Ecologismo

Carmen Madorrán y Jorge Riechmann

1. Concepto

    El ecologismo es un movimiento social que pretende la transformación de las relaciones entre los sistemas humanos y los naturales, al entender que la actual crisis ecosocial global genera consecuencias indeseables y puede ser incluso terminal (si, por ejemplo, un calentamiento climático desbocado nos condujese a un estado de hothouse Earth o “Tierra cocedero”). Así, al igual que se ha sugerido para otros movimientos de transformación social como los feminismos, cabe decir que el ecologismo se define por su acción, no tanto por su declaración. Ahora bien, aunque el ecologismo tiene un importante componente emancipatorio, comparte con el pacifismo antinuclear que no sólo son movimientos de emancipación, sino –de manera más básica– movimientos de supervivencia.

    De forma amplia, es la crítica del productivismo y del antropocentrismo lo que ponen en juego los diferentes ecologismos. Implican un compromiso con el cuidado y la atención hacia lo vivo, si bien en un sentido general, que pretende reducir el impacto de nuestra actividad en el planeta sobre otras especies y ecosistemas. La palabra ecología procede etimológicamente del griego oikos (οίκος) = casa u hogar (en sentido amplio) y logos (λóγος), que cabe traducir como estudio, pensamiento, reflexión, razón, etc. Es decir, la ecología sería la reflexión o el estudio de la casa, concibiendo el planeta Tierra y la naturaleza como nuestra casa. Desde este punto de vista, el ecologismo sería la defensa y cuidado de los ecosistemas que nos dan cobijo, junto a otros seres y en un equilibro y conexión espectaculares. Pero no se trata tanto de conservar lo que fue (al fin y al cabo, en la realidad de nuestro mundo todo fluye y cambia constantemente, como ya observó Heráclito de Efeso), como de habitar mejor la Tierra (así como sus ecosistemas y territorios); en suma, de reaprender cómo vivir bien en el inmenso Holobionte (véase Gaia) del que formamos parte (véase Buen vivir y Vida buena).

    2. Origen

    Suelen hacerse coincidir los comienzos del ecologismo moderno con la publicación en 1962 de la obra de Rachel Carson La primavera silenciosa, que alertaba sobre los impactos de plaguicidas sintéticos como el DDT contra la red de la vida. Y sin duda puede ser un buen hito para fijar ideas, pero habría que tener en cuenta que: (1) hay precedentes importantes de estas ideas euro-norteamericanas que cabe rastrear al menos hasta el trabajo de Rousseau y de los románticos alemanes, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX (Riechmann, 2024, pp. 15-18; Almenar, 2024). (2) Las cosmovisiones de muchos pueblos originarios evidencian todo un conjunto de ideas y valores que también asociamos hoy con los ecologismos (recordemos sin ir más lejos a multitud de pensadores amerindios, de Alce Negro a Ailton Krenak, así como el extenso panorama que despliega Callicott, 2017) (véase Animismo). (3) ¿No hay algo un poco extraño en situar el comienzo de un movimiento social en la publicación de un libro, aunque se trate de un movimiento, como el ecologismo, donde la alianza con el pensamiento científico ha sido tan importante? Se dan, de hecho, movimientos protoecologistas organizados tanto en los países de industrialización más antigua como en la periferia de Occidente. Con respecto a lo primero, por ejemplo, cabe considerar la masacre del 4 de febrero de 1888 (el “Año de los Tiros”) en la Cuenca Minera de Riotinto como una de las primeras luchas medioambientales de la historia: más de cien mineros y sus familiares fueron asesinados cuando protestaban contra la intensa contaminación que causaba la quema del mineral al aire libre en las minas de cobre onubenses (Viana, 2019). Por otra parte, el movimiento chipko en la India, uno de los primeros y más importantes ejemplos del ecofeminismo a nivel mundial, a comienzos de los años 1970, podía inspirarse en corrientes protoecologistas locales (comenzando por Mahatma Gandhi) cuando luchaban contra la despiadada tala comercial que estaba destruyendo los bosques en las laderas del Himalaya.

