Capitalismo y crisis ecosocial

Asier Arias Domínguez

La voz «capitalismo» dista de ser unívoca, entre otras cosas porque designa una constelación de formas históricas; reducidas a un esquema mínimo: mercantil, industrial y sus variantes fordista-keynesiana y neoliberal. A pesar de sus notables divergencias, estas formas comparten una serie de rasgos estructurales. En primer lugar, se trata de entramados institucionales estrechamente vinculados al proceso histórico de conformación del Estado moderno e inimaginables en ausencia de su fuerza normativo-coercitiva y sus masivos insumos económicos. En segundo lugar, esos entramados llevan aparejada la expansión de relaciones mercantiles frente a formas comunitarias de reproducción social. En tercer lugar, dichos entramados se articulan en torno a relaciones de dominación intra e interestatales (explotación de clase, jerarquías coloniales de apropiación).

El capitalismo es, pues, una formación histórica. Fernand Braudel incidió de forma seminal en el carácter gradual y estratificado de la emergencia histórica de la organización institucional capitalista (Braudel, 1979). El capitalismo mercantil (siglos XV -XVIII) se articuló en torno a la centralización económico-financiera, el control de rutas comerciales y la integración colonial de espacios económicos heterogéneos. La acumulación se apoyaba decisivamente en rentas comerciales obtenidas bajo el amparo de aparatos estatales en consolidación. (Con frecuencia se ha objetado la cronología propuesta por Braudel —Robert Brenner, Ellen Meiksins Wood—, dado que retrotraerla en exceso arriesga amalgamar fenómenos heterogéneos. Adoptamos aquí la convención de denominar «capitalismo» al capitalismo comercial temprano, únicamente, a causa de su amplia difusión).

Por su parte, el capitalismo industrial que cristaliza en el siglo XIX puede definirse como una estructura de relaciones sociales, un orden jurídico-institucional caracterizado por la desposesión de los trabajadores de los medios de producción, la generalización del trabajo asalariado y la producción de mercancías para el intercambio. Esta producción para el intercambio tiene una forma muy específica: la de la inversión dineraria en medios de producción y fuerza de trabajo orientada a la obtención de una cantidad de dinero superior a la inicial. Ahora bien, la inercia de esta clase de inversión no dimana de rasgos de carácter u otros elementos contingentes. Se trata de una compulsión sistémica: quien no reinvierte y expande el valor adelantado queda desplazado por la competencia. La reproducción ampliada se presenta así como un rasgo estructural del sistema en su conjunto, y el crecimiento como un imperativo derivado de la generalización de las relaciones sociales capitalistas.

El ciclo fordista-keynesiano (1945-1973) moduló esta dinámica mediante políticas de demanda agregada, pleno empleo y expansión del Estado social, sin alterar el núcleo salarial-mercantil ni la lógica de la reproducción ampliada del capital. Este ciclo comprende tres décadas a lo largo de las cuales un capitalismo fuertemente regulado (orden monetario de Bretton Woods, control de capitales, restricciones a la especulación financiera) registró tasas excepcionalmente altas y sostenidas de crecimiento económico. No por casualidad, este ciclo coincide en el tiempo con la rápida expansión del uso del petróleo, que desplazó en esos años al carbón como fuente principal de energía del capitalismo industrial. El pistoletazo de salida de este ciclo económico coincide con lo que en las ciencias del sistema Tierra se denomina «Gran Aceleración», noción que hace referencia al modo abrupto en que, tras la Segunda Guerra Mundial, todos los índices que dan cuenta de las actividades humanas en el planeta se disparan al unísono (Steffen et al., 2015). No deja de ser significativo que el cierre histórico de este ciclo coincidiera con la publicación de uno de los textos de referencia para la comprensión sistémica de la crisis ecosocial: el informe encargado al MIT por el Club de Roma, The Limits to Growth (1972). Tanto en su formulación original como en sus posteriores actualizaciones (1992, 2004), el informe —basado en el modelo de dinámica de sistemas World3, que formaliza la interacción entre población, capital industrial y agrícola, recursos no renovables y contaminación— proyecta que, de mantenerse las tendencias de crecimiento vigentes, el sistema socioeconómico global entrará en declive a mediados del siglo XXI.

El agotamiento del régimen de acumulación fordista-keynesiano durante la década de 1970 creó las condiciones para una reestructuración del capitalismo industrial orientada a restaurar la rentabilidad (Harvey, 2005). En un contexto de desmantelamiento del orden económico de posguerra, el neoliberalismo emergió como un nuevo marco de gobernanza económica que redefinió el papel del Estado en el proceso de acumulación, no mediante su retracción, como sugiere la retórica al uso, sino a través de su reorientación hacia el control de la inflación y la disciplina fiscal, la apertura de mercados —a menudo mediante la privatización de sectores y servicios previamente públicos— y la liberalización de la circulación de capitales. Esta última encarnación del capitalismo industrial vino a reconfigurar las cadenas globales de valor —deslocalizando impactos—, pero también a desplazar la expansión del capital desde su dimensión espacial hacia su dimensión temporal, mediante un masivo proceso de financiarización que ha sumado nuevas palancas a la tendencia capitalista a las crisis periódicas.

