Técnica

Adrián Almazán

La forma en la que las sociedades occidentales han pensado la técnica y la tecnología ha estado históricamente limitada por una serie de prejuicios que forman el «paradigma de la neutralidad de la técnica». Éstos son fundamentalmente cuatro: (i) podemos hacer lo que queramos con una técnica, su uso es libre; (ii) al cumplirse (i), se sigue que no se pueden hacer juicios morales o éticos sobre la técnica, solo sobre el usuario que decide cómo usarla (el agente); (iii) la técnica es una realidad autónoma independiente de la sociedad y la historia, que solo es importante para entender a los usuarios; y (iv) todo cambio técnico es siempre positivo y sigue un proceso de progreso histórico lineal. Por tanto, no tiene sentido criticarlo u oponerse a él.

Es poco frecuente encontrar defensas explícitas de este paradigma. Los prejuicios que lo componen son una especie de sentido común implícito que, no obstante, atraviesa muchas propuestas políticas actuales. Por ejemplo, el ecomodernismo se basa en la necesidad de una expansión técnica que solo tendría efectos positivos y, además, plantea la posibilidad de utilizar las tecnologías contemporáneas de un modo radicalmente distinto al actual (la idea de uso libre). También puede hallarse en el marxismo clásico, que pretendía «reapropiarse» de la tecnología capitalista para «desligarla» de las relaciones económicas de dicho sistema y utilizarlas como una herramienta de la sociedad socialista. Esta idea ha sido reactualizada en autores como Bastani (2020).

Este paradigma juega un papel muy importante a la hora de pensar los problemas de la justicia ecológica, ya que, en gran medida, ésta es sinónimo del tecno-optimismo y de la forma en la que las sociedades capitalistas pretender dar soluciones «técnicas» y eficientes a todos los problemas (Alexander y Rutherford, 2019). Un ejemplo claro es el de la crisis climática y la geoingeniería. Frente a un problema ecológico, social y político, se propone una solución tecnológica que, siguiendo (iv), se presenta como el resultado lógico y positivo del progreso histórico. Al hacerlo, se oculta que la geoingeniería favorece los intereses de actores empresariales (que siguen quemando combustibles fósiles en el presente amparándose en esta hipotética solución futura) y exime de culpa a los responsables de esta crisis: empresas y estados (iii). Por último, desdibuja la necesidad de respuestas ecológicas, sociales y políticas a la crisis climática, poniendo el foco exclusivamente en una herramienta presuntamente neutral (i), que las sociedades pueden elegir usar bien o mal. Esta importancia del uso es especialmente clara si tenemos en cuenta que, en muchos casos, la geoingeniería no es más que un uso «distinto» de tecnologías ya existentes, algunas de ellas fósiles.

Este ejemplo ilustra bien la necesidad de una comprensión de la técnica y la tecnología más allá de esta colección de prejuicios. De hecho, la filosofía de la tecnología, los estudios CTS (ciencia, tecnología y sociedad) o la antropología de la técnica suponen ejercicios prácticos de superación del paradigma de la neutralidad. Una lista no exhaustiva de perspectivas y autores que las han desarrollado es: la teoría crítica de la tecnología (Feenberg, 2017), la teoría actor-red (Latour, 2019), la post-fenomenología (Ihde, 2009), la construcción social de la tecnología (Bijker et al., 2012) o los nuevos materialismos feministas (Coole y Frost, 2010).

¿Cómo podemos reinterpretar la técnica desde un «paradigma de la no neutralidad» alternativo? Según Tim Ingold (1987, p. 47), podemos definir las técnicas como objetos que pueden ser utilizados por un animal para desarrollar un proyecto propio. Animal en general, y no solo humano, porque la etología ha establecido con solvencia que pájaros, peces y primates no humanos son perfectamente capaces de fabricar y utilizar herramientas (Shumaker et al., 2011). Y una dimensión de proyecto hace que la técnica, por tanto, sea algo más que el mero objeto. Como Marcel Mauss (Mauss et al. 2012, pp. 412-13) señaló –entre otros–, los objetos técnicos son inseparables de las formas en que los utilizamos, de los procedimientos y prácticas asociadas a su uso. Un arco no es un arco si no sabemos cómo tirar una flecha. Una piedra es una técnica sólo si la utilizamos para tallar o golpear, etc.

Por tanto, la técnica es la suma de un objeto (técnico), de un usuario animal y de sus prácticas de uso. No obstante, ninguno de esos tres elementos puede definirse al margen de una sociedad particular. Aunque la capacidad técnica puede entenderse como un atributo transcultural, toda técnica es siempre de y en una sociedad/cultura particular. Son las relaciones metabólicas, económicas, políticas, simbólicas e imaginarias (Castoriadis, 1989) de un orden social, las que a su vez son cruciales para dar forma a las técnicas. Sólo una sociedad fósil e impregnada del imaginario moderno y progresista se planteará la posibilidad y deseabilidad de una nave espacial. Para entender qué implica portar un arco en una sociedad concreta hace falta conocer su sistema político, religioso y económico, ya que quizá llevar un arco y ostentar el poder sean en ésta dos caras de la misma moneda. Por tanto, junto al objeto, el animal y las prácticas, nuestra descripción de la técnica debe incluir una esfera técnica en la que se engloba todo el conjunto de relaciones anteriormente descritas. Una esfera que, en muchas ocasiones, abarca casi la totalidad de la sociedad.