    Sigamos con los matices: 4) como acabamos de ver, el ecologismo se hibrida con el feminismo, dando lugar a movimientos ecofeministas de enorme importancia (Larrère, 2024) (véase Ecofeminismo). 5) El ecologismo moderno, pero también sus antecedentes desde el comienzo de la era nuclear en 1945, nace como ecopacifismo: ello puede comprobarse tanto examinando la trayectoria vital del pensador y activista francés Bernard Charbonneau, como analizando la forma en que la campaña de 1969 contra los ensayos atómicos Don’t Make Waves dio lugar a la organización ecologista global Greenpeace a partir de 1971.6) En el Sur global se dan numerosos movimientos de resistencia contra agresiones ambientales y proyectos extractivistas (véase Extractivismo) que quizá no se ven a sí mismos como ecologistas, pero que pueden analizarse bajo la noción de ecologismo de los pobres (Martinez Alier, 1992).

    En suma, aunque hay un pensamiento protoecologista que puede rastrearse desde la Antigüedad y en muy distintas tradiciones culturales, suele hablarse de nuevo ecologismo como un movimiento que surge, se organiza, crece y se ramifica a partir de la década de los sesenta del siglo XX. A diferencia del conservacionismo, centrado en la idea de la protección de la naturaleza con un fundamento moral o estético, el ecologismo que coge impulso en la segunda mitad del siglo XX sitúa en el centro la supervivencia del ser humano y alerta sobre la crisis civilizatoria a la que hay que responder con urgencia (Marcellesi, 2008; Riechmann, 2024).

    3. Algunas distinciones conceptuales

    El gran ecólogo catalán Ramón Margalef definió hace muchos años la relación entre la ciencia de la ecología y el movimiento ecologista en estos términos: “la ecología es al ecologismo lo que la sociología es al socialismo”. Hay quien quiso ver en esta frase cierto menosprecio por los movimientos sociales, pero, según Joandomènec Ros, “el profesor Margalef quería decir que tanto una como otra necesitan una base científica sólida para que sus programas y acciones para mejorar la sociedad o para proteger la naturaleza tengan sentido y puedan entusiasmar a los ciudadanos” (2006, p. 69). La ciencia ecológica moderna (que, según Paul R. Ehrlich, es una ciencia subversiva, por cuanto puede hacernos reconsiderar la posición que el ser humano ocupa en el mundo natural) se constituyó hacia 1930 aproximadamente, y su desarrollo en los decenios sucesivos será una condición previa para el nacimiento de los ecologismos de los años sesenta y setenta.

    A la hora de examinar la diversidad interna de los ecologismos (tomando la palabra en sentido amplio), una forma de proceder en abstracto sería identificar las principales líneas de conflicto ecosocial para luego combinarlas y examinar el espacio de posiciones resultante. Como mínimo, habría que considerar cinco líneas de conflicto: las tres dimensiones principales de las luchas contra la dominación en la Modernidad (dominación capitalista, patriarcal y colonial), más el antropocentrismo, más la tecnolatría (véase Tecnología). De ahí resultarían, elevando dos a la quinta potencia, 32 posiciones posibles. Algunas de ellas no se darían nunca en la realidad: ¿alguien puede imaginar a un ecologista que fuese procapitalista, feminista, colonialista, antiespecista y amante de la low tech? En cualquier caso, el procedimiento que seguiremos será mucho más sencillo: identificar unas pocas posiciones que, en la historia reciente, han cuajado en corrientes reconocibles en los movimientos ecologistas realmente existentes.

    Cabe empezar deslindando el ecologismo del conservacionismo, que no es tanto un movimiento político como el tejido de asociaciones y grupos de presión orientados a la conservación de determinados bienes naturales, sociales y culturales. Sus orígenes son casi tan antiguos como los de la industrialización, y el núcleo de su acción es la creación de áreas protegidas (en 1872 se crea en EEUU el primer parque natural de la historia, el de Yellowstone). Por ejemplo, Félix Rodríguez de la Fuente, quien se hizo inmensamente popular en España como divulgador de la defensa de la naturaleza (a través de programas de televisión como El hombre y la Tierra), era conservacionista (y defensor de la energía nuclear), pero no era ecologista. El peligro al que constantemente está expuesto el conservacionismo es el de la miopía: centrarse en los efectos y en los daños puntuales, en lugar de considerar también las causas y los contextos globales.

    A continuación, conviene deslindar el ecologismo del ambientalismo. Por ambientalismo cabe entender, siguiendo la sugerencia de Ramón Folch (1977, p. 22), aquella actividad y aquellos movimientos sociales que luchan por un mejor ambiente y una mejor calidad de vida para los seres humanos, pero siempre con una perspectiva antropocéntrica. El ambientalismo suele implicar un ecorreformismo (sin cuestionar el capitalismo) y se ve amenazado por una miopía simétrica de la conservacionista: si aquélla puede ignorar en ocasiones lo humano, ésta puede también ignorar todo lo no humano. En definitiva, sólo las amenazas contra la salud humana y la calidad de vida humana movilizan a los ambientalistas.

