Progreso

Andoni Alonso e Iñaki Arzoz 

El origen etimológico del concepto se encuentra en el latín progredi, que en su participio da lugar a progresus. Originariamente, este término refería a la marcha física de un individuo o un ejército, esto es, los pasos dados en una dirección concreta. En su significado contemporáneo, progreso indica el perfeccionamiento gracias al aumento del caudal de las tecnologías disponibles para la humanidad en su conjunto. Refiere a un avance cuantitativo de las condiciones materiales, científicas y sociales genéricas o en casos particulares: PIB, número de médicos por habitante, kilómetros de carreteras o de alta velocidad, teléfonos y similares. Por otro lado, se entiende que, a pesar de las oscilaciones, de momentos más o menos positivos en la historia, en general, el progreso constituye una suerte de ley histórica que explica el camino de la humanidad hacia la meta final. Y de ahí, se deduce que el futuro, aunque sea en el largo plazo, apriorísticamente, será mejor que el pasado. Esta idea se puede encontrar actualmente en autores como Stephen Pinker (2018) y Yuval Harari (2014), que publicaron dos best-sellers sobre el tema. 

Robert Nisbet (2014) propone que la idea de progreso ya se encontraría inserta en la Grecia clásica y que, con fluctuaciones epocales, esta se ha desarrollado constantemente en la cultura europea. Sin embargo, según John Bury (2009), en la Antigüedad y en la Edad Media no se puede hablar con propiedad de progreso, por diferentes motivos. En el periodo clásico, la noción de tiempo era circular, por lo que no podía darse un progreso, ya que la perfección alcanzada en cierto momento siempre sería transitoria y abocaría a la decadencia. Esta concepción del tiempo se encuentra expresada en la obra de Hesíodo Los trabajos y los días, donde enumera las diversas edades de la humanidad: Edad de Oro, de Plata, Heroica y de Hierro. De la situación paradisíaca se degenera en decadencia gradual hasta llegar al sufrimiento y la injusticia del tiempo humano. Pasado el tiempo, se reanudaría el ciclo histórico hasta llegar de nuevo a otra Edad de Oro.  

El cristianismo cambia el concepto de tiempo y lo extiende en una línea recta: desde la Creación, pasando por el presente hasta llegar a un punto final, la Parusía y el Juicio Final. La historia es teleológica, tal como la define San Agustín (2025), y caminamos hacia la Jerusalén celeste desde la Jerusalén terrenal. Si bien es cierto que la linealidad del tiempo es condición necesaria para la noción de progreso actual, no es razón suficiente. La Historia está gobernada completamente por Dios, tanto para los individuos como para el conjunto de la humanidad. A ese gobierno la teología lo denomina Providencia y la historia humana es su despliegue. En la Providencia no está en las manos de la humanidad mejorar sus condiciones vitales a no ser por intervención divina. Por ello los seres humanos no poseen el control de la historia y son contingentes (véase Mecanicismo).  

En el siglo XVI van apareciendo otros conceptos que eclosionarán un siglo más tarde en su concepción ilustrada. Sin duda, el filósofo que más se acerca a esta idea de progreso moderna es Francis Bacon; pero, como indica Bury (2005), Bacon todavía acepta la idea de contingencia del mundo y la posibilidad de que desaparezca, por lo que sigue estando en manos de la divinidad. A pesar de ello, es cierto que algunas de las ideas fueron claves para que, en el siglo XVIII, los ilustrados franceses lo tomaran como guía. Primeramente, Bacon entiende que el saber es poder, poder transformador. La técnica se convierte en el saber más importante y deja de ser una práctica puramente artesanal, socialmente estigmatizada, como lo era en la Grecia Clásica o en la Edad Media. Ello implica romper con la idea aristotélica del saber como contemplación, como la actividad autorreferente más alta, es decir, que su finalidad estuviese en sí misma. La propuesta de Bacon en la Nueva Atlántidas (2006) supone romper con más de veinte siglos de concebir el saber de esta manera. El poder transformador se dirige al control de la naturaleza. La naturaleza, lo dado, en términos baconianos, ha de ser dominada para escapar precisamente de su imperativo y tiranía sobre el ser humano. En segundo lugar, en la “disputa entre los antiguos y modernos”, Bacon considera que los modernos saben más que los antiguos pues se benefician de que los antiguos han acumulado durante siglos mayor conocimiento. Esto lo resumirá en el siglo XVIII Newton cuando declara que él se encuentra “sobre hombros de gigantes” y por ello puede ver más lejos que los gigantes mismos. En tercer lugar, en su utopía Nueva Atlántida (1900), propone la fundación de una “Casa de Salomón” donde los científicos se reúnen y comparten los conocimientos -la ciencia es una empresa colectiva- para mejorar y controlar a las gentes de forma racional (véase Ciencias ciudadanas). 

