Tecnología
Adrián Almazán
De manera implícita o explícita, la tecnología juega un papel central en casi todas las propuestas que reivindican un compromiso con la justicia ecológica. Lo vemos, por ejemplo, en el capitalismo verde, que defiende que la tecnología, junto a la dinámica del mercado, es un vector de eficiencia en el crecimiento económico capaz de desacoplar este último de sus impactos ecológicos. También en el ecomodernismo, para el que los mecanismos de mercado quedan en un segundo plano y la tecnología pasa de instrumento a agente casi exclusivo de transformaciones hacia la sostenibilidad.
Junto a este «aceleracionismo capitalista», encontramos también aceleracionismos de izquierda, como las propuestas tecno-marxistas, que no entienden que la abundancia generada por el desarrollo tecnológico permita construir justicia social y ecológica si no viene acompañada de transformaciones económicas y sociales profundas, en su caso en clave comunista. El Green New Deal abraza un esquema similar, pero abandonando en muchos casos el crecimiento y apostando por economías de estado estacionario.
Todas estas propuestas mantienen diferencias en lo político, lo económico o lo estratégico, pero tienen una comprensión de las tecnologías muy similar, basada en el «paradigma de la neutralidad de la técnica y la tecnología». Existen, no obstante, propuestas que entienden la tecnología de otra forma más crítica (Almazán, 2021), como las del decrecimiento o las de ciertos ecosocialismos (Riechmann et al., 2018).
Desde este punto de vista, la tecnología se puede interpretar como una forma histórica y contingente de técnica, en concreto como el conjunto de técnicas de las sociedades capitalistas, modernas e industriales. El elemento clave de esta distinción entre técnica y tecnología es la sociedad y no la complejidad (tecnologías como técnicas sofisticadas), la escala (tecnologías como técnicas a gran escala) o la relación con la ciencia (tecnologías como técnicas de base científica). Existen al menos tres características exclusivas de las tecnologías, que se detallan a continuación.
1. Tecnologías capitalistas, industriales y fósiles
La primera característica de las tecnologías es el tipo de estructura económica y metabólica de la que dependen. El capitalismo es estructuralmente desigual. Para poder funcionar, necesita que existan «periferias» en las que el trabajo y la naturaleza tengan precios más bajos que en los «centros» (Luxemburgo, 2007). Según Hornborg (2001), esta distribución desigual en el sistema-mundo se encarna en las tecnologías. Éstas son en sí mismas intercambios desiguales entre diferentes segmentos de la sociedad global de trabajo humano y espacio natural (Hornborg 2014a, p. 12). De ahí que, desde su perspectiva, sea imposible un acceso equitativo a la tecnología en el marco de relaciones capitalistas.
Pensemos en el coche. Para que todos los habitantes de los centros puedan contar con un coche, es necesario que existan zonas de sacrificio que suministren mano de obra, materias primas y sumideros ecológicos para los tóxicos que se generan en su producción, uso y desecho. Si todo el ciclo de vida de un coche tuviera que desarrollarse en el territorio en que se usa, respetando su legislación ambiental, sus convenios laborales, su ordenación del territorio, etcétera, el coche tendría un precio infinitamente superior al poder adquisitivo de sus usuarios actuales. Además de que sería imposible, ya que ningún territorio cuenta con todos los recursos necesarios para esta producción industrial. Exactamente lo mismo podríamos decir de las tecnologías informáticas o de tecnologías «verdes» como la bicicleta o el tren, hoy producidas industrialmente.
Otro imperativo económico para el funcionamiento del capitalismo es el crecimiento perpetuo, indisociable de una competitividad incesante y de la conflictividad social y militar que la hace posible. Esta pulsión de crecimiento ha moldeado profundamente la tecnología, ya que la inversión capitalista ha favorecido el gigantismo, el individualismo, la productividad, la aceleración o la eficiencia económica como características de las tecnologías (y no el bienestar, la democracia o la sustentabilidad).
