Huella ecológica

Valentina Locher y Maricel Massera

La huella ecológica es un indicador que mide la superficie biológicamente productiva —tanto terrestre como marina— que una población necesita, dadas las tecnologías y procesos económicos vigentes, para generar los recursos que consume y absorber los residuos que produce, permitiendo así identificar posibles excedentes respecto del umbral de sostenibilidad. De este modo, posibilita comparar las demandas ecológicas de personas, naciones o la humanidad en su conjunto, con independencia de las diferencias en productividad entre ecosistemas. Cuando la huella ecológica de una población supera la superficie que los ecosistemas pueden efectivamente regenerar —denominada biocapacidad—, se habla de déficit ecológico o extralimitación (overshoot) (véase Límites).

Este concepto fue desarrollado por el ecólogo William Rees (1992), inicialmente bajo el nombre de “capacidad de carga apropiada” (appropriated carrying capacity), con el cual proponía cuantificar la superficie ecológicamente productiva que las ciudades requieren para funcionar. Posteriormente acuñó el término “huella ecológica”, cuyo método de cálculo fue sistematizado por Mathis Wackernagel en su tesis doctoral (1994). La publicación del libro Our Ecological Footprint: Reducing Human Impact on the Earth (Wackernagel & Rees, 1996) consolidó el indicador como una herramienta accesible para gobiernos, organizaciones y ciudadanía, convirtiéndose en la referencia divulgativa fundacional del campo.

El cálculo de la huella ecológica se basa en estimar cuánta superficie biológicamente productiva es necesaria para satisfacer el consumo de una población y absorber sus residuos. Esta superficie suele desagregarse en seis categorías: tierras de cultivo, áreas de pastoreo, bosques, zonas de pesca, áreas urbanizadas, y el espacio necesario para secuestrar las emisiones de carbono procedentes de combustibles fósiles, la cual es, en la mayoría de los países, la de mayor peso relativo dentro del indicador. El peso de cada categoría varía según el perfil de consumo de cada país o región, lo que hace al indicador sensible a contextos muy distintos y permite identificar qué dimensiones del consumo resultan más determinantes en cada caso.

El resultado se expresa en hectáreas globales per cápita y se compara con la biocapacidad disponible, tanto a escala nacional como global. Cuando la huella ecológica supera la biocapacidad de un territorio, el déficit resultante puede compensarse temporalmente mediante la importación de recursos desde otras regiones, la degradación de los propios activos ecológicos —por ejemplo, a través de la sobreexplotación pesquera o la deforestación— o generando emisiones de CO₂ que exceden la capacidad de absorción de los ecosistemas. Wackernagel et al. (2002) estimaron que la humanidad comenzó a superar la biocapacidad del planeta en la década de 1970, una tendencia que se ha profundizado en las décadas posteriores (Lin et al., 2018). Este hallazgo contribuyó a consolidar el concepto de extralimitación ecológica como un eje central de los debates contemporáneos sobre sostenibilidad.

A partir de la década de 2000, el indicador se institucionalizó progresivamente y comenzó a consolidarse como una herramienta útil para que gobiernos, ciudades y empresas comunicaran, evaluaran y debatieran cuestiones vinculadas a la sostenibilidad. En 2003, Mathis Wackernagel fundó Global Footprint Network, una organización dedicada a estandarizar y actualizar los cálculos de huella ecológica y biocapacidad para más de 200 países, así como a promover su incorporación en el diseño y la evaluación de políticas públicas. Como parte de sus acciones, calcula anualmente la fecha en que la demanda de recursos y servicios ecosistémicos supera la capacidad del planeta para regenerarlos durante ese año, conocida como el Día de la Sobrecarga de la Tierra (Earth Overshoot Day). En 2025, esta fecha fue el 24 de julio. Con el tiempo, la huella ecológica fue adoptada por diversos organismos internacionales, entre ellos el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), lo que contribuyó a su legitimación como indicador de sostenibilidad a escala internacional.

A pesar de su amplia difusión y reconocimiento internacional, el indicador ha sido objeto de numerosas observaciones y críticas, que apuntan a aspectos conceptuales y metodológicos, pero también a las consecuencias políticas de su utilización.

