Veganismo

Cristian Moyano-Fernández 

El veganismo es una posición ética, una práctica social y, en muchos casos, una identidad personal que propone excluir —en la medida de lo posible y practicable— el uso de animales no humanos para fines humanos, especialmente en la alimentación, el vestido, el entretenimiento y la experimentación. Aunque en el uso cotidiano suele asociarse a una dieta que evita productos de origen animal, en el ámbito filosófico el veganismo se entiende de forma más amplia como una crítica normativa a las distintas formas de explotación animal y como una propuesta de transformación de las relaciones entre seres humanos y otros animales. En este sentido, no se reduce únicamente a un conjunto de hábitos de consumo, sino que conlleva una toma de posición respecto a qué tipo de consideraciones morales merecen los animales y cómo deben organizarse las prácticas sociales en consecuencia. 

Para comprender mejor el veganismo, conviene distinguirlo del vegetarianismo, una práctica más extendida históricamente que implica la exclusión de la carne de la dieta, pero que puede admitir otros productos de origen animal como lácteos o huevos. El vegetarianismo ha estado motivado desde hace milenios por razones religiosas, culturales, de salud o éticas, y comparte con el veganismo ciertas críticas a la explotación animal, aunque suele centrarse de forma más restringida en la alimentación. En cambio, el veganismo amplía esa preocupación a otros ámbitos de la vida cotidiana, como el uso de materiales de origen animal, el entretenimiento o la experimentación, articulándose como una posición ética más integral y que abarca un espectro más amplio de interacciones humanas con los no humanos. No obstante, existe un solapamiento parcial entre ambas prácticas, ya que muchas de las críticas al uso de animales en cosmética, tauromaquia u otros ámbitos pueden ser compartidas por formas de vegetarianismo ético, lo que da lugar a un cierto continuo más que a una separación estricta. 

El término “veganismo” fue acuñado en 1944 por Donald Watson, cofundador de la Vegan Society en el Reino Unido, en un contexto en el que ya existían tradiciones vegetarianas por motivos éticos, religiosos o de salud. Sin embargo, el veganismo se distinguió desde sus inicios por su pretensión de coherencia ética, extendiendo la renuncia a la explotación animal más allá de la alimentación hacia otros ámbitos de la vida cotidiana. Con el paso del tiempo, el concepto ha adquirido una mayor densidad filosófica, integrándose en debates más amplios sobre justicia, derechos, sufrimiento, sostenibilidad y relaciones de poder. De hecho, el desarrollo de la ética animal en la segunda mitad del siglo XX contribuyó a dotar al veganismo de fundamentos teóricos más sistemáticos, situándolo en diálogo con diversas corrientes de la filosofía moral contemporánea (Francione, 2008; Regan, 2004; Singer, 2015). 

Desde una perspectiva utilitarista, el veganismo se basa en la consideración del sufrimiento y el bienestar de los animales. Según esta línea de pensamiento, la capacidad de sufrir o experimentar placer es el criterio relevante para la inclusión en la comunidad moral (Singer, 2015). Esto implica, al menos en principio, que los intereses de los animales deberían ser tenidos en cuenta de manera imparcial, independientemente de su especie. Esta formulación ha sido objeto de debate respecto al alcance de dicha consideración, especialmente en relación con animales con sistemas nerviosos más simples, como algunos invertebrados o insectos, donde la atribución de experiencias subjetivas es discutida en la literatura científica y filosófica. En consecuencia, la extensión del círculo moral puede variar según el marco teórico adoptado, si bien el veganismo utilitarista tiende a ampliar progresivamente el conjunto de seres moralmente relevantes en función de la evidencia sobre su capacidad de sufrir. 

De todos modos, prácticas masivas como la ganadería intensiva, la pesca, la experimentación o el uso de animales para cosmética o entretenimiento resultan moralmente problemáticas en la medida en que generan un sufrimiento significativo a una numerosa cantidad de animales con sistema nervioso que podría evitarse mediante alternativas disponibles. El veganismo aparece, así, como una forma de minimizar el daño y promover un mayor bienestar global (Aaltola, 2012). 

