Rewilding
Cristian Moyano-Fernández
El rewilding designa un conjunto de ideas y prácticas que, más que constituir un modelo cerrado de gestión de la naturaleza, remiten a una reconsideración de las relaciones entre seres humanos y procesos ecológicos no humanos. Su interés no reside únicamente en la restauración de áreas degradadas y determinados estados ecosistémicos (véase Restauración de ecosistemas), sino en la reconfiguración de la agencia ecológica, entendida como la capacidad de los sistemas naturales para desplegar dinámicas autónomas en condiciones de menor control humano. En este sentido, el rewilding no se limita a un problema técnico de conservación, sino que introduce una dimensión filosófica relativa a qué se entiende por naturaleza “activa” o “autónoma”, y hasta qué punto es posible o deseable reorientar las formas de intervención humana hacia la facilitación de procesos más que hacia su control directo (Lorimer et al., 2015; Gammon, 2018).
En Europa, algunos de los ejemplos más conocidos incluyen proyectos desarrollados en los Cárpatos rumanos, el delta del Danubio, los Apeninos italianos, el valle del Côa portugués o las Highlands escocesas, donde se han limitado determinadas infraestructuras, actividades y usos extractivos, y se han impulsado medidas para regenerar la conectividad ecológica y las poblaciones de ingenieros ecosistémicos como el bisonte europeo, el castor o los buitres, además de fomentar la coexistencia con los grandes carnívoros. En España, una de las iniciativas más representativas es la impulsada por Rewilding Spain, que promueve la restauración de procesos ecológicos mediante la recuperación de procesos de herbivoría, gracias a la reintroducción de caballos o bovinos asilvestrados, y el apoyo a modelos de economía local sostenible y de ecoturismo. Junto a estos proyectos de gran escala, también han surgido experiencias más modestas de rewilding en ciudades, como la renaturalización del río Manzanares en Madrid tras la apertura de las compuertas de varias presas, que permitió la recuperación espontánea de vegetación ribereña y el retorno de numerosas especies de aves, peces y otros organismos. Estos casos ilustran cómo el rewilding adopta formas adaptadas a contextos ecológicos y sociales muy diversos.
El término surgió en el ámbito de la biología de la conservación a finales del siglo XX, especialmente en Norteamérica, donde se propuso recuperar tres ingredientes clave para hacer revertir la crisis de biodiversidad: grandes áreas protegidas donde se limiten las presiones humanas y sus actividades extractivas, grandes carnívoros para que ejerzan un control trófico sobre las poblaciones de herbívoros silvestres y corredores ecológicos para facilitar el desplazamiento de los animales. Sin embargo, la comprensión y aplicación del término rewilding ha fluctuado, ya que, por ejemplo, el modelo americano de restringir parques nacionales y reservas extensas ha sido muy criticado desde la justicia ambiental o su énfasis por reintroducir depredadores apicales (aquellos que no tienen un depredador natural) no ha resultado tan pertinente en Europa o en sistemas insulares (Moyano-Fernández, 2025). Su significado contemporáneo es el resultado de una expansión conceptual que incorpora aportaciones de la ecología del paisaje, la filosofía ambiental y la ecología política (véase Ecologismo), entre otras disciplinas. En la literatura reciente, el rewilding se define de forma amplia como una estrategia orientada a recuperar procesos ecológicos y funcionales en sistemas degradados, más que a reconstruir estados históricos concretos de la naturaleza (Mutillod et al., 2024; Soulé y Noss, 1998). Esta diferencia es relevante, ya que desplaza el foco desde la conservación de “estados” hacia la restauración de dinámicas, flujos y relaciones ecológicas.
Desde esta perspectiva, el rewilding se apoya en la idea de que muchos ecosistemas contemporáneos están funcionalmente empobrecidos debido a la pérdida de especies clave, especialmente grandes vertebrados, lo que afecta a procesos como la depredación, la dispersión de semillas o la heterogeneidad del paisaje. Sin embargo, la centralidad de estas especies no debe entenderse únicamente en términos taxonómicos, sino como parte de redes ecológicas complejas donde ciertas especies actúan como reguladores sistémicos. Estudios recientes han subrayado precisamente el carácter relacional del rewilding, entendiendo la conservación no como preservación de entidades aisladas, sino como mantenimiento de interacciones ecológicas (Carver et al., 2021; Schulte et al., 2022).