En la literatura especializada, el vínculo entre capitalismo y crisis ecosocial ha tendido a formularse en términos estructurales, esto es, remitiéndolo a dinámicas constitutivas del capitalismo industrial, muy particularmente a la compulsión al crecimiento. Frente a ello, la atribución de la crisis a formas históricas específicas del capitalismo industrial (destacadamente, a la neoliberal) es más frecuente en el discurso mediático que en el académico. Como veremos, hay también en la literatura especializada corrientes que retrotraen el punto de inflexión de la crisis a etapas previas a la consolidación del capitalismo industrial, apuntando a factores culturales y antropológicos y a dinámicas premodernas de interacción con el entorno y reproducción social.

Dentro del señalado marco interpretativo estructural, centrado en rasgos constitutivos del capitalismo industrial, fue en la obra de Marx donde se planteó de forma seminal, aunque tentativa —dado el grado de desarrollo de las ciencias naturales decimonónicas—, la incompatibilidad entre la inercia autoexpansiva del capital y los límites biofísicos del planeta. Estos atisbos ecológicos de Marx derivan de su análisis del metabolismo social, dentro del cual el trabajo aparece como la mediación histórica a través de la cual las sociedades intercambian materia y energía con su entorno. El capitalismo, al reorganizar ese metabolismo en función de la reproducción ampliada del capital, introduce una perturbación en esos ciclos materiales, socavando simultáneamente las dos fuentes originarias de la riqueza: el trabajo humano y la «tierra». John Bellamy Foster ha reconstruido de forma influyente esta dimensión ecológica del pensamiento marxiano, acuñando la noción de «fractura metabólica» para sistematizar pasajes dispersos de la obra marxiana que dan cuenta de la dislocación de los ciclos ecológicos producida por la dinámica expansiva del capitalismo (Foster, 1999). La tradición marxista tardaría, no obstante, en volver de forma sistemática sobre estos atisbos ecológicos de Marx (véase Ecosocialismo). Entre quienes reactivaron esta línea de pensamiento destacan Wolfgang Harich y Manuel Sacristán, que sostuvieron de forma pionera que la crisis ecológica obliga a revisar críticamente la identificación heredada entre emancipación y expansión productiva (Harich, 1975; Sacristán Luzón, 2021).

La tesis de la incompatibilidad entre crecimiento económico indefinido y límites biofísicos fue formulada, en paralelo, por diversos economistas heterodoxos. Kenneth Boulding puso tempranamente de relieve, a través de su metáfora de la «nave espacial Tierra», que la economía humana opera en un sistema planetario cerrado en materiales, limitado en flujos de energía y sujeto a restricciones termodinámicas (Boulding, 1966). Esta intuición sería desarrollada con mayor detalle por Nicholas Georgescu-Roegen, que en su crítica de la economía neoclásica incorporó explícitamente la segunda ley de la termodinámica, mostrando que todo proceso productivo implica la transformación de recursos de baja entropía en residuos de alta entropía, lo que imposibilita la expansión material ilimitada de la que depende la economía capitalista (Georgescu-Roegen, 1971).

Anclando la señalada interpretación estructural en su umbral histórico, Andreas Malm ha propuesto el concepto de «capitalismo fósil» para subrayar la imbricación histórica entre la consolidación del capitalismo industrial y la generalización del uso de combustibles fósiles, destacando que su adopción no respondió únicamente a criterios de eficiencia técnica, sino asimismo a ventajas sociales y espaciales para el proceso de acumulación capitalista. A diferencia de las fuentes energéticas dependientes de flujos naturales, el carbón permitió concentrar la producción, sustraerla a las variaciones ambientales y reforzar el control sobre la fuerza de trabajo. La consolidación de un régimen energético intensivo en carbono aparece así como un momento constitutivo de la propia dinámica de acumulación capitalista.

En los últimos años, una parte importante del debate en torno a la crisis ecosocial se ha articulado en torno a la noción de Antropoceno, propuesta para designar una posible nueva época geológica posterior al Holoceno y caracterizada por la huella planetaria de la actividad humana. Se ha argumentado, sin embargo, que esta denominación tiende a diluir responsabilidades históricas diferenciadas. En esta línea, Jason Moore ha propuesto hablar de Capitaloceno para subrayar que la crisis planetaria no es atribuible a la humanidad en abstracto, sino a un régimen histórico cuya expansión ha dependido de la apropiación de «naturalezas baratas» (alimentos, energía, trabajo, materias primas) cuya creciente dificultad de acceso subyace a las actuales tensiones ecosociales (Moore, 2015).

