Ecosocialismo
Ricardo Cueva Fernández
Ecosocialismo es una denominación más bien reciente en la historia de las ideas políticas. Tiene sus antecedentes en un autor muy célebre del siglo XIX, aunque más como artista que como activista político, como fue William Morris (1834-1896). Sin embargo, parece que fue Karl Marx quien sentó determinadas bases críticas en lo relativo a la comprensión de la naturaleza por el ser humano, a través de la noción de “metabolismo” (véase Metabolismo social). Se trata de una idea ya apuntada en sus Manuscritos Económico-filosóficos de 1844: “que el hombre vive de la naturaleza quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el que ha de mantenerse en un proceso continuo para no morir” (1844, p. 112). Pero es un punto sobre el que seguiría insistiendo en sus Grundrisse (1857-58, I, p. 449) y en El Capital (1867, I, p. 215).
En todo caso, la vinculación entre socialismo y ecología puede hallarse sin dificultad en los escritos de Manuel Sacristán en España y también en la corriente “ecosocialista” dentro de los “verdes” alemanes hacia 1980 (Die Grüne, en Riechmann, 2012, p. 32), así como en movimientos sociales de los años sesenta del pasado siglo, sobre todo pacifistas, implicados en luchas muy concretas de aquella década. Esto no implica en absoluto que el marxismo no haya tenido presencia en estas corrientes. De hecho, la denominación de “eco-marxismo” o “marxismo-ecológico” ha servido para designar una familia más específica de autores y obras en torno a postulados no muy distintos, que girarían inicialmente alrededor de J. O’Connor y la revista Capitalism Nature Socialism, fundada en 1988.
Marx había expuesto que la expansión de las fuerzas productivas que daría paso al socialismo podría engendrar una abundancia de tal envergadura que, en una etapa posterior, el derecho y el Estado llegarían a ser innecesarios (Crítica del Programa de Gotha, 1875, pp. 16-17, pp. 24-26). Esto situaba al autor germano y a sus seguidores más inmediatos en una dirección claramente antimalthusiana (véase Darwinismo social), dirigida a desenmascarar la economía política de quienes se presumía que defendían los intereses de la burguesía. Pero Malthus pareció recuperarse de aquellas críticas, ya en los años sesenta del siglo XX, gracias a La bomba de población de Paul y Anne Ehrlich (1968) y, sobre todo, gracias al informe del MIT encargado por el grupo de científicos y políticos que habían conformado en 1968 el Club de Roma, finalizado en 1972 (Límites al crecimiento). Por su parte, los Ehrlich indicaban que la causa de los problemas era en realidad la superpoblación (1968, p. xi), que contribuiría también al calentamiento global y a las hambrunas masivas (1968, p. 5).
En esa misma línea de pesimismo, autores como Herman Daly, basándose en Nicholas Georgescu-Roegen, empezaron a plantear la posibilidad de adoptar un modelo económico estacionario (Daly, 1974, p. 17), algo que contaba con antecedentes en John Stuart Mill (Arenas, 2025). Esta solución se derivaba de aceptar el principio de entropía o segunda ley de la termodinámica, que indicaba que la transformación de la energía conducía a su propia degradación y ponía así de manifiesto el carácter irreversible de los fenómenos de conversión de calor en trabajo mecánico. Según esto, el riesgo que corrían los sistemas abiertos, tales como los ecosistemas, era el de perder recursos a causa de la extracción de suministros ligados a la producción industrial (Daly, 1974, p. 20).
Barry S. Commoner, sin embargo, rechazó que el problema ecológico estribara en la superpoblación e insistió, en cambio, en la inadecuada utilización de la tecnología en la producción (Commoner, 2012, p. 103), dibujando de manera pionera los contornos de una perspectiva que combinaba ciencia y emancipación. Formuló así cuatro leyes que justificaban un viraje de política radical y que le situaban lejos del neomalthusianismo: 1) hay una interrelación entre todo lo que compone la ecosfera, que opera como una red compleja de numerosas conexiones; 2) todas las cosas que hay en el planeta siguen algún tipo de ruta, con ciclos de materia y energía (donde la segunda se degrada y no es recuperable); 3) la “naturaleza” es resultado de miles de millones de años de evolución, con lo cual los seres vivos y la composición química de la ecosfera reflejan límites que restringen seriamente su rango de variación (“la naturaleza sabe lo que hace”); 4) toda alimentación tiene algún tipo de coste, conlleva una “deuda” con la naturaleza (Commoner, 1975, p. 21), pues la extracción que pudiera padecer debe obtener un reemplazo a continuación (1971, pp. 33-45). Además, el autor de En paz con el planeta se situaba en la senda de la redistribución y el reparto de costes ambientales de carácter mundial (véase Justicia ecosocial). Commoner era consciente de que éste era un reparto al que unos países contribuían más que otros (Commoner, 1971, pp. 151 y 247) y de que, dentro de un mismo país, los más ricos lo hacían más que los demás (Ecología y acción social, 1973, en Commoner, 2012, pp. 107 y 108).