    Tanto el ambientalismo como el proteccionismo tienden a ser opciones reformistas: típicamente, no cuestionan de forma radical los modos actuales de producción y consumo (véase Capitalismo y crisis ecosocial). El viejo conservacionismo separaba la naturaleza de la sociedad, actuaba presuponiendo esa separación y luchaba por mantenerla: tal es el objetivo de la protección de la vida silvestre y los espacios naturales. Por el contrario, el moderno ecologismo (que en los años 1970 fue intensamente catalizado por las luchas antinucleares) se constituye como ecología política o ecología social o ecología humana: en su concepción del mundo tiende precisamente a anular aquella separación. El ambientalismo ignora que la protección del medio ambiente no es una tarea más que añadir a la lista de nuestras actividades económicas y sociales, dejando intacto lo demás: es un fin que exige otra manera de producir y consumir, otra manera de vivir y trabajar. Sin una ecologización estructural de las sociedades industriales (para lo cual el mundo social tiene que cambiar de base material), las medidas de política ambiental no son más que inútiles cataplasmas aplicadas sobre un cáncer en proliferación.

    El conservacionismo y el ambientalismo pueden creer en la posibilidad de un “capitalismo verde” (véase Green New Deal); en cambio, el ecologismo consecuente critica esa presunción, pues se toma en serio las decisivas constricciones que derivan de la finitud de nuestro planeta (véase Límites) y se pregunta por las prácticas políticas, sociales y económicas que son compatibles con esas constricciones (y también deseables desde un ideario de emancipación).

    En 1973, el filósofo noruego Arne Naess (uno de los grandes del pensamiento ecológico del siglo XX) advertía: “Un movimiento superficial, aunque actualmente bastante poderoso, y otro movimiento profundo, aunque menos influyente, compiten (dentro del ecologismo) por nuestra atención” (Naess, 1973, p. 95). El movimiento de la ecología superficial (shallow ecology) se caracteriza por la “lucha contra la contaminación y el agotamiento de los recursos [y su] objetivo central [es] la salud y la prosperidad de la gente de los países desarrollados” (p. 95). Esta “ecología superficial” coincide, a grandes rasgos, con lo que antes hemos llamado ambientalismo, y Naess la oponía a la deep ecology o ecología profunda (mejor: ecologismo profundo), que caería bajo lo que hemos llamado “ecologismo consecuente”. Éste incluiría también los ecosocialismos y los ecofeminismos (véase Ecosocialismo).

    4. Elementos de crítica

    ¿Qué pasó con el ecologismo radical de los años 1970? La tarea de promover un cambio socioeconómico y cultural profundo, avanzando hacia un “nuevo paradigma ecológico”, resultó ser demasiado ardua para las fuerzas disponibles (Riechmann, 2024, pp. 93-96, 134-138). Se estaba impugnando el orden socioeconómico capitalista (e incluso, de forma más amplia, industrial-productivista), pero no sólo eso: más allá de ese cuestionamiento (¡que es enorme!) se ponía en entredicho todo un orden civilizacional, una concepción del mundo o cosmovisión basada en el mecanicismo, el antropocentrismo y la dominación sobre la naturaleza. Resulta significativo cómo, a medida que va imponiéndose la reacción neoliberal desde los años 1980, ese cuestionamiento más radical que simbolizarían pensadores como Lewis Mumford, Lynn Margulis, Nicholas Georgescu-Roegen, Ivan Illich, Manuel Sacristán, Maria Mies o Arne Naess no encuentra apenas eco en el seno del ambientalismo mainstream, embrujado por el paradigma capitalista del “desarrollo sostenible”.

    En aquellos dos decenios clave, 1970 y 1980, las elites capitalistas reaccionaron contra lo que consideraban el “exceso de democracia” en Occidente y dieron paso al orden/desorden neoliberal. Otra forma de aproximarnos a aquella situación: desde los años 1970 va esbozándose en muchos países una pugna dentro de los ecologismos y ambientalismos entre lo que serían dos amplias estrategias: a) la autolimitación primero, con la comprensión de la necesidad de reinsertarnos en el Sistema Tierra; y b) la tecnología primero, en términos sobre todo de ecoeficiencia.

