Agencia animal

Pablo Verde Ortega

El pensamiento y las ciencias occidentales no se caracterizan por su amabilidad hacia el reino animal. Sin necesidad de recurrir a las duras opiniones de Descartes y otros autores canónicos sobre los animales, podemos ver en tiempos mucho más recientes cómo desde la biología, la psicología o la filosofía se han ofrecido imágenes simplificadoras, cuando no mecánicas (véase Mecanicismo), de los animales y sus comportamientos. Sin embargo, en las últimas décadas la etología ha puesto sobre la mesa otro relato en el que los animales estarían dotados de agencia, entendida como la capacidad para actuar e intervenir en el mundo. 

En esta entrada se explorará en qué sentido podemos afirmar que los animales son agentes y para ello partiremos de definiciones de agencia estrictamente biológicas (Okasha, 2023). Así pues, excluimos otras nociones de agencia como derivadas de la teoría del actor-red, no porque carezcan de interés o valor teórico, sino porque son demasiado amplias y dicen poco acerca de las especificidades (biológicas) de los animales y su potencial agencia. 

Asimismo, conviene apostillar que, si ya entraña dificultades hacer una entrada de agencia vegetal, sin atender a la diversidad interna del reino Plantae, más complicado aún es reducir la variedad masiva del reino animal en una sola entrada que por fuerza será simplificadora. Más si cabe cuando la mayoría de los estudios sobre agencia animal se han realizado con mamíferos y aves. Los estudios acerca de la agencia de animales más alejados al ser humano son mucho más escasos. Por ello, sería tal vez más apropiado titular la entrada “algunas agencias de algunos animales”, aunque trataremos de abarcar el máximo número de estudios y realidades animales posibles. 

“Agencia” se dice de muchos modos y con diferentes grados de profundidad, por lo que en esta entrada distinguiremos tres niveles de agencia, de menor a mayor complejidad: 

  1. Agencia en sentido mínimo. 
  1. Agencia conductual o inteligente. 
  1. Agencia (o subjetividad) moral. 

La agencia en sentido mínimo hace referencia al hecho de que a los organismos no solo les pasan cosas, sino que hacen cosas, aunque sea a un nivel reflejo e instintivo (esta definición es derivada de Dretske, 1991). Resulta intuitivo atribuir este nivel de agencia a todos los animales, ya que, en calidad de seres vivos, realizan al menos las acciones metabólicas (ingesta, digestión, reproducción) que se pueden considerar “agencia mínima”. Son ellos quienes las llevan a cabo por sus propios medios internos y no fuerzas externas las que hacen que ocurran. En rigor, algunas entidades no biológicas (como tecnologías avanzadas) pueden contar como agentes de este tipo y ni siquiera la mayoría de los escépticos de las capacidades animales negarían que son agentes en este nivel básico. 

La agencia conductual/inteligente es aquella que va más allá del nivel reflejo o instintivo que damos por hecho en cualquier organismo biológico. Implica que el actuar en el mundo se caracterice por algún tipo de flexibilidad conductual, esté orientado a fines y se base en la percepción adaptable del entorno que incluya procesos fiables de adquisición, procesamiento e integración de información (Humphreys, 1979).  

Está bastante contrastada por las últimas décadas de la etología en un rango amplio de especies. Concha Mateos (2016) realiza una síntesis exhaustiva de la capacidad de percepción y atención, memoria y aprendizaje, razonamiento causal e inferencial en mamíferos y aves (su escrito versa sobre cognición animal, pero todos los estudios que cita se realizan con mamíferos y aves, por lo que es necesario acotar para evitar generalizaciones que empíricamente no se siguen de sus fuentes). 

Fuera del filo de los cordados, también los cefalópodos demuestran habilidades cognitivas, como el aprendizaje espacial o la planificación anticipativa de tácticas de caza (Hunt, 2017). Podríamos hallar vestigios cognitivos, más en concreto aprendizaje asociativo, hasta en taxones tan alejados como los cnidarios (Cheng, 2021). A su vez, cabe mencionar la inteligencia colectiva o de enjambre de algunos insectos como un caso de agencia inteligente (Garnier et al., 2007), en este caso distribuida o grupal y no restringida a individuos ontogenéticos.  

