Darwinismo social

Carmen Real Pascual 

Habitualmente se define el darwinismo social como un conjunto de teorías que trasladan las ideas de la evolución propias de la biología (sobre todo, aunque no solo, del darwinismo) a la demografía, la sociología, la economía política y el derecho. De esta manera, conceptos como “selección natural”, “supervivencia del más apto” o “evolución” se aplican a poblaciones humanas formando diferentes teorías de la evolución social, con variaciones en la sociobiología y la psicología evolutiva que aquí no se abordarán. Todo ello tiene como premisa implícita una ontología diferencial de la naturaleza: la idea de que la naturaleza existe como realidad separada y diferente de “lo humano” (cultura, sociedad, etc.); así, se justifica una praxis que pretende que el orden social sancione el natural, asumiendo que este último se expresa a través de la competición. En definitiva, para comprender el impacto del darwinismo social, es necesario examinar su relación histórica con el liberalismo económico, su interacción con el darwinismo y sus consecuencias teóricas y políticas, así como su papel en la presente crisis ecosocial. 

El darwinismo social ha sido el sustrato ideológico del capitalismo, ligado estrechamente al liberalismo económico desde sus inicios. A finales del XVIII y principios del XIX, Reino Unido estaba consolidando una economía colonial y extractivista que aceleraba la industrialización de las ciudades. La Revolución Industrial paralela a los “Enclosure Acts”, que permitieron la privatización de las tierras comunales (véase bienes comunes), causaron profundas dislocaciones sociales; así, el campesinado migró y se vio rápidamente transformado en proletariado urbano, en ciudades donde la industria no pudo absorber la afluencia de trabajadores: fue un periodo marcado por bajos salarios, condiciones insalubres, pobreza y dependencia de las ayudas del Estado, conocidas como “Poor Laws” (Polanyi, 1989). En este contexto, en 1798 Robert Malthus publica su Ensayo sobre el principio de la población (1846), un texto que busca explicar la pobreza que asolaba al Reino Unido mediante lo que se denominaría la “Ley de Malthus”. Brevemente, afirmaba que la población crece a razón geométrica, trazando una curva exponencial, mientras que la producción de alimentos lo hace aritméticamente, de manera lineal (1846): es decir, el escenario de escasez se debía, según Malthus, a que los pobres se reproducen más rápido de lo que producen alimentos. Esta teoría disfrazada de ley natural pretendió justificar políticas de natalidad contra los pobres y promover la derogación de las “Poor Laws” asistencialistas, que retrasaban la selección natural, dando un primer paso en la naturalización de las desigualdades socioeconómicas. 

Aunque las ideas de Malthus sentaban las bases del darwinismo social, propiamente fue Herbert Spencer quien dio forma a esta ideología. Spencer conocía tanto las ideas predarwinianas lamarckianas (véase darwinismo), como el liberalismo político y económico clásico y era un atento lector de la primera sociología de Auguste Comte, que marcó su obsesión por descubrir una ley natural que explicase no solo la evolución de los animales, sino también de los individuos humanos y las civilizaciones. La lectura de El origen de las especies le llevó a formular la idea de “supervivencia del más apto”, plasmada en su obra Principles of Biology de 1864 y que Darwin no dudó en incluir en su edición del Origen de las especies de 1869 (Foster, 2000; Sandín, 2000). Como consecuencia, la relación de Darwin con el darwinismo social ha suscitado numerosas preguntas, como cuánto de darwinismo social hay en Darwin o si el darwinismo es, en sí mismo, social e ideológico; no obstante, estas cuestiones no se abordarán aquí (para ello, Sandín, 2000). En cualquier caso, la lectura de Darwin hizo que Spencer consolidase sus ideas sobre la evolución de la sociedad humana (más bien lamarckianas) en The Principles of Sociology de 1876. Spencer afirmaba que las sociedades se asemejan a organismos que evolucionan teleológicamente, de organizaciones simples y homogéneas a sistemas complejos y diferenciados. La teoría, en principio organicista (véase organicismo), era un modo de mecanicismo biologicista (véase mecanicismo) que justificaba las desigualdades sociales como el resultado natural del proceso de selección de los más aptos. Concluía, al igual que Malthus, que el Estado debía fomentar el libre cambio e intervenir lo mínimo posible para mitigar las desigualdades, ya que esto podía frenar el proceso evolutivo derivado de la competición. La relación entre biología y economía estaba meticulosamente trazada: el mercado era el lugar en el que las sociedades debían competir por recursos limitados, con lo que la burguesía había encontrado una ideología que naturalizaba sus privilegios económicos. Sus ideas también fueron aplicadas al proceso colonial para justificar ideológicamente el imperialismo como un desarrollo expansivo “natural” de las potencias europeas, consideradas más avanzadas a escala individual (el ciudadano del Estado moderno) y social (los propios Estados como estructura social). 