El rewilding se sitúa, no obstante, en una tensión estructural entre intervención y no intervención. Aunque suele presentarse como una estrategia de reducción del control humano (véase Modelos de gestión de la naturaleza), en la práctica requiere intervenciones iniciales significativas, como reintroducir especies, eliminar infraestructuras humanas o aplicar cambios en los usos del suelo. Esta aparente paradoja ha sido ampliamente discutida en la literatura reciente, donde se ha señalado que el rewilding no elimina por completo la intervención humana, sino que la mitiga y reorienta hacia la creación de condiciones para la autoorganización ecológica (Jørgensen, 2015; Lorimer et al., 2015) (véase Agencia ecológica).
Tal cuestión resulta especialmente visible en la gestión de especies exóticas invasoras. Aunque algunos enfoques de rewilding enfatizan minimizar la intervención humana como principal medida preventiva, cuando ya existen especies introducidas que alteran significativamente los procesos ecológicos puede quedar justificado llevar a cabo actuaciones de control por medio de intervenciones no letales (como la esterilización o la captura y relocalización) o soluciones basadas en la naturaleza. En este último caso, por ejemplo, a menudo se propone la recuperación de los depredadores naturales de dichas especies a fin de mitigar su población. Sin embargo, tal práctica no queda exenta de polémica, ya que en tanto que para el rewilding los efectos ecológicos y relacionales de las especies importan más que su origen evolutivo o geográfico, esto puede dar lugar a que la dicotomía nativo-exótico sea irrelevante para determinar qué depredadores naturales se van a favorecer para atenuar las invasiones.
Relacionado con esto, un aspecto central del debate contemporáneo es la noción de “naturaleza” que presupone el rewilding. Mientras algunas formulaciones siguen vinculadas a la idea de wilderness o naturaleza no intervenida, otras corrientes postnaturalistas han criticado esta distinción por considerarla ontológicamente inestable en el contexto del Antropoceno, donde prácticamente ningún ecosistema está libre de influencia humana (Arias, 2024). Habida cuenta de esta hibridación ontológica (véase Naturalismo), el rewilding no restauraría ninguna naturaleza original, sino que produciría nuevas configuraciones socioecológicas que desafían la dicotomía entre naturaleza y cultura y apuntan a recuperar la autonomía de lo salvaje o wildness (De Vroey y Obst, 2025; Moyano-Fernández, 2025).
En paralelo, el rewilding ha sido objeto de discusión desde una perspectiva social y política. La reintroducción de especies y la reconfiguración de paisajes pueden generar conflictos con actividades humanas como la ganadería o la agricultura, así como con formas de vida rurales y prácticas culturales locales. Esto ha llevado a que algunos enfoques incorporen explícitamente dimensiones de justicia socioecológica y participación local, subrayando que el rewilding no es solo una transformación ecológica, sino también una redistribución del poder en los usos del territorio para mantener una convivencia multiespecie (Carver et al., 2021; Derham et al., 2025; Schulte et al., 2022).
Otro eje relevante del debate contemporáneo se refiere a la pluralidad de enfoques dentro del propio rewilding. En la literatura reciente se distinguen formas se distinguen formas de rewilding pasivo, que priorizan la reducción de la intervención humana para garantizar la regeneración espontánea de los ecosistemas, y activo o trófico, que implica actuaciones más dirigidas como la reintroducción de especies clave. También se diferencian propuestas holocénicas, orientadas a restaurar comunidades y procesos ecológicos históricamente más recientes, y pleistocénicas, que buscan recuperar una naturaleza salvaje que se remonta a más de 12.000 años. A ello se suman modalidades adaptadas a distintos contextos territoriales, como el rewilding urbano, agrícola o marino (Palau, 2020). Esta diversidad ha llevado a algunos autores a describir el término como un “paraguas conceptual” más que como una categoría unívoca (Gammon, 2018; Mutillod et al., 2024). Esta plasticidad ha sido criticada por su ambigüedad (Jørgensen, 2015), pero también defendida por su capacidad de integrar prácticas diversas bajo un marco común orientado a la recuperación de procesos ecológicos y vida salvaje (Moyano-Fernández, 2025).