Una de las principales críticas que ha recibido el cálculo de la huella ecológica se refiere al hecho de que un único indicador pueda condensar la complejidad y el carácter multidimensional inherente a la sostenibilidad ambiental. Este argumento apunta a que un indicador agregado no es capaz de captar las relaciones no lineales, los umbrales ecológicos y las jerarquías de escalas que definen la sostenibilidad de un sistema socioecológico, y que su utilización acrítica podría llevar a políticas inadecuadas (Giampietro y Saltelli, 2014) (véanse Ecosistemas y Colapso ecológico).

Desde el punto de vista conceptual y metodológico, se ha cuestionado la elección de las áreas consideradas para estimar la biocapacidad. En particular, porque el enfoque tradicional de la huella ecológica posee una perspectiva utilitarista y una mirada antropocéntrica típica del ambientalismo, ya que considera exclusivamente aquellas partes de la naturaleza o porciones de la tierra que brindan servicios directamente a los seres humanos, sin tener en cuenta las necesidades de otras especies (véase servicios ecosistémicos). Además, estas estimaciones no contabilizan contaminantes tóxicos y residuos que no pueden ser absorbidos por los ecosistemas productivos, ni el consumo de recursos no renovables (minerales, metales), la degradación de los ecosistemas, la pérdida de biodiversidad y la contaminación de acuíferos (Blomqvist et al., 2013, Venetoulis & Talberth, 2010). Todos estos aspectos excluidos del cálculo redundan, según sus críticas, en una subestimación sistemática del impacto humano en la naturaleza.

En esta línea, diversos cuestionamientos han señalado que la metodología de la huella ecológica tiende a equiparar la productividad biológica de los ecosistemas con su biocapacidad, reduciendo esta última a la capacidad de producir biomasa y absorber determinados residuos (Galli et al. 2016). Desde esta perspectiva, el indicador incurre en un error al considerar que ciertos cambios introducidos en los ecosistemas con el objetivo de incrementar su productividad —por ejemplo, el avance de la frontera agrícola sobre ciertos ecosistemas naturales— darían como resultado el incremento de la biocapacidad, aun cuando impliquen una degradación ambiental. En consecuencia, el concepto de biocapacidad utilizado en la huella ecológica no necesariamente equivale a mayor sostenibilidad. En otras palabras, para que el indicador sea coherente con su propósito de medir la sostenibilidad, la medida de biocapacidad utilizada debería contabilizar explícitamente qué parte de la producción proviene de procesos renovables y sostenibles, y cuál depende de la explotación de recursos no renovables o de la degradación ambiental (véase Energías renovables).

También desde el punto de vista metodológico se han cuestionado los supuestos acerca de la capacidad de captura de carbono que sustentan el cálculo, los cuales resultan de simplificaciones y se basan en información poco robusta, dando como resultado estimaciones poco certeras sobre el daño ecológico (Blomqvist et al., 2013).

En esta línea, asimismo, las críticas apuntan a la técnica utilizada para agregar diferentes tipos de tierra (de cultivo, pastizales, bosques, zonas de pesca, tierra construida) bajo el supuesto de que son equivalentes en términos de su contribución a la sostenibilidad. Para Ayres (2000), esta equiparación no tiene sentido biofísico, sumado a que los factores de equivalencia utilizados se basan en supuestos arbitrarios y extremadamente sensibles a pequeños cambios, dando como resultado estimaciones poco robustas.

En estos cálculos también se han identificado problemas de doble contabilidad de los componentes de la huella ecológica. Particularmente, la misma tierra forestal se contabiliza simultáneamente como fuente de biomasa (madera, biomasa y bioenergía) y como sumidero de carbono para absorber las emisiones de CO₂, asignando la misma superficie a dos funciones distintas y sumando ambas (Lenzen & Murray, 2001).

Por último, un grupo de críticas ha apuntado a las implicancias políticas de un indicador sintético, basado en promedios, que oculta diversas desigualdades que son claves para diseñar políticas que contribuyan a la justicia ecológica (véase Justicia ecosocial). Un aspecto crucial en este punto es el rol del comercio internacional en la sostenibilidad. En particular, Van den Bergh y Verbruggen (1999) sostienen que la huella ecológica confunde sostenibilidad con autosuficiencia territorial: un país puede mantener un patrón de consumo ambientalmente sostenible aun cuando dependa de importaciones de recursos, siempre que dichas transferencias sean compatibles con la sostenibilidad del sistema global. Según estos autores, la huella ecológica confunde la autosuficiencia territorial con la sostenibilidad, al interpretar los déficits nacionales como señales de insostenibilidad. Sin embargo, desde la ecología política, la economía ecológica y, en particular, la literatura sobre intercambio ecológicamente desigual —que analiza cómo el comercio internacional transfiere costos ambientales desde los países consumidores hacia los países productores—, se observa un problema más significativo respecto de la desigualdad. Desde esta perspectiva, el problema no es que los países importen biocapacidad, sino que el indicador no permite identificar las relaciones de poder, las asimetrías comerciales y las transferencias desiguales de recursos y cargas ambientales implícitas en esos intercambios. En otras palabras, la huella ecológica no pone en evidencia quiénes soportan los costos ambientales del sistema de producción y consumo (Martínez-Alier, 2003; Srinivasan et al., 2008)