En relación con esta vertiente racista, las consecuencias biopolíticas de la consolidación del darwinismo social son bien conocidas: a finales del siglo XIX, el primo de Darwin, Francis Galton (y más tarde Karl Pearson, ambos estadísticos), acuñó el término “eugenesia” para referirse al estudio de la selección natural de la “raza humana”, que pretendía acelerar artificialmente fomentando la natalidad de los individuos más aptos (con mejores rasgos hereditarios) y desincentivando la restante. Esto se tradujo en un clasismo que suponía superiores a las clases altas y pronunciaba una crítica fuerte a las políticas asistencialistas que, protegiendo a los estratos sociales inferiores, frenaban la selección natural de “los mejores”. Bajo este paraguas científico, a lo largo del siglo XX la eugenesia se convirtió en una práctica política de consecuencias desoladoras: se recurrió a la categoría de “raza”, un concepto ideológico y sin fundamento científico, para justificar la promoción de la natalidad de las consideradas poblaciones superiores (habitualmente la blanca, burguesa y sexualmente normativa) y la eliminación de las inferiores. Si bien el programa eugenésico nazi es el más conocido, estas prácticas comenzaron en Inglaterra y Estados Unidos y tuvieron presencia entre las clases medias y altas de la mayor parte de países (Álvarez Peláez, 1999), como el caso sonado del control de la natalidad inuit en Groenlandia, por el que Dinamarca se disculpó tan solo tras la denuncia de un grupo de mujeres afectadas en 2024 (Gelis Pons, 2024). En muchos de estos casos se llevaron a cabo prácticas eugenésicas negativas, es decir: la esterilización, implementación de anticonceptivos a menudo sin consentimiento, la segregación racial o la prohibición de los matrimonios interraciales, entre otras medidas. 

Donde el darwinismo social eugenésico había encontrado un chivo expiatorio a través del concepto de “raza”, el malthusianismo reformado del siglo XX descubrió un aliado en el anarquismo y el feminismo, constituyéndose como “neomalthusianismo”. La tesis de que la miseria era consecuencia de la sobrepoblación proletaria había calado tanto que los anarquistas españoles de principios de siglo la dieron por válida y promovieron una serie de revistas (principalmente en Cataluña y con autores como Gregorio Marañón o Luis Bulffi de Quintana) que buscaban promover el control de la natalidad entre el proletariado: si los obreros sufrían condiciones insalubres por culpa del crecimiento demográfico, era cuestión de clase promover la “procreación consciente” y el conocimiento de los métodos anticonceptivos como medio para frenar la pobreza (Molero-Mesa et al., 2018). Con este espíritu se fundó en París en el año 1900 (en el domicilio de Francisco Ferrer Guardia, anarquista catalán) la Federación Universal de la Liga de la Regeneración Humana, una asociación neomalthusiana con secciones y publicaciones académicas en España, Portugal, Italia, Estados Unidos, Argentina, Chile y otros países. Más allá del anarquismo, muchas feministas, como Nelly Roussel o Madeleine Pelletier, encontraron en el neomalthusianismo una forma de emancipación de la mujer, como la “maternidad consciente”, el control de la natalidad para acabar con la pobreza, los métodos anticonceptivos e incluso el aborto y la educación sexual no reproductiva (Cova, 2015). Para estas posturas el neomalthusianismo era políticamente ambiguo y potencialmente emancipador: de hecho, autoras del ecofeminismo contemporáneo tienen ideas cercanas al neomalthusianismo feminista, como Donna Haraway con su famoso slogan “¡Haz parentesco, no bebés!” (2016, p. 103), entendiendo «parentesco” como una relación multiespecie. 