Desde enfoques deontológicos, el veganismo se apoya en la idea de que los animales poseen un valor inherente que no puede reducirse a su utilidad para los seres humanos. Pensadores como Tom Regan han defendido que muchos animales son “sujetos-de-una-vida”, es decir, individuos con experiencias, intereses y una perspectiva propia (véase Agencia animal), lo que les confiere derechos morales básicos (2004). Así pues, la explotación animal no es solo un problema de consecuencias negativas sobre el bienestar, sino una violación de principios de justicia. Desde esta consideración, el veganismo no se presenta como una simple opción entre otras posibles, sino como una exigencia ética derivada del respeto a esos sujetos (Francione, 2008; Garner, 2013). 

Un concepto clave en la fundamentación del veganismo es el de “especismo”, entendido como la discriminación basada en la pertenencia de especie (Horta, 2010). Esta noción establece un paralelismo crítico con otras formas de discriminación, como el racismo o el sexismo, al señalar que privilegiar sistemáticamente los intereses humanos por el mero hecho de pertenecer a la especie Homo sapiens carece de justificación moral suficiente. La crítica al especismo no implica negar las diferencias entre especies, sino cuestionar que tales diferencias legitimen prácticas que causan daño o una instrumentalización injustificada. En este sentido, el veganismo propone una ampliación del círculo moral que incluya a los animales no humanos como sujetos de consideración directa. 

El veganismo también ha sido desarrollado desde perspectivas como la ética del cuidado y el ecofeminismo, que ponen el acento en la vulnerabilidad, la autonomía relacional, las estructuras de dominación y las relaciones interdependientes y ecodependientes que sostienen el tejido de la naturaleza (véase Ecofeminismo, Interdependencia y Ecodependencia). Por ejemplo, autoras como Carol J. Adams han analizado cómo la cosificación de los cuerpos animales y humanos comparte unas lógicas simbólicas y materiales paralelas, especialmente en contextos patriarcales (1990). Desde estos enfoques, el veganismo no se limita a una cuestión de derechos o cálculos de utilidad, sino que se vincula con la transformación de sensibilidades, prácticas y estructuras sociales que sostienen diversas formas de opresión. La empatía, la atención a la vulnerabilidad y la responsabilidad relacional adquieren aquí un papel central, lo que permite articular el veganismo con una perspectiva de género que reconoce la diversidad de experiencias y evita universalizaciones abstractas (Donovan y Adams, 2007; Gruen, 2015). 

De manera similar, algunas corrientes contemporáneas comprenden el veganismo como una transformación del sujeto y una transición civilizatoria orientada a la consideración de aquellos seres más vulnerabilizados por nuestras sociedades, antes que como un deber aislado o en abstracto (Pelluchon, 2018). Esta visión puede encontrar conexión con una ética de las virtudes, según la cual la explotación sistemática de los animales no humanos normaliza vicios y nos hace más insensibles a la violencia y a la instrumentalización, mientras que abrazar una filosofía vegana conduce a forjar un carácter moral más amable, compasivo, responsable y justo. 

En su dimensión práctica, el veganismo se traduce en la exclusión de consumir productos de origen animal en la alimentación —como carne, pescado, lácteos o huevos—, así como en el rechazo de vestir materiales como cuero, lana o seda, y de usar productos testados en animales. Asimismo, conlleva evitar, en la medida de lo posible, actividades que supongan explotación animal, como determinados espectáculos o formas de turismo. La referencia a lo “posible y practicable” introduce cierto margen de flexibilidad que reconoce las limitaciones contextuales, como las desigualdades en el acceso a recursos, las condiciones geográficas o las necesidades médicas. Esta cláusula ha sido objeto de debate, ya que plantea interrogantes sobre los límites de la exigencia moral y las condiciones de su aplicación en contextos diversos. En este sentido, abre también la discusión sobre si el veganismo debe formularse en términos de principios deontológicos y abolicionistas de alcance universal —que establecen obligaciones estrictas independientemente de las circunstancias— (Francione, 2008) o si, por el contrario, conviene entenderlo desde enfoques utilitaristas, donde sea permisible una reducción progresiva de la explotación animal, o más sensibles al contexto, como los asociados a la ética de las virtudes o a la ética del cuidado, que atienden a las particularidades de cada situación y a la formación del carácter moral (Donovan y Adams, 2007; Gruen, 2015).  