En cualquier caso, esta inicial variante socialista del ecologismo, a la que Commoner sumó conocimientos y propuestas, detectaba el problema de los ciclos discordantes, ya vislumbrado por Marx en 1867 en El Capital (1867, III, p. 1034), quien ya había percibido que la gran propiedad del suelo reducía la población agrícola, frente al fenómeno de una población industrial en constante aumento y hacinada en las ciudades. John Bellamy Foster, uno de sus seguidores más avezados a finales del siglo pasado, algo después que Commoner, propuso la noción de “metabolic rift” (“fractura metabólica”, Foster, 2000, p. 15), para señalar un fenómeno propio del capitalismo con consecuencias medioambientales calamitosas (véase Metabolismo social).
Aunque estos intentos de recuperar a Marx para la ecología tienen resultados nada desdeñables, la denominación “ecosocialismo”, reivindicada por Löwy y Kovel en su Manifiesto ecosocialista internacional de 2001 (luego reiterada en la Declaración impulsada por ellos en el año 2015, así como en el Foro Social de Brasil), mantiene una mayor fuerza aglutinadora en términos políticos, e incluso llega a engarzarse bien con propuestas más específicamente ecofeministas, como sería la de Ariel Salleh (2024) (véase Ecofeminismo). En el documento de 2001 (en Löwy, 2011, pp. 137-141), suscrito por numerosos intelectuales y con alcance relevante debido a las luchas altermundistas del momento, se ponían de relieve reivindicaciones tan nítidas como el rechazo a la globalización como extensión del fenómeno imperialista (p. 137), la defensa del equilibrio ecológico planetario (p. 138) y, sobre todo, el socialismo como sistema superior al capitalismo, siempre que evitara emularle en sus objetivos productivistas (p. 139). Estos puntos, junto con la supresión de la dependencia de los combustibles fósiles, el internacionalismo implícito al propio programa y la defensa del valor de uso frente al valor de cambio (p. 150), definirían las principales líneas del ecosocialismo.
El siguiente desafío para el movimiento ecosocialista, en relación con ese último objetivo del Manifiesto, ha sido señalar las necesidades que sí deberían quedar cubiertas, bajo criterios igualitarios, aun presumiendo que hay un límite para la capacidad planetaria. De hecho, Engel-Di Mauro (2024) situaría precisamente la extensión del término “decrecentismo” (véase Decrecimiento) a partir del citado documento. Fernández Buey afirmó, ya hace años, que el “decrecimiento sostenible” se basaba en el uso de energías renovables (solar, eólica y, en menor grado, biomasa o vegetal e hidráulica) y en una reducción drástica del consumo energético, de manera que la energía fósil que actualmente se utiliza “quedaría reducida a usos de supervivencia o usos médicos” (en Riechmann, 2012, p. 22). En esa misma obra, Riechmann se refería a la idea de “desarrollo sin crecimiento” (2012, p. 86). En todo caso, el tipo de modelo económico propuesto para intervenir y procurar esa contención del consumo pretende eludir fórmulas autoritarias (Engel-Di Mauro, 2024, pp. 68-70), como la experiencia soviética y otras similares, aunque autores como Kohei Saito aboguen por el control definitivo de los medios de producción por los trabajadores (2020, pp. 246 y 247), y otros como Vetesse y Pendergrass (2022, p. 36) o Huber (2024, p. 20) también por la intervención centralizada. Asimismo, en el caso del citado John Bellamy Foster, la política propuesta es la de un “decrecimiento planificado” (Foster, 2023).
Como conclusiones, podríamos decir que el ecosocialismo viene ligado a dos inquietudes principales. En primer lugar, una crítica profunda del capitalismo, por resultar un sistema económico y social rigurosamente destructivo y despilfarrador, frente a otras teorías políticas más o menos reformistas que pretenden conservar el modelo de acumulación o solo modificarlo parcialmente. En segundo lugar, el intento de identificar al agente del cambio, preocupándose así por localizar las fuentes de descontento con el sistema y el consiguiente potencial revulsivo que pueda llegar a quebrar las relaciones sociales hegemónicas. Ahora bien, en este segundo marco cabe distinguir dos aproximaciones distintas, aunque no antagónicas. Por un lado, la que exigiría cambios de paradigma drásticos basados en una relación nueva del ser humano con la naturaleza y que, por tanto, perseguiría una nueva “moralidad”. Por otro, la que confiaría en una revolución emergente a partir de la contradicción fundamental entre capital y trabajo, de acuerdo con la perspectiva habitual del movimiento obrero históricamente articulado.
Bibliografía
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