En el polo opuesto a las interpretaciones estructurales de la relación entre capitalismo industrial y crisis ecosocial, los valedores del liberalismo verde y la modernización ecológica (véase capitalismo verde) sostienen que no existe un vínculo causal entre ambos. Desde su perspectiva, la crisis no sería sino una «consecuencia inevitable del modo de ser de nuestra especie», caracterizada —proponen— por un «impulso universal» de «adaptación agresiva» (Arias Maldonado, 2019). Lejos de hallarse a la base de la crisis ecosocial, el capitalismo se erigiría de hecho como condición de posibilidad de su superación, por cuanto sería precisamente su dinámica autoexpansiva la que permitiría engendrar las futuribles tecnologías a las que estas escuelas apuestan la solución de la crisis ecosocial. Tanto la idea de la ausencia de aquel vínculo como la apuesta por la carta tecnológica se enfrentan a problemas fundamentales (Arias Domínguez, 2020). No hay tecnología posible que no se encuentre sujeta a las leyes de la termodinámica, y disponemos además de un amplio registro de lecciones históricas sobre los efectos de las tecnologías en el terreno ambiental (véase Tecno-optimismo). Sea como fuere, el principal problema para estas escuelas estriba en la falta de evidencia o argumentos que sugieran la posibilidad de un desacoplamiento absoluto a escala global entre crecimiento económico e impactos ambientales.

Otras corrientes de pensamiento, sin dejar de reconocer al capitalismo como vector principal de la devastación ecológica, apuntan a estratos causales más profundos que la mera organización económica. En esta línea, la ecología profunda nos presenta la crisis ecológica como resultado de una cosmovisión antropocéntrica que atribuye a la naturaleza un valor meramente instrumental (Næss, 1973) (véase Valor intrínseco/Valor extrínseco). En una línea paralela, diversos autores han subrayado que la capacidad humana de dañar ecosistemas antecede con mucho a la modernidad o el industrialismo, como sugieren las extinciones de megafauna asociadas a la expansión de Homo sapiens durante el Pleistoceno tardío (Tafalla, 2022). La crisis ecológica remitiría, pues, no sólo a las bases materiales de nuestras sociedades, sino asimismo a las éticas y culturales, pero también a una capa más profunda de nuestra naturaleza en la que arraigan tendencias a la desmesura y dificultades para reconocer límites (Riechmann, 2022).

Un amplio cuerpo de literatura atribuye la crisis ecosocial a las dinámicas estructurales del capitalismo industrial. En el plano teórico, la economía ecológica ha detallado los mecanismos que subyacen a la incompatibilidad entre la dinámica de acumulación expansiva y los límites biofísicos del sistema Tierra. En el plano histórico, la ecología política y la historia ambiental han documentado las trabas que el capitalismo industrial impone a la reproducción social sostenible.

Bibliografía:

Arias Domínguez, A. (2020). La batalla por las ideas tras la pandemia. Crítica del liberalismo verde. Catarata.

Arias Maldonado, M. (2019). La ética ecológica en el Antropoceno. Azafea: Revista de Filosofía, 21, 57–78.

Boulding, K. E. (1966). The economics of the coming spaceship Earth. In H. Jarrett (Ed.), Environmental Quality in a Growing Economy (pp. 3–14). Johns Hopkins University Press.

Braudel, F. (1979). Civilización material, economía y capitalismo, Siglos XV-XVIII (3 vols.). Alianza, 1984.

Foster, J. B. (1999). Marx’s theory of metabolic rift. American Journal of Sociology, 105, 366–405.

Georgescu-Roegen, N. (1971). La Ley de la Entropía y el proceso económico. Visor, 1996.

Harich, W. (1975). ¿Comunismo sin crecimiento? Materiales, 1978.

Harvey, D. (2005). Breve historia del neoliberalismo. Akal, 2007.

Malm, A. (2016). Capital fósil. El auge del vapor y las raíces del capitalismo global. Capitán Swing, 2020.

Moore, J. W. (2015). El capitalismo en la trama de la vida. Ecología y acumulación de capital. Traficantes de Sueños, 2020.

Næss, A. (1973). The shallow and the deep, long-range ecology movement: A summary. Inquiry, 16, 95–100.

Riechmann, J. (2022). Simbioética. Homo sapiens en el entramado de la vida. Plaza y Valdés.

Sacristán Luzón, M. (2021). Ecología y ciencia social. Reflexiones ecologistas sobre la crisis de la sociedad industrial. Irrecuperables.

Steffen, W., et al. (2015). The trajectory of the Anthropocene: The Great Acceleration. The Anthropocene Review, 2, 1–18.

Tafalla, M. (2022). La filosofía ante la crisis ecosocial. Una propuesta de convivencia con las demás especies: decrecimiento, veganismo y rewilding. Plaza y Valdés.

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