Energías renovables
Sergio Tirado Herrero
Las energías renovables se definen, según el glosario del Sexto Informe de Evaluación del IPCC (AR6), como cualquier forma de energía que se repone mediante procesos naturales a un ritmo igual o superior al de su utilización (IPCC, 2023a). Bajo esta denominación se agrupan un conjunto amplio de fuentes y tecnologías energéticas que incluyen la solar fotovoltaica (a gran escala y distribuida), la solar termoeléctrica de concentración, la solar térmica, la eólica (terrestre y marina), la hidroeléctrica, energía de la biomasa (que a su vez incluye múltiples tipologías como los combustibles sólidos tradicionales de origen orgánico, el biogas o los biocombustibles líquidos), la geotérmica y la oceánica. Estas múltiples tipologías generan vectores energéticos (es decir, formas procesadas y directamente utilizables de la energía) que pueden destinarse a satisfacer los múltiples usos y demandas de servicios energéticos de las sociedades humanas, como la movilidad, o la calefacción, refrigeración e iluminación de espacios interiores, la conservación y preparación de alimentos y, más en general, la operación de múltiples máquinas y dispositivos en todo tipo de sectores de la economía. Entre ellos, destaca la electricidad como vector energético de alta calidad y gran flexibilidad, que permite la conversión de muy diversas fuentes primarias de energía renovable en servicios energéticos destinados a satisfacer una amplia gama de usos finales.
Las energías renovables se definen por contraposición a las energías no renovables, es decir, aquellas que proceden de recursos naturales finitos presentes en la corteza terrestre cuya tasa de regeneración es muy inferior en comparación con su tasa de explotación, por lo que su disponibilidad disminuye con el uso. Las fuentes de energía primaria no renovables son, básicamente, los combustibles fósiles (petróleo, gas natural, carbón, turba y otras fuentes no convencionales) y el uranio como recurso mineral del que se extrae el combustible empleado para la energía nuclear. A pesar de que la dicotomía energía renovable/no renovable hace referencia explícita a la cuestión del agotamiento de los recursos energéticos, las reservas de combustibles fósiles (es decir, la parte del recurso cuya extracción es técnica y económicamente viable), no han disminuido de forma significativa en las últimas décadas (Our World in Data, 2025) pese a las predicciones referidas al denominado pico del petróleo (peak oil) (Bardi, 2019).
El mantenimiento e incremento del tamaño de las reservas de combustibles fósiles se debe a la continua exploración y descubrimiento de nuevos yacimientos y la evolución de las tecnologías de extracción y transformación de fuentes no renovables, que hace posible el aprovechamiento de fuentes no convencionales (como el gas de esquisto y las arenas y esquistos bituminosos). Aun así, el aprovechamiento de estos recursos no convencionales resulta cada vez más costosos en términos metabólicos y económicos debido a su peor calidad y mayor dificultad de acceso, lo que exige cada vez más tecnología y energía para su extracción y transformación. De igual manera, se estima que existen reservas suficientes de uranio para cubrir la demanda en siglos venideros (NEA-IAEA, 2025). Con todo, se trata de recursos finitos en sentido estricto ya que la cantidad total disponible en el planeta está físicamente limitada.
Por su parte, aunque las energías renovables se basan en el aprovechamiento de flujos de energía o de materia que se regeneran por procesos planetarios o solares a un ritmo igual o superior al de su utilización, su condición de renovables no implica la ausencia de límites materiales a su explotación. Esto se debe a que su aprovechamiento requiere de infraestructuras y tecnologías construidas con otros recursos minerales no renovables y puede resultar en impactos irreversibles sobre la biodiversidad y los ecosistemas (Harjanne y Korhonen, 2019). Debe considerarse, en cualquier caso, que la infraestructura que permite el aprovechamiento de recursos energéticos no renovables, especialmente de combustibles fósiles, conlleva la utilización masiva de todo tipo de recurso minerales no renovables, así como afecciones a la biosfera a escalas mucho mayores que los impactos generados por las renovables..
En el contexto actual de las múltiples crisis del Antropoceno, y dada la aceleración en los procesos de transformación antrópica de los equilibrios climáticos del Holoceno, la cuestión de las energías renovables no tiene tanto que ver con su menor dependencia de recursos geológicamente finitos, sino que está fundamentalmente relacionada con la mitigación del cambio climático antes y, concretamente, con la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Las tecnologías renovables se caracterizan por emitir decenas de veces menos carbono equivalente (tCO2eq) a la atmósfera por cada unidad de energía útil generada que el carbón, el gas natural y el petróleo (NREL, 2021).
