Organicismo

Francisco Javier Navarro Prieto

El organicismo es una corriente filosófica y científica que entiende ciertas realidades complejas —como los organismos, las sociedades o incluso la naturaleza en su conjunto— como totalidades organizadas cuyas partes solo pueden comprenderse adecuadamente por referencia al conjunto en el que se integran. Frente a las explicaciones que reducen estas totalidades a una mera suma de elementos independientes, el organicismo sostiene que las relaciones entre las partes desempeñan un papel constitutivo y que el todo posee propiedades y dinámicas que no pueden explicarse completamente mediante el análisis aislado de sus componentes.

El término tiene una larga historia y no designa una doctrina única. En distintos momentos ha servido para describir una concepción del cosmos, una teoría de los organismos, una interpretación de la sociedad o una determinada manera de entender las obras de arte y los fenómenos psicológicos. Pese a esta diversidad, todas estas formas de organicismo comparten la idea de que la organización y las relaciones entre las partes son tan importantes como los elementos que componen una totalidad.

Las raíces del organicismo, podría decirse, se remontan a la Antigüedad. Ya en algunas corrientes de la filosofía griega aparece la idea de que el universo constituye una totalidad viviente y ordenada. Esta concepción alcanza una formulación especialmente influyente en el Timeo de Platón, donde el cosmos es presentado como un gran ser vivo dotado de orden y estructura interna. El mundo no aparece como una agregación accidental de elementos, sino como una realidad integrada cuyas partes encuentran su lugar dentro de un conjunto más amplio. Esta imagen del universo como organismo ejerció una influencia duradera sobre la filosofía antigua, medieval y renacentista.

Durante el Renacimiento, autores como Marsilio Ficino, Tommaso Campanella o Giordano Bruno recuperaron diversas versiones de esta visión organicista de la naturaleza. En muchos casos, la idea de un cosmos vivo se vinculaba a concepciones animistas (véase Animismo) o a la creencia en una correspondencia entre el microcosmos humano y el macrocosmos universal. Sin embargo, el desarrollo de la ciencia moderna fue desplazando progresivamente esta imagen. La revolución científica de los siglos XVI y XVII promovió una interpretación mecanicista de la naturaleza según la cual el mundo debía entenderse por analogía con una máquina. Frente al organismo, el reloj se convirtió en la metáfora dominante para comprender el universo (Ruse, 2021).

Precisamente como reacción a esta expansión del mecanicismo surgieron nuevas formas de organicismo. A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, autores vinculados al romanticismo alemán, como Goethe o Schelling, defendieron que la naturaleza no podía comprenderse exclusivamente mediante modelos mecánicos. Frente a la imagen de un mundo compuesto por piezas externas entre sí, insistieron en la existencia de procesos de desarrollo, autoorganización e integración que recordaban más al crecimiento de un organismo que al funcionamiento de una máquina. Esta tradición romántica ejerció una influencia considerable sobre la filosofía, la biología, la teoría social y la estética del siglo XIX (Richards, 2003).

Un antecedente especialmente importante para el organicismo moderno fue Immanuel Kant. En la segunda parte de la Crítica del juicio, Kant llamó la atención sobre una característica distintiva de los organismos: en ellos, las partes existen unas por medio de otras y para otras. Mientras que en una máquina los componentes son ensamblados desde el exterior, en un organismo las partes participan en la producción y mantenimiento del conjunto del que forman parte. Kant no consideró que esta observación permitiera formular una teoría científica completa de la vida, pero sí identificó un problema que marcaría buena parte de las discusiones posteriores sobre la naturaleza de los seres vivos (Kant, 1790).

A lo largo del siglo XIX, el organicismo adquirió múltiples significados. En sociología y teoría política apareció el llamado organicismo social, que utilizaba la analogía entre organismo y sociedad para explicar la interdependencia de las instituciones sociales. Autores como Herbert Spencer compararon las sociedades complejas con organismos compuestos por partes diferenciadas que desempeñan funciones específicas. Más tarde, Émile Durkheim empleó ideas similares para analizar la división del trabajo y la solidaridad en las sociedades modernas (Spencer, 1860; Durkheim, 1893).

