Humanidades ecológicas
Carmen Madorrán y Jorge Riechmann
La crisis ecológica resulta inabordable sin atender a sus dimensiones culturales, sociales y políticas: de hecho, por eso resulta más adecuado hablar siempre de crisis ecológico-social o ecosocial. El choque con los límites biofísicos de nuestro planeta en ningún caso puede ser pensado como una suma de meras perturbaciones atmosféricas (crisis climática), energéticas (pico de los combustibles fósiles) o ecosistémicas (pérdida de biodiversidad) ajena a los asuntos humanos que la envuelven y la conforman. Más bien, la crisis ecológica es un fenómeno social, cultural y político que se manifiesta, entre otras aristas, atmosférica, energética y ecosistémicamente.
En efecto, la crisis ecológica la origina un determinando modo de producción históricamente concreto (véase capitalismo y crisis ecosocial); tiene impactos extremadamente diferenciados en función de variables sociales; su trayectoria se gestiona desde relaciones de poder históricamente heredadas que sirven a intereses y valores enfrentados; la conocemos por procedimientos científicos que no son ajenos a influencias sociales y nos la representamos mediante dispositivos culturales situados que, de modo consciente o inconsciente, participan de agendas ideológicas y prefiguran modos de afrontarla. Por ello, insistimos en que resulta mucho más exacto, para referirse a esta compleja y poliédrica disrupción que marca como ninguna otra nuestro presente, hablar de crisis socioecológica o ecosocial: el verdadero “tema de nuestro tiempo” (Riechmann, 2017; Santiago Muíño, 2022).
A partir de esta verdad tan esencial como infravalorada en nuestra esfera pública, desde las humanidades y las ciencias sociales ha tenido lugar, en las últimas décadas, una auténtica explosión de interés académico por contribuir a estos debates. Como definición general, sugiere Joni Adamson, el término humanidades ambientales “abarca aquellos estudios filosóficos, estéticos, religiosos, literarios y audiovisuales basados en las investigaciones más recientes en ciencias naturales y sostenibilidad” (Adamson, 2018, p. 18).
Se puede rastrear la institucionalización académica de las humanidades ambientales en EE. UU. a partir de los años setenta, con la fundación de la American Society of Environmental History. La bióloga, socióloga y ecologista Hana Librova fue acaso quien primero usó el término de humanidades ambientales en 1998 (en el título de un curso que ofreció en la República Checa). Desde entonces, numerosos másteres y programas de posgrado van afianzando este campo de estudio interdisciplinar, de la mano de varias publicaciones académicas que contribuyen a dibujar los contornos y posibilidades de este enfoque.
De los muchos rótulos que han aspirado a servir de paraguas para este campo de estudios emergente, en un conocido artículo Serpil Oppermann y Serenella Iovino se adscribieron al término, ya en circulación en su momento, de “humanidades ambientales”, ayudando a consolidarlo. Y en el volumen recopilatorio que organizaron en 2016 apuntaban con estas palabras su sentido y justificación:
“Los urgentes problemas medioambientales, que abarcan desde lo geológico hasta lo biológico, son también, en esencia, cuestiones sociales y culturales profundamente entrelazadas con las agendas económicas y políticas, y por lo tanto exigen soluciones en múltiples dimensiones. Estas dimensiones incluyen la construcción de nuevos imaginarios medioambientales, la formulación de nuevas prácticas discursivas y la introducción de cambios en las estructuras económicas y políticas” (Oppermann e Iovino, 2016, p. 3).
En nuestro país, se organizó un Primer Congreso de Humanidades Ambientales en la Universidad de Alcalá (3 al 6 de julio de 2018) y un Primer Congreso Internacional de Humanidades Ecológicas en la Universidad Autónoma de Madrid (22 a 24 de mayo de 2023).
De este modo, las humanidades ambientales son un campo emergente de reflexión y conocimiento interdisciplinar. Su punto de partida es la preocupación por la crisis ecosocial en un diagnóstico complejo que conecta procesos naturales, socioeconómicos, culturales y morales. Esa interconexión entre estructuras, procesos y representaciones culturales otorga un espacio privilegiado a las humanidades y las ciencias sociales para comprender los distintos vectores de esta crisis de civilización y para la necesaria reflexión sobre las alternativas. Las humanidades y ciencias sociales tratan de comprender no sólo ese comportamiento sino también las interpretaciones y representaciones humanas del mundo y de nosotros mismos. En esa línea, el interés de las humanidades ambientales y/o ecológicas (enseguida estableceremos una distinción conceptual) está en los seres humanos (tanto individual como colectivamente) y en nuestras motivaciones y acciones: desde nuestra historia, cultura, religión y economía hasta el sistema legal, las artes, la música, la filosofía, la literatura…
Emilio Santiago Muíño ha recogido ciertas líneas maestras que delimitan un terreno compartido por casi todas las propuestas de las humanidades ambientales y/o ecológicas:
1. Reivindicación del peso del factor humano en la crisis socioecológica y, por ende, del papel insustituible de las humanidades (y las ciencias sociales) en los debates que suscita.