    En efecto, el diagnóstico básico del ecologismo consecuente puede resumirse en una palabra: extralimitación (que en inglés se dice overshoot). Una economía capitalista expansiva, que necesita el crecimiento constante para funcionar, choca necesariamente contra los límites biofísicos del planeta Tierra. En esta situación de extralimitación (una huella ecológica global mayor que la biocapacidad del planeta) nos encontramos desde los años 1980, y la crisis ecológico-social va empeorando constantemente: el calentamiento climático sólo es el síntoma más evidente y catastrófico de ese problema de fondo (véase Cambio global).

    La segunda de estas estrategias (la tecnología primero, sin que nos atrevamos a cuestionar el orden socioeconómico que impera) obtuvo un eco creciente en los sectores sociales que al menos intuían que la crisis ecológico-social era algo real. En una sociedad cada vez más troquelada por un capitalismo fosilista, tecnólatra y (a partir de los años 1980) neoliberal, ¿cabía otro desenlace? Sin embargo, como el problema de fondo es, de hecho, la extralimitación, sólo la primera línea estratégica hubiera podido alejarnos de los desenlaces catastróficos.

    Pensando en términos supranacionales, desde esa “conciencia de especie” que invocaban los movimientos ecologistas de los años 1970, diríamos que hubo dos errores teóricos capitales en aquel decenio, cuyas consecuencias se alargan hasta hoy: por una parte, el rechazo indiscriminado de la deep ecology, con su crítica del marco antropocéntrico dominante en la concepción del mundo occidental y su insistencia en un cuestionamiento profundo de nuestros modos de vida (véase Modo de vida capitalista). Por otra parte, la incomprensión de las cuestiones sobre economía, ecología y termodinámica que planteaba la bioeconomía de Nicholas Georgescu-Roegen, quien mostró que el carácter entrópico de las actividades de producción y consumo exigía pensar de otra manera, por ejemplo, las transiciones energéticas (véase Transición ecosocial). En definitiva, ignorar (o incluso desacreditar) a Arne Naess y a Georgescu-Roegen fue una mala idea en los años 1970, cuyos desgraciados efectos estamos pagando todavía.

    A partir de los años 1980-90, se cedió demasiado frente a la perspectiva convencional del desarrollo sostenible, con la idea de que se podía trabajar dentro del sistema con un margen amplio. Y así, buena parte de los ambientalismos y los ecologismos concedieron demasiado a eso que al final se manifestó como un mero gatopardismo del sistema.

    Bibliografía:

    Almenar, R. (2024). Esclarecidos. Humboldt, Mill, Thoreau: tres referentes para afrontar nuestra crisis planetaria, Laetoli.

    Antón, A. (2020). “Sujeto feminista: ni esencialista ni posmoderno”. Rebelión, 27 de julio de 2020 https://rebelion.org/sujeto-feminista-ni-esencialista-ni-posmoderno/.

    Callicott, J. B. (2017). Cosmovisiones de la tierra. Un estudio multicultural de éticas ecológicas desde la cuenca del Mediterráneo hasta el desierto australiano. Universidad de Magallanes (Chile)/ Plaza y Valdés (México).

    Folch, R. (1977). Sobre ecologismo y ecología aplicada. Ketres.

    Larrère, C. (2024). Ecofeminismo. La Marca Editora.

    Marcellesi, F. (2008). “Historia del movimiento ecologista y verde (parte I): génesis y toma de conciencia”. EcoPolítica, 8 de julio de 2008. https://ecopolitica.org/historia-del-movimiento-ecologista-y-verde-parte-i-gsis-y-toma-de-conciencia/

    Margalef, R. (1978). Perspectivas de la teoría ecológica. Blume.

    Martinez Alier, J. (1992). De la economía ecológica al ecologismo popular. Icaria.

    Naess, A. (1973). “The Shallow and the Deep, Long-Range Ecology Movement. A Summary”. Inquiry, 16, 95-100.

    Riechmann, J. (2024). Ecologismo: pasado y presente. La Catarata.

    Ros, J. (2006). “Maestro de ecólogos y ecologistas”. Medi Ambient. Tecnologia i Cultura (monográfico consagrado a Ramón Margalef), 38, 4-15.

    Viana, I. (2019). “La primera protesta ecológica de la historia de España fue contra Inglaterra y provocó más de 100 muertos”. ABC, 2 de julio de 2019. https://www.abc.es/historia/abci-ocultaron-britanicos-primera-protesta-ecologista-historia-espana-y-muertos-201907020106_noticia.html

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