A lo largo del siglo XX, además de ciertos anarquismos y feminismos, también las élites económicas continuaron promoviendo la ideología del darwinismo social a través del neomalthusianismo, alimentando la creencia de que la sobrepoblación es un problema de seguridad global (Arcos, 2025). La preocupación de estas élites no tenía que ver con la emancipación del proletariado, ni de la mujer proletaria, sino con las altas tasas de natalidad de los países del Sur global que leían como una potencial amenaza (algo que en la actualidad recuerda a las teorías conspiranoicas del Gran Reemplazo). Entre estos actores destacan la Fundación Rockefeller o la Fundación Ford, que financiaron numerosas investigaciones y entidades para el estudio del crecimiento demográfico y la contención del crecimiento poblacional en América Latina (como el “Population Council”), muchas asociadas a la ONU (Arcos, 2025). El resultado fue la creación de una red de investigación que compartía las ideas neomalthusianas y sus tecnologías anticonceptivas desde el Norte global al Sur global, destacando como ejemplo la intervención y financiación de los programas de planificación familiar en Chile en la década de 1960 (Arcos, 2025). 

El ecologismo tampoco ha escapado al debate sobre la problematización de la sobrepoblación, el cual cobró especial relevancia dada la consciencia sobre los límites biofísicos del planeta. Numerosos autores y autoras abordaron la cuestión en los años 50’ y 60’, entre los que destacan The population bomb, de Paul R. Ehrlich en 1968, que anunciaba una hambruna general en los años 70’ u 80‘ que nunca tuvo lugar, así como La tragedia de los comunes, de Garret Hardin, publicado el mismo año. Este segundo es un texto clave (criticado con contundencia, por ejemplo, por Elinor Ostrom) de la literatura sobre bienes comunes, pero también es heredero del darwinismo social, al sostener que “el problema de la contaminación es una consecuencia de la población” (2004, p. 15) y de su crecimiento geométrico, postulado que extrae directamente de Malthus (p. 11). Si bien la preocupación es legítima, el autor cae rápidamente en la pendiente racista y clasista que caracteriza la mayor parte de su obra: según Hardin, la hegemonía de los Estados de Bienestar hace que los Estados se responsabilicen del cuidado de los hijos de aquellos padres que no tienen recursos para mantenerlos por sí mismos. Como consecuencia, no se les “castiga” de manera natural (un eufemismo del autor para decir que no mueren), causando una situación de sobrepoblación, ya que en condiciones normales la mayor parte de la descendencia de los pobres (se refería principalmente a las poblaciones del Sur global) recibiría el golpe de la selección natural (p. 16). Propuestas como estas desde ciertos sectores del ecologismo han evolucionado y se han terminado recogiendo bajo el rótulo de “ecofascismo” o “ecoautoritarismo”, que son, en última instancia, aplicaciones “ecologistas” del darwinismo social. 

