Ética del cuidado

Matilde Rey Aramendía 

La ética del cuidado es un enfoque desarrollado en el marco de la filosofía feminista que propone situar el cuidado en el centro de la reflexión moral a partir del reconocimiento de que los seres humanos son vulnerables e interdependientes, tanto entre sí como respecto del entorno que les rodea. Este enfoque surge como una crítica a las teorías morales dominantes en la tradición occidental, especialmente a aquellas que priorizan la autonomía individual, la imparcialidad y la aplicación de principios universalizables de justicia al razonamiento moral.  

El punto de partida de este enfoque suele situarse en el trabajo de la filósofa y psicóloga estadounidense Carol Gilligan. En su obra In a Different Voice: Psychological Theory and Women’s Development (1982), cuestionó el modelo de desarrollo moral propuesto por el psicólogo Lawrence Kohlberg, quien en sus estudios interpretaba las respuestas morales de las mujeres como inmaduras o deficitarias respecto de un modelo por etapas construido desde experiencias masculinas. A partir de sus investigaciones, Gilligan sostuvo que muchas mujeres articulaban sus juicios morales atendiendo a otros aspectos, como las relaciones con los demás, las responsabilidades derivadas de esas relaciones y las situaciones concretas de vulnerabilidad. Esta forma de razonamiento moral, que identificó como una “voz diferente” de las mujeres, situaba el cuidado y la responsabilidad hacia los otros en el centro de los juicios morales. 

A partir de la obra de Gilligan, la ética del cuidado fue desarrollada como teoría moral por otras autoras como Nel Noddings, quien la concibió como una ética “esencialmente relacional” (2009, p. 41). Para Noddings (2005), dado que los seres humanos existen siempre en relación con otros, el cuidado y la atención a las necesidades ajenas constituyen dimensiones fundamentales de la vida. Desde esta perspectiva, la ética del cuidado debe articularse en torno a la responsabilidad concreta hacia las personas con las que mantenemos vínculos y cuyas necesidades reclaman nuestra atención y acción.  

El énfasis en las relaciones interpersonales y en la dimensión relacional del cuidado suscitó desde los inicios un debate sobre la relación entre cuidado y justicia. En este contexto, Seyla Benhabib (1992) defendió la necesidad de incorporar las relaciones de cuidado al ámbito de la teoría moral sin abandonar las pretensiones universalistas de la ética. En una línea similar, Virginia Held (2018) ha sostenido que las preocupaciones asociadas al cuidado y a la justicia remiten a dimensiones distintas, pero igualmente relevantes de la vida moral, por lo que una teoría moral adecuada debe ser capaz de integrar ambas perspectivas. 

Uno de los presupuestos básicos de la ética del cuidado es que la dependencia es un rasgo estructural de la existencia humana. Los seres humanos son vulnerables e interdependientes durante toda su vida, en formas y grados distintos según el momento y el contexto. Estas consideraciones tienen consecuencias directas para una teoría moral sobre el cuidado, pues afectan a la forma en que se concibe la autonomía: si esta es gradual y relacional, el cuidado debe ocupar un lugar central en la reflexión sobre la moral y la justicia.  

El reconocimiento de la interdependencia como rasgo intrínseco a la existencia humana llevó a cuestionar, por tanto, el ideal liberal de individuo independiente y autosuficiente. Eva Feder Kittay desarrolló, en esta línea, una teoría de la dependencia defendiendo que toda sociedad se sostiene sobre relaciones de cuidado y sobre el trabajo, frecuentemente invisibilizado y feminizado, de quienes atienden a personas dependientes. Así, Kittay (2020) puso el foco no solo en quienes requieren cuidados, sino también en quienes los proporcionan, introduciendo la idea de “dependencias anidadas” (nested dependencies) para referirse a la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran las personas cuidadoras debido a las cargas materiales y emocionales asociadas al cuidado.  

Por otra parte, la ética del cuidado también ha cuestionado la oposición tradicional entre razón y emoción. Si bien las teorías morales racionalistas tendían a identificar la imparcialidad y la abstracción como condiciones de un juicio moral plenamente desarrollado, la ética del cuidado ha defendido que las emociones también poseen valor moral y epistémico. Virginia Held (2018) ha sostenido que emociones como la confianza, la empatía o la preocupación ante las necesidades ajenas no son meros impulsos irracionales, sino que constituyen formas de atención que permiten comprender situaciones que, desde modelos puramente abstractos de razonamiento, resultan inaccesibles. Desde esta perspectiva, las emociones contribuyen a identificar necesidades, interpretar contextos y responder ante los otros. 