Por último, llegamos a la agencia moral, que requeriría que los animales tuviesen algún sentido de lo justo y lo injusto y de la empatía, así como entramados de reglas a nivel colectivo. Lo que está en juego es la posibilidad de que los animales actúen con motivaciones que podríamos considerar normativas. Para ello debemos partir de una noción de normatividad y moralidad lo menos intelectualizada posible (Rowlands y Monsó, 2017): no hace falta un complejo ejercicio metacognitivo acerca de una motivación para estar motivado/a a hacer algo ni filosofar sobre los usos y costumbres de una comunidad para adaptarse a los mismos. Y esto es válido también para el ser humano: si estamos en un círculo social, solemos respetar sus códigos o recibimos corrección o castigo por no cumplirlos, lo mismo practicando un deporte o un ritual, pero rara vez cuestionamos explícitamente la existencia o las razones de dichos códigos o reflexionamos sobre ellos. 

Más allá de la discusión terminológica, hay evidencias recientes desde la etología que apoyan la tesis de que al menos algunos animales son agentes morales. Monsó y coautoras (2018, p. 284) realizan una significativa recopilación bibliográfica sobre diferentes conductas morales identificadas en animales de varias especies. Estas van desde comportamientos altruistas y de ayuda en ratas, palomas y primates hasta actitudes de consolación y empatía ante momentos de angustia en primates, cánidos, córvidos, elefantes, periquitos o en ratones de campo, pasando por episodios de aversión a la inequidad (lo que revelaría algún sentido de lo justo y lo injusto) en chimpancés, monos de distintas especies, perros y ratas.   

En lo tocante al seguimiento de reglas grupales, Monsó y Andrews (2022) hacen entre las páginas 32 y 37 de su artículo sobre la psicología moral de los animales una exhaustiva síntesis de comportamientos en chimpancés y otros primates de los que se podría desprender esta capacidad colectiva: rechazo del infanticidio, apoyo mutuo, protocolos para anunciar entre los miembros de un grupo el hallazgo de comida, rituales de apareamiento, adaptación a los usos de otros grupos por parte de individuos “migrantes”, convenciones arbitrarias, preferencia por el grupo propio… Vincent y coautoras (2019) hacen un repaso similar tanto en chimpancés como en delfines, que puede encontrarse a partir de la página 28 de su texto. 

En este último nivel de agencia, las investigaciones están centradas en vertebrados y especialmente en mamíferos, por lo que difícilmente se pueden extender más allá. Convendrá seguir investigando para analizar si en otros taxones del reino animal también se puede hallar agencia o subjetividad moral en los términos aquí esbozados. 

Actualmente resulta poco controvertido afirmar que los animales son agentes en el primer y el segundo sentido. Sí puede ser más contencioso hablar de agencia en el tercer sentido. En cualquiera de los casos, la polémica que late de fondo es el viejo debate etológico del antropomorfismo: ¿hasta qué punto es científicamente válido atribuir cualidades que considerábamos exclusivamente humanas a otras especies? ¿No estaremos proyectando nuestros sesgos antropocéntricos y malinterpretando las evidencias cuando tal vez sería mejor describirlas con términos menos cargados? (Scotto, 2024) (véase Antropoceno). 

Este riesgo es real y cualquier científica o filósofa interesada en el comportamiento animal debe tenerlo presente. Ahora bien, también existe el riesgo contrario, la antroponegación (de Waal. 1999), es decir, el rechazo a emplear términos humanos para conductas o capacidades animales a pesar de contar con evidencias que permitirían la analogía. Ambas actitudes llevadas al extremo pueden suponer un lastre, por lo que es adecuado evitarlas por igual. 

La postura que se defiende en esta entrada es que actualmente hemos recabado evidencias suficientes como para poder hablar de agencia animal en los tres niveles que previamente se han señalado sin caer en un antropomorfismo ilusorio (aunque el grado de agencia concreto dependerá de cada especie; no todos los animales tienen la misma agencia). Así y todo, la evidencia nunca es independiente y es filtrada y contextualizada por el marco teórico de quien investiga. Por ello, no solo hemos de valorar la cantidad de evidencias aportadas, sino la calidad de las teorías o hipótesis en las cuales se enmarcan. 