Hay críticas numerosas y tajantes al darwinismo social y al malthusianismo dentro de los debates del ecologismo. Destaca la bióloga Lynn Margulis, cuya teoría endosimbiótica desafió las ideas tradicionales de “competencia” y “lucha del más fuerte” tanto en el neodarwinismo como en el darwinismo social, al evidenciar el papel de la cooperación en el proceso evolutivo (véase Gaia). También John Bellamy Foster, que apunta al carácter ideológico y racista del darwinismo social: el problema de la escasez no sería la consecuencia directa de la situación demográfica, sino de la distribución de los recursos (2000). Por lo tanto, la solución pasaría por una transformación del sistema productivo, que debería atender a los límites biofísicos del planeta (véase agroecologíaecosocialismo y decrecimiento). Los datos sobre la creciente desigualdad socioeconómica y del crecimiento global de la población, que no muestra una función exponencial, sino logística (es decir, una paulatina estabilización que se estima, en el peor de los casos, en no más de once mil millones de personas), parecen avalar esta postura: la población no es un problema en sí, sino relativo al sistema productivo (Population Explorer, 2025; United Nations, 2024). En definitiva, la crítica señala las teorías del darwinismo social como especulativas y orientadas a naturalizar un orden económico capitalista y sus políticas racistas y clasistas. 

Bibliografía: 

Álvarez Peláez, R. (1999). Introducción. En Dossier: Estudios sobre eugenesia (Vol. 51, Núm. 2). Asclepiohttps://doi.org/10.3989/asclepio.1999.v51.i2  

Arcos, J. C. (2025). Diplomacia científica y neomalthusianismo: el rol de la Fundación Rockefeller en los inicios de la planificación familiar chilena. Topoi (Rio de Janeiro)26https://doi.org/10.1590/2237-101×02605616  

Cova, A. (2015). Feminismos y neomaltusianismos durante la Tercera República francesa: «la libertad de maternidad» (E. Permanyer Medina, Trad.). Grupo Deméter / Trabe. 

Darwin, C. (1921). El origen de las especies por medio de la selección natural (A. de Zulueta, Trad.). Calpe.  

Foster, J. B. (2000). La ecología de Marx. Materialismo y naturaleza (C. Martín & C. González, Trads.). Monthly Review Press. 

Haraway, D. J. (2016). Staying with the trouble. Duke University Press. 

Hardin, G. (2004). La tragedia de los comunes (Trad. Horacio Bonfil Sánchez. Gaceta Ecológica, núm. 37, Instituto Nacional de Ecología, México, 1995). CULCyT: Cultura Científica y Tecnológica, 1(3), 1–10. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7270922 

Malthus, T. R. (1846). Ensayo sobre el principio de la población (J. M. Noguera & J. Miquel, Trads.; E. M. del Valle, Director). Establecimiento Literario y Tipográfico de D. Lucas González y Compañía. 

Molero-Mesa, J., Jiménez-Lucena, I., & Tabernero-Holgado, C. (2018). Neomalthusianismo y eugenesia en un contexto de lucha por el significado en la prensa anarquista española, 1900-1936. História, Ciências, Saúde-Manguinhos25(suppl 1), 105–124. https://doi.org/10.1590/s0104-59702018000300007 

Gelis Pons, O. (2024, 14 de marzo). La denuncia de 143 mujeres contra Dinamarca por colocarles anticonceptivos a la fuerza: «No pueden esperar más». elDiario.es. https://www.eldiario.es/desalambre/denuncia-143-mujeres-dinamarca-colocarles-anticonceptivos-fuerza-no-esperar_1_10989720.html 

Polanyi, K. (1989). La gran transformación: Crítica del liberalismo económico (J. Várela & F. Álvarez-Uría, Trads.). Ediciones de La Piqueta. 

Population Explorer. (2025). Population Matters. https://explore.populationmatters.org/ 

Sandín, M. (2000). Sobre una redundancia: el Darwinismo social. Asclepio52(2), 27–50. https://doi.org/10.3989/asclepio.2000.v52.i2.206 

United Nations (2024). World Population Prospects 2024: Summary of Results. UN DESA/POP/2024/TR/NO. 9. New York: United Nations. 

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