La racionalidad instrumental y técnica se extiende en el siglo XVIII, en lo que se ha conocido como la Revolución Científica. La Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers puede considerarse como un monumental ejemplo para llevar a la práctica la idea baconiana de acumulación del saber emancipador. Esta obra pretende sintetizar lo más importante del pensamiento científico y técnico de la época pues dicho saber se convierte en camino de liberación. Su mayor propagandista entonces fue Nicolás de Condorcet, quien construye toda una filosofía de la historia para probar la existencia indudable del progreso como destino de la humanidad. Según este autor, el ser humano puede mejorar indefinidamente, tanto en lo moral como en lo técnico (1997). El instrumento para inculcar tal mejoramiento es la educación en la razón, a fin de eliminar los prejuicios, los idola que en su tiempo había señalado Bacon. Además, no es posible el retroceso en estas mejoras, pues, a pesar de las aparentes vacilaciones de la historia, no se pueden borrar las mejoras de la mente de los seres humanos. Esta última idea expresada en su Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano (1795/1997) define claramente la noción de progreso contemporáneo: la historia avanza inexorablemente hacia una sociedad perfecta, igualitaria y libre.  

En el siglo XIX, con el positivismo, el progreso se toma como la forma real de la ley histórica que rige la humanidad. Auguste Comte (1858) dividirá la historia humana en tres etapas donde paulatina e inevitablemente nos acercaremos al estadio de perfección o Estado Científico. Su binomio de Orden y Progreso avala el verdadero avance de la humanidad (el cual, por ejemplo, terminará como lema de la bandera de Brasil). Otro importante marco teórico del progreso, la teoría de la evolución de Darwin, fue extrapolado para indicar la perfectibilidad de la especie humana y explicar el grado de civilización distinto que podía contemplarse en las diversas comunidades humanas del planeta (véase Darwinismo). 

Sin embargo, Darwin nunca planteó que su teoría pudiera aplicarse al futuro de la humanidad y, por lo tanto, se abusa de su teoría biológica, que todavía está presente en el siglo XXI en el concepto del “darwinisimo social”, propio de la sociedad capitalista. La adhesión a la idea de progreso se convierte durante el siglo XIX en bandera política e incluso en una suerte de religión laica. Este es, por ejemplo, el dogma unificador de Estados Unidos y su “destino manifiesto”, fundamentado en el progreso tecnológico, en la innovación y en la producción. Los logros tecnológicos del siglo XIX, expuestos en las diversas Ferias Universales, parecen dar la razón a esta nueva ideología. Así, el ingeniero junto al inventor se convierte en el héroe porque dominan la naturaleza y crean maravillas como el telégrafo y el ferrocarril. Los avances en medicina, en comunicaciones o en la producción de mercancías baratas obtenidas gracias a la Segunda Revolución Industrial prometen un progreso sin final y la completa emancipación del ser humano de toda limitación física o natural (véase Límites). 

No obstante, la certeza del progreso de la humanidad se verá cuestionada profundamente en el siglo XX por las dos guerras mundiales. Se planteará entonces si el progreso realmente existente se reduce a lo técnico mientras que el progreso moral y social ha quedado relegado, cuestión esta que se relaciona con la acepción “progresismo”, la doctrina político-social de carácter izquierdista. Quienes llevaron precisamente a una crítica más aguda este concepto de progreso ilustrado fue la Escuela de Frankfurt con su “teoría crítica de la cultura” (2002) y el análisis de la sociedad industrial o sociedad de masas. En síntesis, su crítica afirma que la razón instrumental, la tecnología, no solo no libera y emancipa a los seres humanos, sino que los esclaviza y los aliena en una sociedad de consumo (véase Modo de vida capitalista).  

