Posthumanismo
Ramón del Buey Cañas
La genealogía del posthumanismo puede remontarse hasta las conferencias Macy sobre cibernética celebradas entre 1946 y 1953, con la aparición de un nuevo modelo teórico para dar cuenta de los procesos biológicos, mecánicos y comunicativos que descentraba lo humano de cualquier posición privilegiada en relación con cuestiones de significado, información y cognición, y lo integraba en la ecología de sistemas de la biosfera. Este continuum naturaleza-cultura es, entonces, el punto de partida teórico del posthumanismo. Sin embargo, éste no emerge plenamente hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX: primero en su vertiente cultural, dentro del campo de la crítica literaria, con la aparición del término en el ensayo de Ihab Habib Hassan Prometheus as a Performer. Toward a Posthumanist Culture? (1977) y después con la publicación de la obra fundamental How We Became Posthuman (1999), de Nancy Katherine Hayles.
El posthumanismo surge en el seno de y con posterioridad al postmodernismo, a partir de una deconstrucción radical de la idea de lo humano que comenzó como proyecto crítico a finales de la década de 1960 y se consolidó a partir de la década de 1990. La noción de lo humano que el posthumanismo se propuso deconstruir hunde sus raíces en una cultura, la de la Modernidad, que se había erigido sobre bases supremacistas, al establecer jerarquías férreas entre los humanos y las demás especies del planeta (tanto animales como vegetales). Este “especismo”, como lo ha denominado Peter Singer (véanse Agencia animal y Ética animal), se apoya a su vez en una mentalidad fuertemente antropocéntrica, que se encuentra en la base de la crisis ecosocial contemporánea. Además, tanto la noción especista de lo humano como el humanismo antropocéntrico se han sustentado en formulaciones reiterativas de “otros” simbólicos, que han funcionado como marcadores de las cambiantes fronteras de quién y qué se consideraría parte del nosotros: no europeos, no blancos, mujeres, maricas, monstruos, animales y autómatas, entre otros, han venido representado tales términos de oposición.
Lo posthumano se postula, en cambio, a partir del reconocimiento de las diferencias que son constitutivas de lo humano y que han sido históricamente borradas por la autoproclamada objetividad de los relatos hegemónicos (véase Graeber & Wengrow, 2021). En este sentido, el posthumanismo no pretende designar el fin de la humanidad, sino el fin de una cierta concepción de lo humano, una concepción que puede haber sido aplicable, en el mejor de los casos, a aquella fracción de la humanidad que tenía la riqueza, el poder y el ocio para conceptualizarse a sí misma como un conjunto de seres independientes y autónomos que ejercían su voluntad a través de la agencia y la elección individuales (véase Interdependencia).
Este cuestionamiento de la concepción de la “naturaleza humana” se da en paralelo a una crisis de su singularidad, provocada por el desarrollo tecnológico, como ejemplifica de modo paradigmático la manipulación del código genético. Sin embargo, una forma más satisfactoria de enmarcar el giro posthumanista podría ser planteándolo como un proyecto filosófico orientado a la difuminación de las fronteras, a una disolución de la “higiene ontológica” mediante la cual, durante los últimos trescientos años, la cultura occidental había trazado las líneas divisorias y jerárquicas que separan a los seres humanos de la naturaleza y de las máquinas. La perspectiva no jerárquica de lo posthumano, por contra, no concede ninguna primacía a lo humano y articula las condiciones para una concepción ampliada de la cognición, caracterizada como un proceso en el que la información se interpreta dentro de contextos que la conectan con un significado, y donde lo no humano y lo no consciente desempeñan un papel fundamental (Hayles, 2017).