Esta analogía social tuvo consecuencias políticas muy diversas. En algunos casos fue utilizada para defender modelos jerárquicos y conservadores de organización social (véase Darwinismo social), como ocurrió en ciertas interpretaciones de Herbert Spencer que concebían la intervención estatal como una perturbación del desarrollo espontáneo del organismo social. En otros, sirvió para justificar reformas destinadas a proteger a los miembros más vulnerables de la comunidad, por ejemplo en el pensamiento de Leonard Hobhouse y otros defensores del New Liberalism británico, que apelaban a la interdependencia social para defender medidas de bienestar y protección pública. Como ha mostrado la historiografía reciente, el organicismo social no estuvo asociado a una única orientación política, sino que fue empleado por corrientes muy distintas para destacar la interdependencia entre individuos y grupos dentro de una comunidad más amplia (Kucich, 2019).

El organicismo también desempeñó un papel importante en la teoría estética y literaria. Desde el romanticismo, muchas obras artísticas comenzaron a interpretarse como organismos en los que cada elemento contribuye al desarrollo interno del conjunto. La noción de “forma orgánica” se convirtió en una alternativa a las concepciones más rígidas de la composición artística. Una obra lograda no sería aquella construida mediante la aplicación externa de reglas, sino aquella cuya estructura emerge de manera coherente a partir de su propio desarrollo interno. Esta idea ejerció una influencia considerable sobre la crítica literaria y artística de los siglos XIX y XX (Kucich, 2019).

En psicología, el término ha tenido al menos dos usos distintos. Por una parte, ha designado enfoques holistas que sostienen que ciertos fenómenos mentales deben estudiarse como configuraciones organizadas y no como agregados de elementos independientes. La psicología de la Gestalt constituye un ejemplo paradigmático de esta orientación. Por otra parte, el término también se ha utilizado para destacar la importancia de los factores orgánicos y fisiológicos en la explicación de la conducta y los procesos mentales. Aunque estos dos sentidos son diferentes, ambos comparten la idea de que los fenómenos psicológicos dependen de estructuras organizadas que no pueden reducirse fácilmente a elementos aislados.

No obstante, el ámbito en el que el organicismo adquirió una formulación más precisa fue la biología. Entre finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX surgió una importante corriente organicista que intentó ofrecer una alternativa tanto al mecanicismo como al vitalismo. El mecanicismo sostenía que los organismos podían explicarse completamente mediante los mismos principios que gobiernan los sistemas físicos ordinarios. El vitalismo, por el contrario, afirmaba que los seres vivos poseían algún principio especial o fuerza vital irreductible a la materia. Los organicistas rechazaron ambas posiciones: aceptaban que los organismos son entidades materiales, pero sostenían que su organización introduce problemas explicativos específicos que no pueden resolverse mediante una simple reducción a la física o la química (Nicholson y Gawne, 2015). Así, autores como J. S. Haldane, E. S. Russell, Joseph Needham, Ludwig von Bertalanffy, Paul Weiss o C. H. Waddington defendieron distintas versiones de esta perspectiva. Aunque diferían en muchos aspectos, compartían la convicción de que el organismo debía ocupar un lugar central en la explicación biológica. Frente a la tendencia a estudiar componentes cada vez más pequeños de los sistemas vivos, insistieron en la necesidad de comprender cómo esos componentes se integran en totalidades organizadas (Nicholson y Gawne, 2015).

Como se ha visto hasta ahora, el organicismo ha sido aplicado a ámbitos muy distintos. No obstante, fue en la biología donde estas intuiciones alcanzaron su formulación más rigurosa y sistemática. Conceptos como totalidad organizada, interdependencia funcional o irreductibilidad del conjunto fueron desarrollados originalmente para comprender qué distingue a un organismo de una simple agregación de partes. Por ello, examinar brevemente el organicismo biológico permite entender con mayor claridad los principios que caracterizan al organicismo en general.

La idea central del organicismo biológico puede resumirse en tres principios. El primero es la prioridad de la organización. Los organismos están compuestos por moléculas, células y tejidos, pero lo que los convierte en seres vivos no es la naturaleza de esos componentes considerados aisladamente, sino la manera en que se encuentran organizados. Desde esta perspectiva, la vida no es una sustancia especial, sino una determinada forma de organización de la materia (Needham, 1936; Bertalanffy, 1933).

El segundo principio es la irreductibilidad relativa de las totalidades organizadas. Los organicistas no negaban la importancia de los componentes físicos o químicos de los organismos, pero sostenían que el conocimiento de esos componentes no basta por sí solo para explicar todas las propiedades del sistema completo. Algunas características aparecen únicamente cuando los elementos interactúan dentro de una organización determinada. Por ello, la explicación biológica exige estudiar tanto las partes como las relaciones que mantienen entre sí (Gilbert y Sarkar, 2000).