Estas discusiones contribuyeron a ampliar progresivamente el alcance de la ética del cuidado más allá del ámbito de las relaciones interpersonales hacia el plano político. Joan Tronto desempeñó un papel fundamental en esta reorientación, sosteniendo que el cuidado no debe entenderse únicamente como una disposición moral interpersonal, sino también como una práctica política estructurada por relaciones sociales de poder. Para Tronto (1987), una teoría feminista del cuidado debe abandonar la idea de que el cuidado es una disposición específicamente femenina y situar la crítica en un marco más amplio, atravesado también por relaciones de clase, raza y etnia. Así, el cuidado debe dejar de ser una cuestión privada para convertirse en un elemento central de la organización de la vida colectiva. Esta propuesta fue desarrollada en profundidad en Democracia y cuidado (2013), donde sostiene que las democracias contemporáneas padecen simultáneamente un déficit de cuidados y un déficit democrático. Según la autora, ambas cuestiones están estrechamente relacionadas, pues la organización social del cuidado condiciona quién puede participar en la vida colectiva y en qué condiciones. Una democracia plena exige, por tanto, redistribuir las responsabilidades del cuidado como cuestión política de primer orden (Tronto, 2013). Por su parte, Nancy Fraser ha argumentado que la crisis de los cuidados no es un déficit democrático cualquiera, pues responde a una contradicción estructural inherente al capitalismo (véase Capitalismo y crisis ecosocial): la reproducción social es una condición de posibilidad de la acumulación económica, pero la lógica del capital tiende a desestabilizar los procesos reproductivos de los que depende. De este modo, resolver la crisis de los cuidados exige, en última instancia, no solo redistribuir responsabilidades y dar reconocimiento, sino transformar el propio sistema económico que la produce (Fraser, 2016). 

En las últimas décadas, la reflexión política sobre el cuidado se ha ampliado más allá de las relaciones exclusivamente humanas, incorporando bajo su prisma la perspectiva ecosocial. Desde el ecofeminismo, autoras como Yayo Herrero han señalado que la dependencia humana posee una doble dimensión: los seres humanos son simultáneamente interdependientes (véase Interdependencia) pues necesitan de otras personas para sostener sus vidas, y ecodependientes (véase Ecodependencia), ya que dependen de los ecosistemas y de los límites biofísicos del planeta (Herrero, 2017). Desde esta perspectiva, la crisis ecológica y la crisis de los cuidados son inseparables, en la medida en que ambas derivan de formas de organización social y económica que ignoran la dependencia humana de los trabajos de cuidado y de los límites ecológicos del planeta. En El manifiesto de los cuidados, el Care Collective (2021) sostiene que responder a esta doble crisis exige reconfigurar los límites de quién o qué cuenta como objeto de cuidado, para lo que propone cultivar un “cosmopolitismo cotidiano” que abarque los ecosistemas, las formas de vida no humanas y las comunidades distantes, poniendo así en cuestión las fronteras (nacionales, culturales, y también aquellas que separan lo humano de lo no humano) y los particularismos que restringen nuestras responsabilidades de cuidado.  

Wendy Harcourt (2026) ha profundizado en esta línea destacando la importancia de situar el cuidado en el centro de las relaciones sociales, económicas y ecológicas, subrayando que la reproducción de la vida humana depende también de complejas relaciones de interdependencia con entornos y seres no humanos. Desde la ecología política feminista, Harcourt sostiene que las economías capitalistas dependen estructuralmente de trabajos de cuidado frecuentemente invisibilizados y realizados mayoritariamente por mujeres, personas racializadas y grupos socialmente precarizados. La crisis climática y la pandemia de Covid-19 han puesto de manifiesto esta dependencia estructural, mostrando cómo la acumulación económica descansa sobre formas de trabajo reproductivo y afectivo insuficientemente reconocidas. Partiendo de estas premisas, Harcourt propone situar el cuidado en el centro de la organización económica, política y ecológica, entendiéndolo como una forma de responsabilidad colectiva orientada al sostenimiento de comunidades, territorios y ecosistemas, y vinculada a formas de solidaridad y reciprocidad entre seres humanos y “más-que-humanos” (Harcourt, 2026). 

Esta ampliación de la ética del cuidado favoreció nuevas reflexiones sobre el papel de la materialidad en las relaciones de cuidado. En este sentido, María Puig de la Bellacasa ha propuesto una concepción posthumanista (véase Posthumanismo) del cuidado que incorpora a los seres no humanos, las tecnologías, los entornos y las materialidades como elementos constitutivos de las relaciones de cuidado. En Cuestiones de cuidado (2026) ha defendido que el cuidado constituye una práctica de implicación material, afectiva y política con el mundo. Así, desde su perspectiva, “pensar con cuidado” implica reconocernos en los complejos entramados de relaciones sociales y asumir responsabilidades hacia los seres, procesos y materia que suelen quedar fuera de los marcos tradicionales de atención moral.  