Este enfoque integral de lo posthumano se basa en reconocer que la diferencia ya es constitutiva de la especie humana, con todas sus variedades de género, étnicas, sociales e individuales. En otras palabras, el reconocimiento posthumano de la alteridad no humana comienza con el reconocimiento de las alteridades humanas. Es por esta razón por la que el posthumanismo puede ser considerado como una segunda generación del postmodernismo, cuya singularidad consistiría en llevar la deconstrucción de lo humano hasta sus últimas consecuencias, al revisar teóricamente el especismo, es decir, el privilegio de unas especies sobre otras. Así, el posthumanismo se sitúa en línea con el ecocentrismo, de manera que el descentramiento de lo humano que trae consigo discurre en paralelo al reconocimiento de los derechos de la naturaleza y la pluralización ontoepistemológica de las personas jurídicas (Berros y Carman, 2022).
Sin embargo, la etiqueta “posthumano” se evoca a menudo de forma genérica y omnicomprensiva para indicar casi cualquier reformulación contemporánea de lo humano, creando confusiones metodológicas y teóricas. En concreto, lo “posthumano” se ha convertido en un término paraguas que incluye al posthumanismo (crítico, cultural y filosófico); al transhumanismo (en sus variantes de extropianismo, transhumanismo liberal y transhumanismo democrático, entre otras); a los nuevos materialismos (un desarrollo feminista específico dentro del marco posthumanista); al heterogéneo panorama del antihumanismo; al campo de la ontología orientada a objetos; a las posthumanidades y a las metahumanidades (Ferrando, 2013).
El posthumanismo y el transhumanismo adquirieron relieve en la década de 1990, orientando sus intereses en torno a temas similares, pero no comparten las mismas raíces ni las mismas perspectivas. Mientras que el posthumanismo se originó a partir del postmodernismo, el transhumanismo retoma ciertos presupuestos de la Ilustración y, por tanto, no tiene la vocación de expropiar al humanismo. La diferencia principal entre ambos tiene que ver con lo que quizá sea el dogma antropológico fundamental asociado al humanismo: a saber, que “lo humano” se alcanza escapando o reprimiendo no solo sus orígenes animales en la naturaleza, lo biológico y lo evolutivo, sino, de manera más general, trascendiendo por completo los lazos de la materialidad y la encarnación. En este sentido, el posthumanismo es lo opuesto del transhumanismo y, desde esta perspectiva, el transhumanismo debe considerarse una intensificación del humanismo. Ahora bien, para captar de modo más matizado esta diferenciación, conviene caracterizar el posthumanismo en sus vertientes crítica, cultural y filosófica.
En el ámbito crítico y cultural, la obra de Hassan atiende a la evolución de la conciencia humana y plantea un concepto de humanidad condicionado histórica y socialmente, necesitado, por tanto, de revisión. También hace hincapié en la naturaleza performativa de la cultura posthumana y señala su dimensión “cósmica”. Por otra parte, como indica el título de su ensayo, Prometeo se convierte en la primera figura emblemática del posthumanismo, antes de que el cyborg o el monstruo cobren protagonismo. Hassan atribuye a este Prometeo posthumano el potencial de conectar mundos y lo trata como un ideal al que aspirar. En este sentido, el posthumanismo se plantea como una praxis, una labor de mediación, con planteamientos compartidos con las humanidades ecológicas: la crítica al mecanicismo y al cartesianismo modernos, buscando superar las ontologías que dividen la realidad en dos reinos enfrentados (naturaleza/cultura) para complejizar ambos polos como parte de un continuo; el fin del excepcionalismo humano, esto es, de la tendencia a pensar los asuntos sociales como si pudieran darse al margen de lo que ha sido denominado tradicionalmente como naturaleza; la ruptura con el antropocentrismo, buscando ampliar la comunidad de alianzas e intereses compartidos con otras especies; o el énfasis en las ideas de interdependencia y ecodependencia como elementos constitutivos de la red de la vida.