Sin embargo, a estos últimos enfoques se les puede objetar que corren el riesgo de deslizarse hacia formas de bienestarismo o reformismo, según las cuales se legitime la continuidad del uso de animales siempre que se introduzcan mejoras en sus condiciones de vida, en lugar de cuestionar su instrumentalización en sí misma. La discusión académica sobre las visiones gradualistas, contextualistas y pragmatistas del veganismo ha sido recurrente en las últimas dos décadas, debatiendo sobre si las reformas incrementales representan un avance estratégico hacia la abolición o, por el contrario, una normalización de la explotación (Fischer, 2019). A este respecto, en nuestro trato con los demás animales, se ha propuesto distinguir entre un monismo moral en la teoría —un horizonte moral unívoco— y un pluralismo ético en la práctica (Sebo, 2023), que consiste en aplicar distintas reglas de actuación según el caso.   

En una línea similar, conviene señalar que el veganismo ha sido también objeto de debates en torno a prácticas culturales que implican el uso o sacrificio de animales en contextos no industriales. En distintos casos, como algunas comunidades indígenas amazónicas, inuit o pastores del Sahel y Asia Central, la relación con los animales se inscribe en sistemas de subsistencia, cosmologías y formas de vida en las que su uso no se entiende únicamente en términos de explotación, sino también de reciprocidad, necesidad material o equilibrio ecológico. Esto ha generado discusiones entre enfoques universalistas y perspectivas más etnográficas o interculturales, que subrayan la necesidad de analizar estas prácticas dentro de sus marcos históricos, simbólicos y materiales específicos. 

Asimismo, desde sectores rurales y también desde algunas corrientes ecologistas críticas con el veganismo, se ha señalado que la relación entre humanos y animales puede incluir interdependencias ecológicas complejas, de modo que determinadas explotaciones concretas pueden dar lugar a beneficios para el conjunto del ecosistema y para otros animales. Por ejemplo, se ha argumentado que ciertos animales domésticos o de ganadería extensiva pueden desempeñar roles clave como la fertilización de los suelos, el mantenimiento de los paisajes bioculturales que favorecen hábitats para determinadas especies no humanas, el control de la biomasa vegetal, la integración en ciclos de nutrientes o una fuerza crucial en la tracción mecánica ante escenarios post-petróleo. Habida cuenta de estas consideraciones, se cuestiona que la exclusión total del uso de animales sea siempre compatible con determinadas formas de sostenibilidad y conservación ambiental. Ello puede conducir a una suerte de paradoja para el veganismo: la explotación de algunos animales podría ocasionalmente favorecer las condiciones de vida de otros.  

Sin embargo, a pesar de las discrepancias, el veganismo se alinea también con muchas de las preocupaciones ambientales y compromisos ecologistas, en la medida en que ambos movimientos suelen coincidir en denunciar que la mayoría de los sistemas de producción animal tienen un impacto significativo en términos de emisiones de gases de efecto invernadero, uso de recursos y pérdida de biodiversidad. Aunque no todo argumento enmarcado desde la ética ambiental conduce necesariamente al veganismo, existe un amplio consenso en que las dietas basadas en plantas pueden contribuir a reducir notablemente la presión humana sobre los ecosistemas y los hábitats naturales, si bien con variaciones según los modelos productivos y los contextos locales. Esta dimensión ha favorecido la convergencia entre el veganismo y ciertos sectores del ecologismo (Tafalla, 2022), dando también lugar a debates sobre las mejores estrategias para lograr sistemas alimentarios sostenibles y justos (Fischer, 2019). 