El estado crítico de la cuestión medioambiental ha sido también otra objeción a la totalidad de la idea de progreso. Difícilmente puede considerarse positivo el progreso si amenaza la propia existencia del género humano y del resto de las especies del planeta. La conciencia ecológica ha obligado a ver a la naturaleza de forma diferente a como proponía Bacon: no es una enemiga ni un campo donde ejercer libremente el dominio, es necesario encontrar formas de convivencia, de simbiosis entre humanos y naturaleza (véanse Animismo y Gaia). También desde los estudios culturales se ha mantenido que el progreso ha sido una fuerza destructiva para las así llamadas colonias y ha sido la excusa para la depredación por parte de Occidente del Sur Global (véase Extractivismo). Lo mismo podrían argumentar los movimientos feministas, puesto que el progreso ha favorecido a los hombres y desfavorecido a las mujeres en general. El ecofeminismo ha unido ambos movimientos al criticar el progreso patriarcal (véase Ecofeminismo).  

Quizás, una de las críticas más originales y profundas contra el progreso la realizó Ivan Illich en los años 70 del siglo pasado, a partir de la idea de contraproductividad, el sustento que  la corriente ecologista pasaría a denominar decrecimiento. Este autor muestra cómo el progreso ha alumbrado conceptos directamente relacionados con este como “desarrollo” o “innovación”, los cuales han provocado una tragedia de alcance planetario. Así, el “evangelio del progreso”, ha derivado en el “evangelio del desarrollo” (Illich, 1973, pp. 36-49), como fue denunciado en la publicación colectiva Diccionario del desarrollo.  

En la actualidad, la fe en el progreso, impulsada por la cultura digital y la Inteligencia Artificial (véase Inteligencia Artifical Verde), se ha convertido en una tendencia filosófico-política, el “aceleracionismo”, que considera que el progreso es una fuerza, acaso imparable, del capitalismo y que, a pesar de sus efectos negativos, solucionará todos los problemas producidos por este, por lo que es preciso abrazarlo, acelerándolo, para alcanzar la utopía final de la historia. Definitivamente, el concepto de progreso, en el actual contexto de crisis eco-social en marcha provocado por este mismo, se ha convertido en un poderoso mito más que una realidad efectiva. Es cierto que impulsa y domina el desarrollo de la empresa humana -especialmente su implementación tecnológica-, pero para lo bueno y lo malo, incluido el horizonte de una catástrofe ecológica. De su análisis, cuestionamiento y propuesta de reformulación dependerá su validez y su utilidad como herramienta, o su peligrosidad letal para el destino del ser humano. 

Bibliografía: 

Bacon, F. (2006). Nueva Atlántida. Akal.  

Bury, J. (2005). La idea de progreso. Alianza.  

Comte, A. (1858). The catechism of positive religion. Chapman.  

Condorcet, M. J. D. C. (1997). Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano y otros textos. Fondo de Cultura Económico. (Original work published in 1795)  

de Hipona, A. (2022). La Ciudad de Dios. Gredos. (Original work published in 1795)  

de Hipona, A. (2025). Escritos Apologéticos, La Ciudad de Dios. Biblioteca de Autores Cristianos.  

Harari, Y. N. (2014). Homo Deus: Breve historia del mañana. Debate.  

Illich, I. (1973). Tools for conviviality. Harper & Row, Publishers.  

Marcuse, H. (2002). One-dimensional Man: Studies in the Ideology of Advanced Industrial Society., Routledge.   

Nisbet, R. (2014). Historia de la idea de Progreso. Gedisa. 

Pinker, S. (2018). Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress. Penguin.   

Sachs, W. (Ed.). (1992). The Development Dictionary. A Guide to Knowledge as Power., Zed Books.    

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