Desde esta perspectiva basada en la mediación, podemos interpretar el posthumanismo como una reflexión sobre lo que se ha omitido de la noción de lo humano, pero también como una especulación sobre los posibles desarrollos de la especie humana. Los dos enfoques están conectados: el aspecto especulativo se basa en una comprensión crítica de lo que implica la noción de lo humano. Además, esta concepción del posthumanismo es análoga a la interpretación paradójica que Jean-François Lyotard hizo de lo postmoderno: se sitúa tanto antes como después del humanismo. Antes, en el sentido de que designa la encarnación y el arraigo del ser humano no solo en su mundo biológico, sino también en el tecnológico, la coevolución protésica del animal humano con la tecnicidad de las herramientas y los mecanismos archivísticos externos (como el lenguaje y la cultura), todo lo cual precede a esa cosa históricamente específica llamada “lo humano”. Pero también viene después, en el sentido de que el posthumanismo designa un momento histórico en el que se descentra lo humano y se reconoce su imbricación en distintas redes y sistemas, apuntando con urgencia hacia la necesidad de nuevos paradigmas teóricos, a la vista del peso del factor humano en la crisis ecosocial.
En cuanto al posthumanismo filosófico, se trata de un enfoque ontoepistemológico, además de ético, que se manifiesta como una filosofía de la mediación, desechando cualquier dualismo de confrontación y legado jerárquico; por eso puede enfocarse como un postantropocentrismo y un postdualismo. Históricamente, puede considerarse como un enfoque filosófico adaptado al tiempo geológico del Antropoceno. Mientras que el posthumanismo filosófico plantea descentrar al ser humano del centro del discurso, el tiempo geológico del Antropoceno (con sus variantes y matices: Hallé & Millon, 2020) marca el alcance del impacto de las actividades humanas a nivel planetario y, por tanto, subraya la urgencia de que los seres humanos tomen conciencia de pertenecer a un ecosistema que, cuando resulta dañado, afecta negativamente también a la condición humana. En este sentido, Rosi Braidotti ha apuntado que el devenir posthumano es un proceso de redefinición del sentimiento de conexión hacia el mundo compartido y el medio ambiente, ya sea urbano, social, psíquico, ecológico o planetario. Dicha conexión puede articularse mediante múltiples ecologías de la pertenencia, y provocar una transformación de las coordenadas sensorial y perceptiva, con el fin de reconocer la naturaleza colectiva y el encaje en los ecosistemas de aquello que aún llamamos sujeto. Este sujeto se concibe, entonces, como un ensamblaje móvil integrado en un espacio de vida compartido que no controla ni posee, sino que habita y atraviesa, siempre en comunidad, en grupo, en red (véase Agencia ecológica).
Para la teoría posthumana, en efecto, el sujeto es una entidad transversal, inmanente a y plenamente inmersa en una red de relaciones no humanas (animales, vegetales, virales, etc.). A este respecto, la noción de performatividad es crucial, como ha apuntado Karen Barad, puesto que el posthumanismo pone en tela de juicio el carácter dado de las categorías diferenciales de “humano” y “no humano”, examinando las prácticas a través de las cuales se estabilizan y desestabilizan estas fronteras. Según Barad, hay un sentido importante en el que las prácticas del saber no pueden verse plenamente como prácticas humanas, no solo porque utilicemos elementos no humanos en ellas, sino porque el saber consiste en que una parte del mundo se haga inteligible para otra parte. Así, las prácticas del saber y del ser no pueden aislarse, sino que están mutuamente implicadas. No obtenemos conocimiento situándonos al margen del mundo, sino que sabemos porque “nosotros” formamos parte del mundo. Por tanto, la separación de la epistemología y la ontología es un eco de una metafísica, que asume una diferencia inherente entre humano y no humano, sujeto y objeto, mente y cuerpo, materia y discurso. En esa medida, los dualismos son impropios del posthumanismo. En cambio, la ontoepistemología, el estudio de las prácticas del saber en el ser, se plantea como un marco de pensamiento más adecuado, emparentando la filosofía posthumana con las humanidades ecológicas.
