GRAN ACELERACIÓN

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Carolina Yacamán Ochoa

La Gran Aceleración hace referencia al fenómeno de rápidas transformaciones socioeconómicas y biofísicas que se iniciaron a partir de mediados del siglo XX como consecuencia del enorme desarrollo tecnológico (véase tecnología) y económico que se dio tras la Segunda guerra mundial (Aguado, 2017). Fue utilizado metafóricamente por primera vez en la Conferencia Dahlem, en 2005, en un grupo de trabajo sobre la historia de la relación entre el ser humano y el medio ambiente:

«Las tendencias en las emisiones de dióxido de carbono (CO2) y los cambios de temperatura asociados también sugieren una rápida aceleración de los impactos humanos en la atmósfera en los últimos 50 años. Estos y muchos otros cambios demuestran un aumento distintivo en las tasas de cambio en muchas interacciones humano-ambiente como resultado del impacto humano amplificado en el medio ambiente después de la Segunda Guerra Mundial, período al que denominamos la “Gran Aceleración” (Hibbard et al., 2007, p-342)».

En el año 2005, en analogía con el análisis de Karl Polanyi de la Gran Transformación, el investigador Will Steffen –del Centro de Resiliencia de Estocolmo–, junto con otros autores, empezaron a utilizar el término en los círculos científicos para describir los cambios biofísicos y climáticos globales (véase cambio global) causados por un proceso multidimensional antropogénico a partir de 1950 (Steffen et al., 2007).

Este periodo de inflexión del Sistema Terrestre coincide con las mayores tasas de crecimiento económico de la historia del capitalismo, con el inicio de la Revolución Verde y la industrialización de la agricultura, el consiguiente éxodo rural y la explosión demográfica y su concentración en las zonas urbanas. Es, por lo tanto, un momento crucial en la historia de nuestro planeta, marcado por el cambio del carbón al petróleo como elemento central del metabolismo energético, así como por la deslocalización de los procesos de producción y consumo asociados al proceso de globalización económica (véase externalización). Esto provocó el inicio de una trayectoria de cambio sin precedentes, que tiene implicaciones significativas no sólo en las condiciones atmosféricas y climáticas del Sistema Terrestre, sino en su estructura y funcionamiento (Ellis, 2018).

El término de Gran Aceleración se sustenta en el estudio de una serie de indicadores socioeconómicos y biofísicos. Inicialmente se escogieron 24 indicadores, que fueron elaborados como parte del Programa Internacional de la Geosfera-Biosfera (IGBP) durante el periodo 1999-2003. Posteriormente, investigadores del Centro de Resiliencia de Estocolmo redujeron y actualizaron estos indicadores a 12 y disgregaron la información entre países de rentas altas y bajas (Steffen et al., 2015). El análisis de los indicadores socioeconómicos (entre 1750 y 2010) muestra que, alrededor de mediados del siglo XX, casi todas las actividades humanas habían experimentado un aumento particularmente brusco: la población total y la urbana, el crecimiento económico, el uso de energía y agua, así como el consumo de fertilizantes. El aumento del transporte, las telecomunicaciones, el turismo internacional y la inversión extranjera también son indicadores reveladores del alto grado de conectividad global. 

Las tendencias durante este mismo periodo muestran un cambio global en las condiciones biofísicas del Sistema Terrestre, que coinciden con el crecimiento exponencial de ciertos indicadores socioeconómicos. Existe un aumento creciente de las emisiones de dióxido de carbono, de óxido nitroso, de ozono estratosférico, de la temperatura de la superficie terrestre, de la acidificación de los océanos, de la pérdida de bosque tropical, así como una extensión considerable del suelo destinado a la agricultura y a usos forestales, entre otras variables. Al mismo tiempo, se produce un incremento en el uso de compuestos sintéticos como el plástico y la producción de hormigón, la disminución de la biodiversidad y la translocación de especies como consecuencia de los cambios de uso del suelo, la reducción del caudal de los ríos, el aumento del nivel del mar y el aumento de la hipoxia costera (Syvitski et al., 2020).

Las conclusiones más relevantes de las gráficas de la Gran Aceleración revelan que el cambio ambiental global ha sido impulsado por diversas fuerzas antropogénicas que están alterando significativamente la capacidad de resiliencia del Sistema Terrestre. Además, se observa una marcada tendencia creciente en la magnitud, escala e intensidad de la huella ecológica, cuya atribución no puede ser vinculada a la variabilidad natural. 

La presión ejercida por la actividad humana está llevando al Sistema Terrestre a alejarse cada vez más de la condición de equilibrio del Holoceno (Bertolami y Francisco, 2018), una época geológica caracterizada por un periodo de estabilidad climática que permitió la vida de las sociedades humanas y la biodiversidad en nuestro planeta. Esta tendencia también coincide con la activación de determinados puntos críticos del Sistema Terrestre, que están aproximándose a sus puntos de inflexión (tiping points), lo que puede provocar una respuesta irreversible en el clima, los ecosistemas y las sociedades humanas. Entre estos, se destaca la aceleración en la pérdida de hielo en Groenlandia y la Antártida Occidental, el aumento de la sequía en la selva amazónica, la desaceleración de la circulación del Atlántico desde la década de 1950, el inicio del descongelamiento del permafrost y el aumento de incendios y ataques de plagas en los bosques boreales (Lenton et al. 2019).