Entre otras críticas frecuentes y no estrictamente académicas al veganismo se encuentran aquellas que apelan a la tradición, la naturalidad, la normalidad o la centralidad de los intereses humanos (Joy, 2013). Algunas posiciones sostienen que el consumo de animales forma una parte constitutiva de la historia y la cultura humanas, o que los seres humanos tienen una prioridad moral que justificaría su uso. Frente a ello, las respuestas veganas suelen subrayar que la apelación a la tradición no basta para legitimar prácticas moralmente problemáticas —al igual que recordar que han existido tradiciones de esclavitud humana u otras prácticas reprobables no legitima moralmente su reincidencia hoy—, y que la prioridad de los intereses humanos debe ser evaluada caso por caso, especialmente cuando implica daño evitable a otros seres sintientes. Otras objeciones señalan problemas de accesibilidad y justicia social, argumentando que el veganismo puede resultar difícil de adoptar en determinados contextos biogeográficos o socioeconómicos. En respuesta, corrientes contemporáneas abogan por un veganismo interseccional que tenga en cuenta factores como la clase, el género, la etnia o la ubicación geográfica, y que evite imponer estándares abstractos desconectados de las realidades materiales (Garner, 2013). 

Además de su dimensión en la conducta individual, el veganismo constituye un movimiento social global que busca transformar tanto las prácticas de consumo como las estructuras de producción, la ordenación del territorio y las políticas públicas (Donaldson y Kymlicka, 2011). Es por esto que incluye diversas formas de activismo, desde la educación y la divulgación hasta la incidencia política y la acción directa. En este marco, el veganismo puede volver a hallar convergencia con otros movimientos, como los de justicia alimentaria, derechos de los animales o transición ecológica, contribuyendo a replantear cuestiones fundamentales sobre el lugar de los seres humanos en el mundo y las condiciones de una convivencia más justa entre especies. Su creciente visibilidad en el debate público parece reflejar cambios en la sensibilidad moral contemporánea, así como tensiones persistentes entre diferentes modelos de vida, producción y consumo. 

Bibliografía: 

Aaltola, E. (2012). Animal suffering: Philosophy and culture. Palgrave Macmillan. 

Adams, C. J. (1990). The sexual politics of meat: A feminist-vegetarian critical theory. Bloomsbury. 

Donaldson, S. & Kymlicka, W. (2011). Zoopolis: A political theory of animal rights. Oxford University Press. 

Donovan, J. & Adams, C. J. (Eds.). (2007). The feminist care tradition in animal ethics: A reader. Columbia University Press. 

Fischer, B. (2019). The ethics of eating animals: Usually bad, sometimes wrong, often permissible. Routledge. 

Francione, G. L. (2008). Animals as persons: Essays on the abolition of animal exploitation. Columbia University Press. 

Garner, R. (2013). A theory of justice for animals: Animal rights in a nonideal world. Oxford University Press. 

Gruen, L. (2015). Entangled empathy: An alternative ethic for our relationships with animals. Lantern Books. 

Horta, O. (2010). What is speciesism? Journal of Agricultural and Environmental Ethics, 23(3), 243–266. https://doi.org/10.1007/s10806-009-9205-2. 

Joy, M. (2013). Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas: una introducción al carnismo. Plaza y Valdés. 

Pelluchon, C. (2018). Manifiesto animalista. Politizar la causa animal. Reservoir Books. 

Regan, T. (2004). The case for animal rights. University of California Press. 

Sebo, J. (2023). Kantianism for humans, utilitarianism for nonhumans? Yes and no. Philosophical Studies,180: 1211–1230. https://doi.org/10.1007/s11098-022-01835-0. 

Singer, P. (2015). Animal liberation (Updated ed.). HarperCollins. 

Tafalla, M. (2022). Filosofía ante la crisis ecológica. Una propuesta de convivencia con las demás especies: decrecimiento, veganismo y rewilding. Plaza y Valdés. 

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