En síntesis, las técnicas serían expresiones materiales de formas de comprender, interpretar y orientarse en el mundo. Lejos de ser un simple objeto material, inerte y neutral, la técnica es un pedazo de materia en el que se anudan movimientos, acciones y prácticas, pero también deseos, creencias, juicios, instituciones, relaciones de poder y luchas, además de imaginarios sociales e individuales.

Esta forma de entender las cosas, desactiva los cuatro prejuicios del paradigma de la neutralidad. En tanto que creación social contingente, el cambio técnico no puede entenderse como resultado de una evolución continua siempre positiva, sino como una sucesión de distintas creaciones sociales que han ido acompasándose con las diferentes sociedades y resonando con sus objetivos, fines e imaginarios (Lo, 2020). Por tanto, una valoración a priori radical y ahistóricamente positiva de todo cambio técnico es imposible. Estamos siempre obligados a pensar cada técnica en su contexto socio-histórico, como una creación abierta a la ambigüedad y necesitada de una reflexión política. Esta constatación también nos permite distinguir entre técnica y tecnología. La última no sería más que un caso particular de la primera. En particular, las tecnologías son las técnicas propias de las sociedades capitalistas, modernas e industriales; y por tanto comparten las muy particulares características estructurales de éstas.

Por otro lado, al ser la técnica una parte constituyente, inherente y no separable de la sociedad, no puede aislarse y orientarse a un objetivo radicalmente diferente de los fines y valores sociales predominantes (Castoriadis, 1998, p. 306). Esto es cierto respecto de cada una de las técnicas individualmente consideradas, pero especialmente de la totalidad interconectada de técnicas de una sociedad.

Por último, ni (ii) ni (iii) son sostenibles. La sociedad imprime en las técnicas una colección de fines y objetivos que solo pueden comprenderse desde el prisma de la sociedad como un todo. ¿Qué sociedad si no la del capitalismo industrial, obsesionado con el control y el crecimiento, tendría interés de fabricar un arma capaz de acabar con el conjunto de la especie, como la bomba atómica? Lo anterior también es cierto a la inversa. La irrupción masiva de los combustibles fósiles en las sociedades industriales ha hecho del crecimiento económico (y del ocio motorizado, etc.) un imperativo irrenunciable, incluso cuando constatamos que el precio de dicho crecimiento implica un suicidio civilizatorio.

De ahí que sea ilusorio, como se planteaba en (i), que el creador (el científico, el ingeniero o el político) puedan decidir de una vez por todas los fines y usos posibles de una técnica. En primer lugar, porque, cuando alguien crea una técnica, siempre desliza valores y fines que la sociedad ha «implantado» en él sin que sea consciente. Ese es uno de los elementos básicos de la crítica feminista a la ciencia, que reproduce valores patriarcales de manera inconsciente pero muy efectiva (un mecanismo que, por otro lado, es básico para comprender la reproducción social a través de instituciones, cultura, etc.).

En segundo lugar, porque, una vez construida una técnica y extendida en la sociedad, ésta siempre tendrá impactos no previstos (Ellul, 2003) o podrá ser utilizada de un modo distinto al que contemplaba su diseño inicial (Ellul, 1964). El ejemplo paradigmático de lo primero sería el conjunto de tecnologías de la revolución verde, que paradójicamente, en su esfuerzo por aumentar las capacidades de alimentación y sustento de la especie humana, han acabado por destruir la biodiversidad y producir una fuerte erosión de los suelos. Un ejemplo de lo segundo sería el uso de medicamentos con fines recreativos, en algunos casos con riesgo de adicción, que en muchos casos es un efecto secundario imposible de predecir a priori.

Bibliografía:

Alexander, S., & Rutherford, J. (2019). A critique of techno-optimism: Efficiency without sufficiency is lost. En Routledge handbook of global sustainability governance. Routledge.

Bastani, A. (2020). Comunismo de lujo totalmente automatizado. Antipersona.

Bijker, W. E., Hughes, T. P., & Pinch, T. (Eds.). (2012). The social construction of technological systems: New directions in the sociology and history of technology (Anniversary ed.). MIT Press.

Castoriadis, C. (1989). La institución imaginaria de la sociedad: Vol. 2. El imaginario social y la institución (M.-A. Galmarini, Trad.). Tusquets.

Castoriadis, C. (1998). Les carrefours du labyrinthe, I. Éditions du Seuil.

Coole, D. H., & Frost, S. (Eds.). (2010). New materialisms: Ontology, agency, and politics. Duke University Press.

Ellul, J. (1964). The technological society. Vintage Books.

Ellul, J. (2003). La edad de la técnica. Octaedro.

Feenberg, A. (2017). Technosystem: The social life of reason. Harvard University Press.

Ihde, D. (2009). Postphenomenology and technoscience: The Peking University lectures. SUNY Press.

Ingold, T. (1987). The appropriation of nature: Essays on human ecology and social relations. University of Iowa Press.

Latour, B. (2019). Dónde aterrizar: Cómo orientarse en política (P. Cuartas, Trad.). Taurus.

Lo, E. (2020, 27 de julio). Sobre tecnodiversidad: Una conversación con Yuk Hui. Research Network for Philosophy and Technology. http://philosophyandtechnology.network/3939/entrevista-sobre-technodiversity-una-conversacion-con-yuk-hui/

Mauss, M., Schlanger, N., Durkheim, É., Hubert, H., Friedmann, G., & Leroi-Gourhan, A. (2012). Techniques, technologie et civilisation (recueil de textes). PUF.

Shumaker, R. W., Walkup, K. R., & Beck, B. B. (2011). Animal tool behavior: The use and manufacture of tools by animals (Ed. rev.). Johns Hopkins University Press.

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