Así pues, el posthumanismo parece constituir un sustrato filosófico fructífero para desarrollar marcos de pensamiento ecocéntricos y, por tanto, mejor adaptados para afrontar la crisis ecosocial. Sin embargo, es preciso reconocer que el posthumanismo ha recibido críticas de humanistas ecológicos, a veces preocupados por el halo tecno-optimista que envuelve a algunas voces que resuenan en la cacofonía posthumanista (véase Técnica y Tecnología); y otras veces por la controversia aparejada a ciertas propuestas animistas, vitalistas o panpsiquistas en las que derivan algunos intentos de hacer frente a las aporías y jerarquías del dualismo metafísico (véase Animismo). Estas preocupaciones se alinean con críticas materialistas contemporáneas como la de Ray Brassier, quien ha señalado que “la lógica del liberalismo culmina con la ratificación ontológica de la personificación de las cosas y la cosificación de las personas, propias del capitalismo, en la equivalencia formal de lo humano y lo no humano. Su corolario ideológico es una ‘ética de la afirmación’, que no sólo enmascara, sino que consolida la subdivisión de clases del capital en las fracturas ramificadas de raza, género, etnia, cultura, etc.”. Todos estos reclamos, no obstante, son compatibles con el posthumanismo, que también puede confluir con las humanidades ecológicas, al entender “lo humano” como un sistema adaptativo complejo, es decir, como un holobionte en un planeta simbiótico (Riechmann, 2022; Haraway, 2016), e incluso como un organismo en el seno del superorganismo Gaia.
Bibliografía:
Badmington, N. (ed) (2001). Posthumanism. Bloomsbury.
Barad, K. (2003). “Posthumanist Performativity: Toward an Understanding of How Matter Comes to Matter”. Signs, 28 (3), 801-831.
Berros V. & Carman M. (2022) “Los dos caminos del reconocimiento de los derechos de la naturaleza en América Latina”. Revista Catalana de Dret Ambiental,13 (1), 1–44.
Braidotti, R. (2013). The Posthuman. Polity Press.
Brassier, R. The Human [unpublished text]: https://www.foreignobjekt.com/post/ray-brassier-posthuman-pragmatism-selecting-power-the-human-from-subversion-to-compulsion.
Colebrook, C. (2014). Death of the PostHuman. Essays on Extinction, Vol. 1. Open Humanities Press.
Ferrando, F. (2013) “Posthumanism, Transhumanism, Antihumanism, Metahumanism, and New Materialisms: Differences and Relations”. Existenz, 8 (2), 26-32.
Ferrando, F. (2019). Philosophical Posthumanism. Bloomsbury.
Graeber, D. & Wengrow, D. (2021). The Dawn of Everything: A New History of Humanity. Penguin.
Graham, E. (2002). Representations of the Post/human: Monsters, Aliens and Others in Popular Culture. Manchester University Press.
Hallé, C. & Millon, A.-S. (2020). “The Infinity of the Anthropocene: A (Hi)story with a Thousand Names”. En Latour, B. & Weibel, P. (eds.). Critical Zones. The Science and Politics of Landing on Earth. MIT Press.
Haraway, D. (1985). “Manifesto for Cyborgs: Science, Technology, and Socialist Feminism in the 1980s”. Socialist Review, 80, 65–108.
Haraway, D. (2016). Staying with the Trouble: Making Kin in the Chthulucene. Duke University Press.
Hassan, I. (1977). “Prometheus as Performer: Towards a Posthumanist Culture?”. The Georgia Review, 31(4), 830-850.
Hayles, N. K. (1999). How We Became Posthuman. University of Chicago Press.
Hayles, N. K. (2017). Unthought. The University of Chicago Press.
Riechmann, J. (2022). Simbioética. Plaza y Valdés.
Wolfe, C. (2010). What is posthumanism? University of Minnesota Press.