Asimismo, es relevante destacar que las interacciones entre los diversos factores socioeconómicos poseen un efecto acumulativo y en cascada, cuyas consecuencias pueden ser desconocidas y escapar al control humano. En este sentido, se evidencia que los impactos humanos, aunque presentan una historia prolongada que se remonta al Pleistoceno Tardío, no adquirieron un carácter abrumador como fuerza ambiental global hasta mediados del siglo XX (Head et al., 2022).

La discusión científica sobre la Gran Aceleración es importante por dos razones principales. Primero, porque proporciona una narrativa para explicar un nuevo intervalo de la historia más reciente de la Tierra, al mismo tiempo que establece el marco que permite colocar en contexto la magnitud de los impulsores críticos del sistema Tierra, entre los que destaca el uso creciente de los combustibles fósiles. En segundo lugar, para demandar responsabilidad por la inestabilidad del Sistema Terrestre, que ha sido ocasionada, en gran medida, por una fracción de la población humana que habita en países de rentas altas, con unos niveles de consumo insostenibles y a costa de políticas extractivas en otros países del Sur global.

La importancia de la Gran Aceleración para diversos científicos radica en que proporciona una base cuantitativa para definir una nueva época geológica en la historia de la Tierra, conocida como el Antropoceno (Zalasiewicz et al., 2014; Steffen et al., 2015; Waters et al., 2018; Head et al., 2022). No obstante, no existe consenso científico en cuanto al origen exacto del Antropoceno, ya que otros investigadores sitúan su inicio cerca de finales del siglo XVIII, coincidiendo con el comienzo de la Revolución Industrial y la invención de la máquina de vapor (Crutzen y Stoermer, 2000). Los gráficos de la Gran Aceleración, sin embargo, muestran que la rápida transformación en las relaciones humanas con el mundo natural se inicia a partir de la década de 1950. Esto sugiere que la aceleración de los cambios planetarios y el aumento exponencial de las actividades humanas son factores determinantes en la transición hacia el Antropoceno (Steffen, 2022). 

En este contexto, la Gran Aceleración se presenta como un marcador crucial que señala el inicio de una nueva era geológica dominada por la influencia humana sobre el Sistema Terrestre. Sin embargo, el concepto de Gran Aceleración ha recibido poca atención mediática, al contrario del Antropoceno. Seguramente, una de las razones que explican la falta de interés, según Jorge Riechmann (2019), es que la idea de Antropoceno alimenta la ideología de la cultura dominante del dualismo sociedad/naturaleza, que nos induce a pensarnos como algo aparte de la naturaleza y superior a ella. Otros científicos sociales y académicos de las humanidades han señalado que los discursos del Antropoceno hacen un tratamiento sin distinciones para toda la humanidad, en contraste con los estudios de la Gran Aceleración, por lo que argumentan que el Antropoceno oculta importantes cuestiones de equidad (por ejemplo, Malm y Hornborg, 2014).

Desde las posturas del decrecimiento, la combinación de evidencia cuantitativa y el análisis de los indicadores socioeconómicos y biofísicos de la Gran Aceleración suponen una señal clara de la urgencia para cambiar el sistema vigente. Ante este contexto, este enfoque propone que, para abordar eficazmente la grave crisis ecosocial, resulta imprescindible llevar a cabo un cambio drástico del sistema capitalista imperante.

Bibliografía

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Crutzen PJ, Stoermer EF (2000) The “Anthropocene”. IGBP Newslett 41:17–18.

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Waters, C.N., Zalasiewicz, J., Summerhayes, C., Fairchild, I.J., Rose, N.L., Loader, N.J., Shotyk, W., Cearreta, A., Head, M.J., Syvitski,J.P.M., Williams, M., Wagreich, M., Barnosky, A.D., An, Z., Leinfelder, R., Jeandel, C., Gałuszka, A., Ivar do Sul, J.A., Gradstein, F., Steffen, W., McNeill, J.R., Wing, S., Poirier, C., and Edgeworth, M. (2018). Global Boundary Stratotype Section and Point (GSSPs) for the Anthropocene Series: Where and how to look for a potential candidates. Earth-Science Reviews, 178, 379–429.

Zalasiewicz, J., Williams, M., and Waters, C.N. (2014) Can an Anthropocene series be defined and recognised? In: Waters, C.N., Zalasiewicz, J., Williams, M., Ellis, M.A., Snelling, A. (Eds.), A Stratigraphical Basis for the Anthropocene, Geological Society, London, Special Publications 395, pp. 39–53.

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