Estas reflexiones sobre la materialidad del cuidado convergieron con algunas propuestas del nuevo materialismo, interesadas en cuestionar la separación tradicional entre sujetos (activos) y el mundo material (concebido como pasivo). En esta línea, Jane Bennett (2022) ha defendido que la materia posee capacidades de afectación y participación en los procesos sociales y ecológicos, cuestionando la idea de que la agencia pertenezca exclusivamente a sujetos humanos racionales. Sin equiparar estas formas de agencia con la intencionalidad humana, este enfoque permite comprender el cuidado como una práctica que trasciende las relaciones estrictamente humanas y dirigirse también a elementos y materialidades no humanos (véanse Agencia animal, Agencia ecológica y Agencia vegetal).  

A pesar de su influencia creciente, la ética del cuidado ha sido objeto de diversas críticas. Desde el inicio, la tesis de la “voz diferente” dio lugar a un intenso debate que cuestionó que existieran diferencias entre hombres y mujeres en el razonamiento moral teniendo en cuenta la evidencia empírica disponible. Algunas autoras sugirieron que estas diferencias podían explicarse mejor atendiendo a los procesos diferenciados de socialización de hombres y mujeres (Greeno y Maccoby, 1986). Siguiendo esta línea, desde distintas perspectivas feministas se ha señalado que esta asociación corre el riesgo de reforzar estereotipos de género y de presentar como universales experiencias que se encuentran atravesadas por diferencias de raza, clase, cultura, etc. Asimismo, se ha advertido que las relaciones de cuidado no son necesariamente emancipadoras, pues pueden desarrollarse en contextos marcados por relaciones de poder, dependencia o subordinación. Finalmente, algunas autoras han cuestionado la capacidad de una ética centrada en las relaciones concretas para abordar formas estructurales de injusticia y para establecer obligaciones hacia personas en otros contextos. 

Estas críticas han impulsado diversas reformulaciones de la ética del cuidado, que, como se ha señalado, han incorporado progresivamente una atención creciente a las relaciones de poder, las desigualdades estructurales y la diversidad de experiencias y contextos. Así, el cuidado ha pasado a concebirse como una cuestión política y global, estrechamente vinculada a la justicia, la vulnerabilidad y la interdependencia. Esta evolución ha consolidado el cuidado como una de las categorías centrales de la filosofía política contemporánea y como una herramienta conceptual imprescindible para analizar los desafíos sociales, políticos y ambientales del presente. 

Bibliografía: 

Benhabib, S. (1992). Una revisión del debate sobre las mujeres y la teoría moral. Isegoría, (6), 37-63. https://doi.org/10.3989/isegoria.1992.i6.323.  

Bennett, J. (2022). Materia vibrante. Una ecología política de las cosas. Caja negra. 

Care Collective. (2021). El manifiesto de los cuidados. La política de la interdependencia. Bellatera Edicions. 

Fraser, N. (2016). Contradictions of Capital and Care. New Left Review, 100. https://doi.org/10.64590/nt2

Gilligan, C. (1993). In a Different Voice: Psychological Theory and Women’s Development. Harvard University Press. 

Greeno, C. G. & Maccoby, E. E. (1986). How different is the “different voice”?. Signs: Journal of Women in Culture and Society, 11(2), 310-316. https://doi.org/10.1086/494223.  

Harcourt, W. (2026). The ethics and politics of care: reshaping economic thinking and practice. Review of Political Economy, 38(1), 150-166. https://doi.org/10.1080/09538259.2023.2241395.  

Held, V. (2009). The Ethics of Care: Personal, Political, and Global. Oxford University Press. 

Held, V. (2018). The Ethics of Care. En Serena Olsaretti (ed.), The Oxford Handbook of Distributive Justice (pp. 213-234). Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/oxfordhb/9780199645121.013.12.  

Herrero, A. (2017). Conexiones entre la crisis ecológica y la crisis de los cuidados: Entrevista a Yayo Herrero López. Ecología política, (54), 109-112. 

Kittay, E. F. (2020). Love’s labor: Essays on women, equality and dependency. Routledge. 

Noddings, N. (2005). Identifying and responding to needs in education. Cambridge Journal of Education, 35(2), 147-159.  https://doi.org/10.1080/03057640500146757.  

Noddings, N. (2009). La educación moral. Propuesta alternativa para la educación del carácter. Amorrortu editores. 

Puig de La Bellacasa, M. (2026). Cuestiones de Cuidado. Ética especulativa en mundos más que humanos. Subtextos. 

Tronto, J. C. (1987). Beyond Gender Difference to a Theory of Care. Signs: Journal of Women in Culture and Society, 12(4), 644-663. https://doi.org/10.1086/494360.  

Tronto, J. C. (2013). Democracia y cuidado. Mercados, igualdad y justicia. Rayo verde. 

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