El tercer principio es la interdependencia entre partes y todo. En un organismo, las partes contribuyen al funcionamiento del conjunto, pero el conjunto también condiciona el comportamiento de las partes. Esta relación recíproca distingue a los sistemas orgánicos de los agregados simples y explica por qué conceptos como función, regulación, desarrollo o adaptación ocupan un lugar central en las ciencias biológicas (Gilbert y Sarkar, 2000).

Durante buena parte del siglo XX, el auge de la genética molecular y de los enfoques reduccionistas relegó parcialmente al organicismo a un segundo plano. Sin embargo, muchas de sus intuiciones reaparecieron posteriormente en áreas como la teoría general de sistemas, la biología de sistemas, la biología evolutiva del desarrollo o la epigenética, que estudia cómo factores celulares y ambientales pueden influir en la actividad de los genes sin alterar la secuencia del ADN. En estos contextos se ha vuelto a destacar la importancia de la organización, las interacciones entre niveles y el estudio de los organismos como sistemas complejos integrados. Así, por ejemplo, fenómenos como el desarrollo embrionario o la regulación génica suelen entenderse hoy como el resultado de redes de interacción entre genes, células, tejidos y entorno, y no como la simple ejecución de instrucciones contenidas en genes aislados (Bertalanffy, 1968; Gilbert y Sarkar, 2000).

Pese a la diversidad de las manifestaciones históricas que se han señalado hasta ahora, es posible identificar algunos rasgos comunes a la mayoría de las concepciones organicistas. En primer lugar, la convicción de que ciertas realidades deben entenderse como totalidades organizadas y no como simples agregados de elementos independientes. En segundo lugar, la idea de que las relaciones entre las partes son tan importantes como las partes mismas. Y, en tercer lugar, la tesis de que el análisis de los componentes de un sistema, aunque necesario, no siempre basta para comprender las propiedades del conjunto.

En suma, podría concluirse que el organicismo no designa una doctrina única, sino una amplia familia de enfoques presentes en la filosofía, la biología, la sociología, la psicología y la teoría estética. Desde las antiguas concepciones del cosmos como un ser vivo hasta las actuales investigaciones sobre sistemas complejos, el hilo conductor ha sido la búsqueda de modelos capaces de explicar cómo surgen unidades organizadas a partir de la interacción de múltiples elementos. Su importancia histórica reside en haber ofrecido una alternativa recurrente a las formas más estrictas de reduccionismo y mecanicismo, recordando que muchos fenómenos no pueden comprenderse únicamente mediante el análisis de sus componentes aislados. Desde los organismos vivos hasta las sociedades humanas, el organicismo ha insistido en que las relaciones que vinculan las partes son tan relevantes como las propias partes y que, en numerosos casos, comprender el todo constituye una condición necesaria para comprender adecuadamente sus elementos.

Bibliografía:

Bertalanffy, L. von. (1933). Modern Theories of Development: An Introduction to Theoretical Biology. Oxford University Press.

Bertalanffy, L. von. (1968). General System Theory. George Braziller.

Durkheim, É. (1893). De la division du travail social. Félix Alcan.

Gilbert, S. F. & Sarkar, S. (2000). Embracing complexity: Organicism for the 21st century. Developmental Dynamics, 219(1), 1–9.

Kant, I. [1790](2012). Crítica del juicio. Traducción de Roberto R. Aramayo y Salvador Mas. Alianza Editorial.

Kucich, J. (2019). Organicism. Victorian Literature and Culture, 46(3–4), 791–795.

Needham, J. (1936). Order and Life. Yale University Press.

Nicholson, D. J. & Gawne, R. (2015). Neither logical empiricism nor vitalism, but organicism: What the philosophy of biology was. History and Philosophy of the Life Sciences, 37(4), 345–381.

Platón. (1992). Timeo. En Diálogos VI: Filebo, Timeo, Critias. Traducción de Francisco Lisi. Gredos.

Richards, R. J. (2003). The Romantic Conception of Life. University of Chicago Press.

Ruse, M. (2021). A Philosopher Looks at Human Beings. Cambridge University Press.

Spencer, H. (1860). The Social Organism. Westminster Review, 73, 90–121.

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