2. Crítica al cartesianismo moderno, buscando superar las ontologías que dividen la realidad en dos reinos enfrentados (naturaleza/ cultura) para complejizar ambos polos en un continuo (véase naturalismo).
3. Fin del excepcionalismo humano, esto es, de la tendencia a pensar los asuntos sociales como si pudieran darse al margen de lo que ha sido llamado tradicionalmente naturaleza.
4. En coherencia con lo anterior, ruptura con el antropocentrismo, buscando ampliar la comunidad de alianzas e intereses compartidos con otras especies.
5. Énfasis en los vínculos de interdependencia y ecodependencia como elemento constitutivo de la red de la vida.
6. Reconocimiento de la importancia central de los imaginarios culturales y sus narrativas como vectores de conformación de nuestra experiencia socioecológica.
7. Llamada a la transdisciplinariedad y el diálogo de saberes como corazón metodológico de la propuesta (Santiago Muíño, 2023).
Resulta de mucho interés el enfoque de tres investigadores alemanes que publican en la revista GAIA y que cabría sintetizar así: 1) Analizar y reconstruir los cambios ecológicos provocados por los seres humanos. 2) Analizar las representaciones culturales del cambio ecológico y su impacto. 3) Analizar y reconstruir los criterios y normas con que nos relacionamos con los ecosistemas. 4) Una disciplina inherentemente autorreflexiva. 5) Que aboga por una cooperación interdisciplinar con las ciencias naturales. 6) Y reconoce la aportación fundamental de las artes para abordar la comprensión humana de las cuestiones ecológicas (Schmidt et al., 2020).
Dentro de la amplia corriente de las humanidades ambientales, el concepto de humanidades ecológicas busca acotar un ámbito de reflexión más específico que asume tres líneas de trabajo relativamente diferenciales: una preocupación centrada en los patrones culturales de sostenibilidad, una atención a la importancia de la estética y la producción visual en los procesos de transición ecosocial (véase estética ecológica) y un acento claro en las posibilidades que, para la ética ecológica en particular y para un nuevo paradigma cultural en general, ofrecen marcos como el de la teoría Gaia, con su distanciamiento radical de categorías antropocéntricas y su acento fuerte en el peso ontológico de la idea de simbiosis (Albelda et al., 2023). Lo cual permitiría reintegrar los sistemas humanos en los sistemas naturales, facilitando un «nuevo humanismo no antropocéntrico, sino más bien “gaiacéntrico”” (Riechmann, 2025). Todo ello en un marco diagnóstico que considera la crisis ecológica como un asunto mucho más disruptivo y apremiante de lo que suele ser común en las humanidades ambientales.
Si bien es cierto que desde este campo se valoran los avances de las humanidades ambientales, habitualmente quienes defienden las humanidades ecológicas ven necesario un enfoque más ambicioso. Ello implica rechazar el desarrollo sostenible de los ODS de las NN.UU., así como el antropocentrismo y el capitalismo verde, tan defendidos por las administraciones gubernamentales. A su vez, implica la práctica de una inter- y transdisciplinariedad basada en una “base sólida de realismo termodinámico, geológico y ecológico (realismo que en la cultura dominante brilla por su ausencia)” (Riechmann, 2025). Este realismo considera los “límites biosféricos y entrópicos” para conseguir una civilización en equilibrio con los ecosistemas». Así, aunque las humanidades ecológicas toman consciencia de los obstáculos del presente y tienen en cuenta “la situación de emergencia ecológico-social (no sólo emergencia climática) y las perspectivas de colapso civilizatorio” (Riechmann, 2025) (véase colapso ecosocial), no se ven amedrentadas por ello:
“Pero no podemos tirar la toalla: aunque la posibilidad de un decrecimiento igualitario, consciente y rápido resulta remota (habida cuenta de las relaciones de fuerza y las inercias sistémicas hoy existentes), creemos que sólo esa vía permitiría esquivar lo peor del curso catastrófico de los acontecimientos que hoy se ven venir.” (Riechmann, 2025).