Otras autorías van más allá y apuntan a que el cálculo por país oculta las desigualdades intranacionales, que según algunas estimaciones son tanto o más importantes que las internacionales (Hubacek et al., 2017). Dado que los países de bajos ingresos suelen ser también los más desiguales, las disparidades internas de la huella ecológica entre grupos sociales tienden a ser allí más pronunciadas, lo cual refuerza el impacto negativo de los costos sobre la población más vulnerable (véase vulnerabilidad ecológica).

Finalmente, desde la economía feminista y la ecología política feminista se cuestiona la utilización de indicadores biofísicos agregados, como la huella ecológica, ya que no permiten identificar las desigualdades de género presentes en el acceso, el control y la distribución de la naturaleza, ni la asignación diferencial de los costos ambientales. Tampoco consideran el trabajo de cuidados y de reproducción social, y tienden a representar a la sociedad como una unidad homogénea, invisibilizando las relaciones de poder que atraviesan la sostenibilidad (véase Ética del cuidado). En este sentido, algunas investigaciones muestran que las pérdidas ecológicas debilitan la posición de las mujeres en el acceso y control de recursos naturales básicos (McKinney y Fulkerson, 2015). Asimismo, se ha documentado que los patrones de consumo con mayor huella ecológica —como la alimentación y el transporte— están fuertemente vinculados a identidades y roles de género, lo que sugiere que las políticas climáticas pueden tener efectos diferenciados según el género (Berland & Leroutier, 2025) (véase Ecofeminismo). 

En síntesis, la huella ecológica es un indicador ampliamente difundido que ha logrado instalar la problemática de los límites planetarios en agendas políticas e institucionales a escala global, vinculando ideas de la economía, la sociología y la antropología con las ciencias biológicas y de la tierra.  De esta forma, se ha constituido en una herramienta valiosa para visibilizar y poner en debate la relación entre la demanda humana de recursos y la superficie biológicamente productiva disponible. Sin embargo, sus limitaciones conceptuales y metodológicas —antes expuestas— exigen complementarlo con otros indicadores que permitan dar cuenta de la complejidad de la crisis de sostenibilidad, y su uso no debería simplificar la relación entre consumo y desigualdad: las mayores huellas ecológicas se concentran históricamente en los países del Norte Global y en los sectores de mayor poder adquisitivo, mientras que las poblaciones más vulnerables —entre ellas, las mujeres en contextos de pobreza del Sur Global— soportan de forma desproporcionada las consecuencias da la extralimitación ecológica, pese a haber contribuido en menor medida a generarlo.

Bibliografía:

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Hubacek, K., Baiocchi, G., Feng, K., Muñoz Castillo, R., Sun, L., & Xue, J. (2017). Global carbon inequality. Energy, Ecology and Environment, 2(6), 361–369. https://doi.org/10.1007/s40974-017-0072-9

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Srinivasan, U. T., Carey, S. P., Hallstein, E., Higgins, P. A. T., Kerr, A. C., Koteen, L. E., Smith, A. B., Watson, R., Harte, J., & Norgaard, R. B. (2008). The debt of nations and the distribution of ecological impacts from human activities. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 105(5), 1768–1773. https://doi.org/10.1073/pnas.0709562104

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Wackernagel, M., Schulz, N. B., Deumling, D., Callejas Linares, A., Jenkins, M., Kapos, V., Monfreda, C., Loh, J., Myers, N., Norgaard, R., & Randers, J. (2002). Tracking the ecological overshoot of the human economy. Proceedings of the National Academy of Sciences, 99 (14), 9266–9271. https://doi.org/10.1073/pnas.142033699

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