Dicha pluralidad semántica y metodológica nutre una doble dimensión ética que estructura buena parte de los debates contemporáneos. Por un lado, una ética de carácter funcionalista, que valora el éxito del rewilding en la medida en que contribuye eficientemente a la restauración de procesos ecológicos considerados deseables. Desde este punto de vista, este se justifica por sus efectos en la mejora de la estabilidad, la complejidad, la resiliencia o la integridad funcional de los sistemas naturales. Por otro lado, coexiste una ética centrada en la autonomía de la naturaleza no humana (véanse Agencia animal, Agencia ecológica y Agencia vegetal), que subraya el valor de reducir la dependencia de la gestión antropogénica y de favorecer la capacidad de los sistemas ecológicos y las especies silvestres para autorregularse y desplegar dinámicas propias. Esta segunda orientación introduce una dimensión normativa distinta, en la medida en que no evalúa únicamente resultados funcionales, sino también el grado de libertad ecológica que se concede a los seres no humanos. La tensión entre ambas perspectivas atraviesa la comprensión que se tiene hoy del rewilding y explica parte de sus ambigüedades conceptuales, ya que una mayor eficiencia funcional no siempre coincide con una mayor autonomía ecológica, tal y como pueden ilustrar proyectos recientes de desextinción mediante ingeniería genética o de reeemplazo de especies por robots dirigidos por inteligencia artificial para asistir en procesos naturales (véase Ecomodernismo) (Moyano-Fernández, 2022).
Esta dualidad se traduce directamente en el debate clásico entre intervención (o hands-on) y no intervención (o hands-off), aunque reformulado en términos más complejos que una simple oposición binaria. En lugar de una disyuntiva entre actuar o no actuar, el rewilding desplaza la cuestión hacia el tipo, los medios, la intensidad, los efectos y la finalidad de la intervención. Así pues, esta contraposición no debe entenderse como una separación estricta, ya que en la práctica existe una notable porosidad entre ambos enfoques. De hecho, muchos proyectos de rewilding combinan estrategias de intervención activa en fases iniciales —como reintroducciones de especies, eliminación de infraestructuras o restauración de conectividad ecológica— con dinámicas de gestión más indirecta o de mínima intervención en fases posteriores (Vasile, 2024). Esta alternancia depende en gran medida del contexto ecológico, institucional y social de cada proyecto, lo que refuerza la idea de que el rewilding no constituye un modelo homogéneo, sino un conjunto flexible de prácticas adaptativas.
En conjunto, el rewilding puede entenderse como todo un movimiento original que articula ciencia ecológica, filosofía ambiental y política de la naturaleza. Su relevancia contemporánea no reside únicamente en sus aplicaciones para gestionar la biodiversidad, sino en su capacidad para reabrir preguntas fundamentales sobre la relación entre humanos y otros seres vivos, la definición de lo natural o lo salvaje y los límites de la intervención humana. En este sentido, el rewilding tampoco describe solo un conjunto de prácticas de conservación biológica o de restauración ecológica, sino que funciona como un dispositivo conceptual que redefine las categorías mismas con las que se piensa la naturaleza en la actualidad. Así pues, su joven recorrido aportando evidencias empíricas dentro de la literatura científica (Hart et al., 2023) queda complementado por sus múltiples contribuciones provocadoras en el terreno teórico y político.
Bibliografía:
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De Vroey, L. & Obst, A. R. (2025). Wilderness values in rewilding: Transatlantic perspectives. Environmental Values, 34(3). https://doi.org/10.1177/09632719241305719.
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Lorimer, J., Sandom, C., Jepson, P., Doughty, C., Barua, M. & Kirby, K. J. (2015). Rewilding: Science, practice, and politics. Annual Review of Environment and Resources, 40: 39–62. https://doi.org/10.1146/annurev-environ-102014-021406.
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Mutillod, C., Buisson, É., Mahy, G., Jaunatre, R., Bullock, J. M., Tatin, L. & Dutoit, T. (2024). Ecological restoration and rewilding. Biological Reviews, 99(3), 820–836. https://doi.org/10.1111/brv.13046.
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Schulte to Bühne, H., Pettorelli, N. & Hoffmann, M. (2022). The policy consequences of defining rewilding. Ambio, 51, 93–102. https://doi.org/10.1007/s13280-021-01560-8.
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