Una manera de hacerlo es respondiendo a la pregunta que Despret (2018) plantea al respecto de cualquier teoría (ella lo hace aportando al debate sobre si los chimpancés tienen sentido del luto): “¿a qué nos compromete?” (p. 184). En el caso de las teorías de la agencia animal, nos comprometen con investigaciones y experimentos que se toman a los animales estudiados en serio, velan por su bienestar y se esfuerzan por no embrutecerlos. De aquí resultan propuestas científicas que permiten “crear, volver perceptibles, relaciones que los otros términos acallaban, o a las cuales les daban otro sentido” (p. 191). Es decir, ofrecen visiones más complejas de los animales que han promovido aportes novedosos desde las humanidades ecológicas

La concepción de los animales como agentes amplía el rango de lo posible las relaciones animal-humano. No es solo que se rechace la visión mecanicista que permite cualquier maltrato o uso instrumental de los animales, sino que cabe ir incluso más allá del discurso animalista tradicional. Este interpreta a los animales como seres sintientes cuyo sufrimiento y muerte debemos evitar, pero sigue relegándolos a una posición pasiva (el término utilizado para referirse a ellos es de hecho “pacientes morales”). Corremos el riesgo de reducir el horizonte a la dualidad “dañar-no dañar”, que depende unilateralmente de la voluntad humana. 

Por ello, en adición al animalismo clásico han surgido propuestas que nos instan a “devenir con” (Haraway, 2008) los animales con el fin de visibilizar y llegado el caso aumentar el variado rango de actividades que los seres humanos podemos llevar a cabo junto a los animales en calidad de agentes. Actividades que van desde lo laboral (perros y humanos pastoreando un rebaño) hasta lo afectivo (animales como amigos o miembros de la familia), pasando por lo recreativo (espectáculos circenses con animales, a veces en condiciones de maltrato) o lo creativo (Ortiz Robles, 2016 nos invita a considerar a los animales como agentes que han participado, a su manera, en la escritura de muchas obras literarias humanas). 

En conclusión, los distintos niveles de agencia animal no solo resultan plausibles desde un punto de vista científico, sino también deseables desde un prisma normativo y muy fértiles para las humanidades ecológicas. 

Bibliografía: 

Cheng, K. (2021). Learning in Cnidaria: A systematic review. Learning & Behavior, 49, 175–189. https://doi.org/10.3758/s13420-020-00452-3  

Despret, V. (2018). ¿Qué dirían los animales… si les hiciéramos las preguntas correctas? Cactus.  

Dretske, F. (1991). Explaining Behavior: Reasons in a World of Causes. MIT University Press. 

Garnier, S., Gautrais, J. & Theraulaz, G. (2007). The biological principles of swarm intelligence. Swarm Intelligence, 1, 3–31. https://doi.org/10.1007/s11721-007-0004-y  

Haraway, D. (2008). When species meet. University of Minnesota Press.  

Humphreys, L. G. (1979). The construct of general intelligenceIntelligence 3(2), 105–120. doi:10.1016/0160-2896(79)90009-6 

Hunt, E. (28 March, 2017). Alien intelligence: the extraordinary minds of octopuses and other cephalopods. The Guardian. Extraído de:  

https://www.theguardian.com/environment/2017/mar/28/alien-intelligence-the-extraordinary-minds-of-octopuses-and-other-cephalopods

Mateos, C. (2016). Cognición animal: un nuevo enfoque sobre los mecanismos del comportamiento. En J. F. Carranza Almansa (Coord.)Etología adaptativa: el comportamiento como producto de la selección natural (pp. 545-580). UCOPress. 

Monsó, S., Benz-Schwarzburg, J. & Bremhorst, A. (2018).  Animal Morality: What It Means and Why It Matters. Journal of Ethics, 22, 283–310. https://doi.org/10.1007/s10892-018-9275-3  

Monsó, S. & Andrews, K. (2022). Animal moral psychologies. En M. Vargas & J. Doris (Eds.), The Oxford Handbook of Moral Psychology. Oxford University Press 

Okasha, S. (2023). The concept of agent in biology: motivations and meanings. Biological theory, 19, 6-10. https://doi.org/10.1007/s13752-023-00439-z 

Rowlands, M. & Monsó, S. (2017). Animals as Reflexive Thinkers: The Aponoian Paradigm. En L. Kalof (Ed.), The Oxford Handbook of Animal Studies (pp. 320-339). Oxford University Press. 

Scotto, C. (2024). The Anthropocentric Bias in Animal Cognition. ArtefaCToS. Revista de estudios sobre la ciencia y la tecnología, 13(1), 85-116. 

Ortiz Robles, M. (2016). Literature and Animal Studies. Routledge. 

Vincent, S., Ring, R. & Andrews, K. (2019). Normative Practices of Other Animals. En A. Zimmerman, K. Jones, & M. Timmons (Eds.), The Routledge Handbook of Moral Epistemology. Routledge. 

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