Por otra parte, la tecnología no solo es objeto de esta dinámica competitiva, sino que es también agente. Primero porque, para acceder a ciertas tecnologías, muchos países dependen de los polos industriales que las producen en condiciones de casi-monopolio. Esta dependencia es una gran desventaja competitiva que condena a muchos territorios a un infradesarrollo crónico. Además, la tecnología se ha vuelto cada vez más inseparable de la guerra y, por tanto, de la hegemonía política y económica que ésta garantiza, que hoy depende del acceso a las versiones más avanzadas de biotecnologías, inteligencia artificial, drones, robots, etcétera.
A las anteriores consideraciones económicas hay que sumarles otras en clave energética y material. La tecnología está encastrada en un metabolismo que no tiene precedentes históricos. El capitalismo ha sustentado la mayor parte de su expansión económica en los combustibles fósiles. Nuestro capitalismo es fósil (Malm, 2020) y, en consecuencia, nuestras tecnologías también lo son. Desligar la tecnología de este metabolismo fósil es, a diferencia de lo que se suele plantear, mucho más complicado que expandir renovables industriales de alta tecnología o electrificar ciertos sectores de la economía. El precio que el capitalismo ha tenido que pagar por adquirir una escala global y prescindir de cada vez más trabajo humano es depender estructuralmente de una logística planetaria y de una enorme cantidad de maquinaria industrial. Ninguna de esas dos cosas es hoy concebible sin un uso masivo de energía, en particular de combustibles fósiles. Tampoco sin la utilización de la práctica totalidad de elementos de la tabla periódica.
Cambiar de metabolismo implicaría, en primer lugar, reducir de forma sostenida y global nuestro uso de energía, algo que no tiene precedentes (Fressoz, 2021). En segundo lugar, tendríamos que diseñar una matriz energético-tecnológica no fósil. Es decir, construir técnicas únicamente a partir de energías y materiales renovables y/o abundantes y, por tanto, prescindir a gran escala de materiales no renovables y raros (Almazán y del Buey, 2022).
2. Tecnologías imperiales
La primera característica descrita hace insostenible interpretar el desarrollo tecnológico como un progreso lineal, continuo y siempre positivo. La tecnología es, por el contrario, una medida del avance de la acumulación capitalista, de la dominación colonial, del extractivismo en el Sur Global, o de la destructividad ecológica. En parte por ello, podemos decir que la tecnología es imperial: no la podemos separar de la constitución y extensión de modos de vida imperiales (Brand y Wissen, 2021).
La instauración de modos de vida imperiales ha pasado por la sustitución a gran escala de humanos por tecnologías en los procesos de sostenimiento de la vida. Su éxito, por tanto, dependía de la desaparición de todas las técnicas previamente existentes. Al fin y al cabo, existe un vínculo profundo entre los bienes comunes y las técnicas no capitalistas ni industriales. Muchas de ellas surgieron en el seno de sociedades de subsistencia (Mies y Bennholdt-Thomsen, 1999) y juegan un rol central en su estructuración económica, política y metabólica. Además, ellas mismas son bienes comunes apropiables y libremente producibles.
Las tecnologías han sido muy importantes para acabar con estas «periferias», que han sido progresivamente colonizadas por relaciones mercantiles y estatales. El ámbito de la alimentación es un ejemplo claro. El paso de la agricultura tradicional a la industrial supone la imposición de un conjunto de tecnologías, con las características económicas y metabólicas señaladas, claves para socavar la subsistencia: se expropian los bienes comunes para utilizarlos en la producción, se eliminan las técnicas históricas de producción y se genera una dependencia del mercado (compra de maquinaria, insumos químicos, semillas, etcétera) y del Estado (impuestos, subvenciones, aseguradores, inspectores, etcétera).
Además, las tecnologías nos obligan a depender de expertos para su diseño, pero también en muchos casos para su uso (Illich, 2012). Esta necesidad supone una reducción importante de las posibilidades de gestión democrática y comunitaria. Es más, muchas tecnologías pueden entenderse como una pesada losa en forma de comunes negativos (Mies y Bennholdt-Thomsen, 2001), de los que tendremos que hacernos cargo en cualquier horizonte futuro, como por ejemplo la energía nuclear.