En este sentido, las Humanidades ecológicas aportan visiones interdisciplinares que, en el marco de un diálogo constante con las ciencias naturales y sociales (aquí nos importa mucho la idea de una Tercera Cultura: Fernández Buey, 2013), permitan pensar las diferentes dimensiones de la crisis —filosóficas, éticas, políticas, estéticas, económicas, sociales y culturales— con el fin de abordar los difíciles pero necesarios procesos de transición hacia formas de organización social de verdad sustentables: una humanidad justa integrada en una biosfera próspera. Con la duda, aquí, sobre si la palabra “transición” resulta adecuada: pues de lo que se trataría, según sus proponentes, es de una metamorfosis revolucionaria.
En efecto, desde la teoría de sistemas se habla a veces de cómo a un sistema pueden afectarle dos clases de cambios: los cambios de tipo 1, que son modificaciones dentro del marco existente (cambio gradual e incremental), y los cambios de tipo 2 que alteran ese marco existente, la propia estructura del sistema y sus reglas de funcionamiento (cambio verdaderamente sistémico: una metamorfosis).
“La transformación natural de una oruga en mariposa es un ejemplo [de cambio de tipo 2]: la mariposa no es una oruga mejorada a través de algún ajuste, se trata de otra cosa, con otra estructura. Si tratamos de ajustar o mejorar una oruga, nunca llegaremos a una mariposa. No se obtiene un cambio de tipo 2 acumulando gradualmente cambios de tipo 1.” (Lievens, 2024, p. 100).
En líneas generales, pese a la disparidad natural de cualquier disciplina, las humanidades ecológicas entienden que este cambio constituye un radicalismo necesario, pues se lamentan de que, habida cuenta de las trayectorias de insostenibilidad y extralimitación de las sociedades industriales durante demasiado tiempo, el cambio de tipo 1 no sea suficiente. Hoy, afirman, sin cambio sistémico de tipo 2, el horizonte es verdaderamente tenebroso.
Preguntaron una vez a Freud qué debería estudiarse en una Facultad de Psicoanálisis (lo cuenta el analista Gabriel Rolón), y el médico y pensador vienés contestó: arquitectura, poesía, filosofía, literatura, religión… Es decir, las formas en que los seres humanos intentamos encontrar un sentido frente a la angustia del vacío existencial. Acaso podríamos resumir hoy: ¡Humanidades ecológicas! Las formas en que tratamos de averiguar cómo vivir en un mundo que padece una crisis de civilización profunda, con el objetivo de reinsertarnos en la biosfera, sobrellevar el dolor de vivir y dar una respuesta válida (siquiera para una misma) a la pregunta por el sentido de nuestra existencia.
Bibliografía:
Adamson, J. (2018). Las humanidades ambientales globales: ampliando la conversación, imaginando futuros alternativos. En J. Albelda, J. M. Parreño & J. M. Marrero Henríquez (Coords.), Humanidades ambientales. Pensamiento, arte y relatos para el Siglo de la Gran Prueba. Catarata.
Albelda, J., Arribas-Herguedas, F. & Madorrán, C. (Coords.). (2023). Humanidades ecológicas. Hacia un humanismo biosférico. Tirant Humanidades.
Fabry, G. & Luyckx, C. (Eds.). (2024). Écobiographies en Anthropocéne. Trajectoires d’enseignement et de recherche. Presses Universitaires de Louvain.
Fernández Buey, F. (2013). Para la Tercera Cultura. Ensayos sobre Ciencias y Humanidades. El Viejo Topo.
Lievens, L. (2024). Quand chercher et enseigner nécessitent de muter et alerter. En G. Fabry & C. Luyckx (Eds.), Écobiographies en Anthropocéne. Trajectoires d’enseignement et de recherche. Presses Universitaires de Louvain.
Oppermann, S. & Iovino, S. (Coords.) (2016). Environmental Humanities: Voices from the Anthropocene. Rowman and Littlefield International – Intersections.
Riechmann, J. (4 de septiembre, 2025). Sobre las humanidades ecológicas. Tratar de comprender, tratar de ayudar. https://tratarde.org/sobre-las-humanidades-ecologicas/
Santiago Muiño, E. (Coord.). (2022). El tema de nuestro tiempo. Pensamiento al margen, 18. https://pensamientoalmargen.com/18/00_PaM_tema_N-18_COMPLETO.pdf
Santiago Muíño, E. (2023). Humanidades ecológicas: nuevas perspectivas para un aterrizaje de emergencia. En J. Abelda, F. Arribas-Herguedas & C. Madorrán (Eds.), Humanidades ecológicas hacia un humanismo biosférico (pp. 17-31). Tirant lo Blanch.
Schmidt, M., Soentgen, J. & Zapf, H. (2020). Environmental humanities: an emerging field of transdisciplinary research. GAIA 29/4, 225 – 229. https://doi.org/10.14512/gaia.29.4.6