Por esta razón, las estrategias de mitigación del cambio climático a largo plazo pasan por aumentar a gran escala la proporción de energía renovable en el mix energético global y mejorar la eficiencia energética en todo tipos de procesos y sectores económicos que componen la demanda final de energía, además de reducir las emisiones asociadas a la transformación de ecosistemas y usos del suelo y las emisiones de gases de efecto invernadero diferentes del CO2 como el metano (CH4) y los gases fluorados (IPCC, 2023b). De hecho, casi cualquier escenario de consumo de energía y emisiones que proponga una reducción a gran escala de emisiones de gases de efecto invernadero compatible con los límites de calentamiento global del Acuerdo de París (2015) pasa por que prácticamente la totalidad de la energía consumida globalmente sea de origen renovable. Además, las fuentes primarias de energías renovables, que presentan bajos niveles de concentración territorial y que, en el caso de la radiación solar y el viento, tienen carácter de bien público casi puro, ofrecen condiciones más favorables para sistemas energéticos más descentralizados y con menores niveles de acumulación de la propiedad y del control sobre los procesos de generación y transformación de la energía.
A escala local, las comunidades energéticas basadas en la instalación y gestión de capacidad de infraestructura renovable de propiedad y gestión comunitaria constituyen, en la práctica, experiencias concretas de democracia y soberanía energética de gran relevancia. No obstante, su potencial transformador del sistema energético resulta por ahora limitado, ya que la propiedad de la infraestructura renovable sigue estando en gran medida en manos de grandes empresas energéticas en formas de instalaciones de gran tamaño y la contribución efectiva de las comunidades energéticas a la demanda final de energía continúa siendo muy reducida.
A escala nacional y regional, una mayor participación de tecnologías renovables basadas en recursos propios del territorio en el mix energético permite mayores niveles de seguridad energética para Estados y economías dependientes de combustibles fósiles importados.Se estima que las energías renovables representan actualmente solo el 15% del consumo de energía primaria global (Ritchie et al., 2020). Sin embargo, las predicciones indican que, para 2030, las renovables se convertirán en la principal fuente de energía a escala global y que aportarán casi el 45% de la generación mundial de electricidad. Este aumento esperado se debe fundamentalmente al crecimiento de la capacidad de generación de electricidad renovable por medio de las tecnologías solar fotovoltaica y eólica (IEA, 2025a). Sin embargo, aunque su porcentaje de contribución al mix energético global sigue acelerándose, no sería suficiente para cumplir con los objetivos del Acuerdo de París, ya que el consumo de combustibles fósiles continúa aumentando (IEA, 2025b) y se necesitaría triplicar la capacidad instalada de generación renovables en 2030 en comparación con 2022 (las tendencias actuales indican un factor de crecimiento esperado de 2,6 entre 2022 y 2030) (IEA, 2025a).
Ante este escenario de expansión de las renovables, debe tenerse en cuenta que las energías renovables no son climáticamente neutras. Considerando todas las emisiones asociadas a su ciclo de vida, es decir, la construcción, operación y desmantelamiento de las tecnologías e infraestructuras implicadas en la provisión de energía: se ha calculado que las fuentes renovables llevan asociadas unas emisiones de entre 10 y 50 gramos de CO2eq por kWh frente a los 500-1.000 gramos de CO2eq por cada kWh producido con carbón, petróleo o gas natural (NREL, 2021). En esta línea, cabe también considerar dos términos relacionados: las denominadas energías limpias (clean energy) y las energías bajas en carbono (low-carbon energy) por su carácter de tecnologías con niveles bajos de emisiones contaminantes, especialmente de gases de efecto invernadero, pero que en ningún caso están exentas de otros impactos socioambientales.
Estas denominaciones incluyen fuentes no renovables como la energía nuclear, cuyas emisiones estimadas de ciclo de vida por unidad de electricidad generada (gramos CO2eq por kWh) CO2eq son equivalentes a las de las energías renovables (NREL, 2021).En el contexto UE, esto ha significado su inclusión oficial, junto con el gas natural, en la taxonomía UE de energías para una transición energética sostenible, una decisión que ha sido ampliamente criticada desde ámbitos académicos y de la sociedad civil (Pieńkowski, 2024) dados los múltiples impactos asociados al ciclo de vida de la energía nuclear. Estos incluyen afecciones territoriales e hidrológicas derivadas de la minería del uranio para la obtención de combustible; elevado uso de agua de refrigeración y potencial de contaminación térmica de ecosistemas acuáticos; riesgo de accidentes de baja probabilidad pero de altísimo impacto, por su potencial para contaminar de forma persistente extensas superficies terrestres y acuáticas, como demuestran los accidentes de Chernóbil y Fukushima; y riesgos radiológicos asociados al almacenamiento y la gestión de residuos radiactivos durante miles de años.
