 195), y no radicaba en un supuesto lugar jerárquico dentro del conjunto (véanse Antropocentrismo, Biocentrismo y Ecocentrismo).
Bibliografia:
Bowler, P. J. (1992). The Fontana history of environmental sciences. Harper Collins, London.
Darwin, C. (2008). (1859). El Origen de las Especies. (A. Zulueta, Trad.). Espasa Calpe. (Obra original publicada en 1859)
Díeguez, A. (2012). La vida bajo escrutinio. Una introducción a la filosofía de la biología. Vilassart de Dalt.
Lamarck, J. B. (2017). Filosofía Zoológica. (A. Useros & G. Sanz, Trads.). La Oveja Roja. (Obra original publicada en 1809)
Larson, E. J. (2006). Evolución. La asombrosa historia de una teoría científica. Debate.
Lyell, C. (1832). Principles of geology, being an attempt to explain the former changes of the Earth’s surface, by reference to causes now in operation. (Vol. 2). John Murray.
Ruse, M. (1983). La revolución darwinista (la ciencia al rojo vivo). (C. Castrodeza, Trad.) Alianza. (Obra original publicada en 1979).
Ruse, M. (2008). Charles Darwin. (E. Marengo, Trad.). Katz.
Sarukhán, J. (2003). Las musas de Darwin. (4ª Ed.). Fondo de Cultura Económica.
Solís, C. & Sellés, M. (2013). Historia de la Ciencia. (4ª Ed.). Espasa Calpe.