3. Tecnología e imaginarios de la Modernidad
Una última característica propia de la tecnología tiene que ver con la interconexión entre tecnologías e imaginarios. Las tecnologías, como cualquier otra técnica, con su mera existencia e independientemente de su uso explícito, contribuyen a moldear lo que nuestra sociedad considera o no posible y/o deseable, nuestras prioridades, nuestros valores, etcétera. En particular, las tecnologías han jugado un papel muy importante en la irrupción y consolidación del imaginario moderno y del tipo de relación con la naturaleza que ha instituido. Es más, sería imposible entender el proyecto de volvernos dueños y señores de la naturaleza, o la idea de progreso, sin comprender cómo la tecnología se convirtió, a partir del siglo XVI, en el centro de una nueva forma de interpretar el mundo basada en el antropocentrismo, en el deseo de dominación y en el mecanicismo (Merchant, 2020).
Además, existe un vínculo profundo entre la tecnología y el tipo de irresponsabilidad colectiva destructiva que es característica de nuestra época (Anders, 2011). Como la reproducción y el sustento de la vida a todos los niveles (alimentación, vivienda, transporte, vestido, pero también festejos, sueños, cultura, etc.) depende de ellas, hemos hecho que nuestra vida no pueda sostenerse sin la existencia estructural de desigualdad social y destrucción ecológica. Una de las dimensiones más sustantivas y trágicas de esta irresponsabilidad es la que une los combustibles fósiles y nuestras tecnologías. Al haber naturalizado y extendido toda una colección de máquinas que dependen de los combustibles fósiles para sostener nuestras vidas, hemos puesto en marcha degradaciones de la biosfera y desregulaciones climáticas que ponen en riesgo el conjunto de la vida, e incluso a las generaciones futuras, cuya mera existencia se encuentra en entredicho y cuyas capacidades de vida buena se ven severamente disminuidas. De ahí que la tecnología sea crucial para la construcción de justicia ecológica presente, pero también futura, tanto humana como no humana.
Bibliografía:
Almazán, A. (2021). Técnica y tecnología: cómo conversar con un tecnolófilo. Taugenit.
Almazán, A. & del Buey, R. (2022). En busca de nuevas tecnologías viables en la era del dilema renovable. In L. Arenas, J. M. Naredo, & J. Riechmann (Eds.). Bioeconomía para el siglo XXI: Actualidad de Nicholas Georgescu-Roegen (pp. 157-68). Los Libros de la Catarata.
Anders, Günther. (2011). La obsolescencia del hombre (Vol. I). Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial. Pre-textos.
Beck, U. (2006). La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad (Trad. J. Navarro Pérez, D. Jiménez & M. R. Borrás). Paidós.
Brand, U. & Wissen, M. (2021). Modo de vida imperial. Vida cotidiana y crisis ecológica del capitalismo. Tinta Limón.
Fressoz, J. -B. (2021). Pour une histoire des symbioses énergétiques et matérielles. Annales des mines Série Responsabilité et environnement, 7-11.
Hornborg, A. (2001). Globalization and the environment. In The power of the machine: global inequalities of economy, technology, and environment. AltaMira Press.
Hornborg, A. (2014a). Ecological Economics, Marxism, and Technological Progress: Some Explorations of the Conceptual Foundations of Theories of Ecologically Unequal Exchange. Ecological Economics 105, 11-18. https://doi.org/10.1016/j.ecolecon.2014.05.015.
Illich, I. (2012). La convivencialidad. Virus.
Luxemburgo, R. (2007). La acumulación del capital. Terramar.
Malm, A. (2020). Capital fósil: el auge del vapor y las raíces del calentamiento global. Capitan Swing.
Merchant, C. (2020). La muerte de la naturaleza: Mujeres, ecología y revolución científica. Granada: Comares.
Mies, M. & Bennholdt-Thomsen, V. (2001). Defending, Reclaiming and Reinventing the Commons. Canadian Journal of Development Studies / Revue Canadienne d’études Du Développement 22 (4): 997-1023. https://doi.org/10.1080/02255189.2001.9669952.
Mies, M. & Bennholdt-Thomsen, V. (1999). The Subsistence Perspective: Beyond the Globalised Economy. Zed Books.
Riechmann, J., Almazán, A., Madorrán, C. & Santiago Muiño, E. (2018). Ecosocialismo descalzo: tentativas. Icaria Editorial.