Desde perspectivas críticas, se ha cuestionado además la efectividad real de la incorporación a gran escala de las renovables en el mix energético global. En esta línea, el historiador ambiental Jean-Baptiste Fressoz (2024) sostiene en su libro More and More and More: An All-Consuming History of Energy, que la historia energética de la humanidad sugiere que las nuevas tecnologías y fuentes energéticas fundamentalmente han servido para ampliar al mix energético global.Desde su perspectiva, las fuentes renovables no estarían reemplazando a los combustibles fósiles, sino posibilitando incrementos en el consumo total de energía y, por tanto, la denominada ‘transición energética’ sería más una dinámica de expansión y diversificación del sistema energético antes que un proceso de abandono efectivo de los combustibles fósiles (véase Transición ecosocial).
Por añadidura, se ha estimado que la sustitución a gran escala de toda la infraestructura de generación de energía a partir de combustibles fósiles con energías renovables llevaría asociada una cantidad significativa de emisiones derivadas de la propia construcción, operación y mantenimiento de toda esa nueva infraestructura energética renovable energético. En algunos escenarios, esa sustitución a gran escala absorbería una parte sustancial del presupuesto de carbono global restante para alcanzar el objetivo de aumento máximo de temperaturas globales a 1,5º C por encima de niveles preindustriales según el Acuerdo de París (Slameršak et al., 2022). Una lectura de estas predicciones en clave de decrecimiento o postcrecimiento indicaría que una transición energética que evitara la superación de ese límite planetario implicaría tanto una sustitución de casi completa de los combustibles fósiles por energías renovables como una reducción significativa del consumo global de energía y, por tanto, una reorganización a gran escala de los sistemas energéticos tanto por el lado de la oferta como de la demanda.
Por último, desde una perspectiva de justicia ecológica, cabe considerar los impactos de las energías renovables sobre seres y entidades biológicas no humanas. Son conocidos los impactos sobre la avifauna de la energía eólica y la erosión de la biodiversidad por transformación de ecosistemas naturales para la producción de biocombustibles. Estos impactos se explican, en parte, por la baja densidad energética (power density) por unidad de superficie (es decir, los kWh por metro cuadrado de territorio utilizado) de las energías renovables, que hacen que ocupen superficies extensas para generar cantidades relativamente pequeñas de energía comparado con la energía basada en combustibles fósiles (Harjanne y Korhonen, 2019). Debe considerarse, por otro lado, que hay otros impactos a la biodiversidad de origen antrópico de mayor relevancia que las tecnologías renovables, como es el caso de las muertes de aves por gatos domésticos, y que el cambio climático supone una amenaza a gran escala a especies y ecosistemas (MIT Climate Portal, 2023). Por supuesto, la escala y relevancia de los impactos de las energías renovables sobre ecosistemas y vidas no humanas palidecen en comparación con a los debidos a los sistemas energéticos basados en combustibles fósiles.
Bibliografía:
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Fressoz, J.-B. (2024). More and more and more: An all-consuming history of energy. Allen Lane, an imprint of Penguin Books.
Harjanne, A., & Korhonen, J. M. (2019). Abandoning the concept of renewable energy. Energy Policy, 127, 330-340. https://doi.org/10.1016/j.enpol.2018.12.029
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Pieńkowski, D. (2024). Is nuclear energy really sustainable? A critical analysis on the example of the Polish energy transition plan. Energy for Sustainable Development, 78, 101376. https://doi.org/10.1016/j.esd.2024.101376
Ritchie, H., Roser, M., & Rosado, P. (2020). Renewable Energy Published online at OurWorldinData.org. Retrieved from: «https://ourworldindata.org/renewable-energy» [Online Resource]. OurWorldinData.org. https://ourworldindata.org/renewable-energy
Slameršak, A., Kallis, G., & O’Neill, D. W. (2022). Energy requirements and carbon emissions for a low-carbon energy transition. Nature Communications, 13(1), 6932. https://doi.org/10.1038/s41467-022-33976-5