INTERDEPENDENCIA

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Adrián Santamaría e Irene Ortiz

Para entender la noción de interdependencia reivindicada desde la ecología política y el ecologismo, primero es necesario dar un paso atrás. Si queremos pensar las relaciones que establece el ser humano, primero debemos aclarar cuál es su condición. Si desde Aristóteles este había sido definido por su carácter social y político (zỗion politikón), la Modernidad lo representa con implicaciones que no podemos desatender. A grandes rasgos, podemos decir que, a partir de los ideales de racionalidad e independencia, la Modernidad construye un nuevo imaginario del ser humano que, como ha señalado Wendy Brown, perdura hasta nuestros días en el contexto neoliberal (Brown, 2017, p. 90). La representación del ser humano como individuo independiente que puede apropiarse del mundo –que ha sido entregado por Dios– aparece con toda claridad en el Segundo tratado sobre el Gobierno Civil de John Locke. Avanzado el siglo XVIII, Adam Smith y David Ricardo anticiparon la formulación de Mill como homo oeconomicus para dibujar a un hombre autónomo guiado por su propio interés y, por lo tanto, en competición con los otros por apropiarse de los recursos y satisfacer los propios intereses. Esta sería una tentativa de genealogía de la concepción del ser humano como un ser independiente y plenamente autónomo que, como nos recuerdan algunas economistas feministas, como Pérez Orozco (2006), se presenta en el ágora pública como racional, capaz de controlar sus emociones, aseado, con la ropa planchada y bien alimentado: el hombre como self-made man, dentro de la jerga contemporánea. Sin embargo, como ha señalado Perry Anderson (2016), al menos desde una perspectiva filosófica, la llegada de la posmodernidad puso fin a la idea de esa humanidad heroica que la Revolución francesa había delineado. En gran parte, lo que reveló la crisis ecosocial a partir de los años 60 del siglo pasado es que el sujeto moderno, independiente y acumulador de recursos ya no podía responder a los desafíos de la realidad. 

La crisis ecosocial en las que estamos inscritos –que, según Riechmann, nos habilita a hablar de un Siglo de la Gran Prueba (Riechmann, 2019)–, hace tambalear, pues, la arquitectura conceptual que habría sostenido este ideal regulativo de libertad negativa moderno; esto es, la libertad concebida como una esfera libre de interferencias. En el contexto de esta crisis, la representación del ser humano como alguien que puede intervenir a su antojo en la realidad se vuelve más que complicada. Lo que hallamos, por el contrario, es la dependencia radical que éste siempre tuvo, aunque no haya sido reconocida, con el componente patriarcal que ello conlleva (Pérez Orozco, 2014). Ese self-made man ha gozado siempre de una ingente cantidad de trabajo de cuidados invisibilizados dentro de su esfera privada. Es en este punto en el que el feminismo (más en concreto, el ecofeminismo y la economía feminista) hace acto de presencia. La dependencia radical de los cuidados que caracteriza al ser humano, un hecho cada vez más incuestionable, hace que podamos definirlo como un animal, sobre todo, extremadamente vulnerable (Mackenzie, 2014).  Sobre esta cuestión se ha producido un amplio debate en torno a qué implicaciones –también en la esfera política– tiene o debería tener la asunción de esta vulnerabilidad definitoria del ser humano. Por ejemplo, Joan C. Tronto ha insistido en que las políticas públicas, si se hicieran cargo de esta vulnerabilidad constitutiva, tendrían que favorecer el ejercicio de los cuidados (2013). Martha Nussbaum, por su parte, también ha cargado contra la idea del homo oeconomicus, para poner en el centro la noción de cuidados desde una perspectiva relacional e interdependiente, e insistiendo en la idea de fragilidad como rasgo constitutivo de lo humano (2000). Desde una perspectiva más amplia, esto es, teniendo en cuenta el carácter interseccional de la vulnerabilidad (asumiendo la perspectiva de género, raza o clase), Silvia Federici lleva décadas planteando el olvido de la esfera reproductiva por parte del marxismo tradicional, y subrayando que el capitalismo jamás habría sido posible sin el trabajo no remunerado de cuidados brindado por las mujeres (2022). Por otro lado, la antropóloga Yayo Herrero ha insistido en la fragilidad de la vida humana que, encarnada en cuerpos que hay que cuidar, requiere atención especialmente en algunos momentos del ciclo vital como la infancia, la vejez o la enfermedad (2017). Para este propósito, la noción de autonomía relacional (Delgado, 2012) nos permite ser más precisos y matizar el carácter interdependiente para con los otros. Desde esta perspectiva, la vida prospera solo porque hay una serie de cuidados que se llevan a cabo y no, pongamos por caso, porque los individuos son seres plenamente autónomos e independientes. La tensión que han puesto de relieve los estudios sobre la interdependencia es aquella que se produce entre, por un lado, las demandas de independencia e individualidad enmarcadas en la tradición y, por el otro, la constatable dependencia que el ser humano tiene de los otros. Todo esto abre el necesario debate de cómo ir más allá de las coordenadas modernas a la hora de conceptualizar la noción de libertad. 

No obstante, como han señalado varios autores, como Pérez Orozco (2006) (2014), Madorrán (2023) o Riechmann (2016), detenernos en la dependencia del ser humano solo con los seres de la misma especie puede llevarnos a olvidar algo que las diferentes corrientes del ecologismo llevan años reivindicando: que no solo dependemos de otros seres humanos, es decir, no solo somos interdependientes, sino que también dependemos de la buena salud de los ecosistemas y de la biosfera, es decir, que también somos ecodependientes (Riechmann, 2011, p. 76). O, dicho de otra manera: Gaia hace su intrusión en la vida política. La vida en común, por utilizar la bella expresión del ensayista Todorov (2008) que da título a una de sus producciones más importantes, no es una que pertenezca meramente al ámbito de lo social. Por eso, inevitablemente, el concepto de interdependencia remite al de ecodependencia (nociones que han tratado de ser exploradas a la vez tanto por las posthumanidades como por las humanidades ecológicas).

Bibliografía

Anderson, Perry (2016), Los orígenes de la posmodernidad, trad. de Luis Andrés Bredlow,  Akal, Madrid. 

Brown, Wendy (2017), El pueblo sin atributos, trad. de Víctor Altamirano, Malpaso Ediciones, Barcelona.

Delgado, Janet (2012), “Nuevas perspectivas bioéticas: autonomía relacional”, ENE Revista de enfermería, 6, 1, pp. 35-42. 

Federici, Silvia (2022), Ir más allá de la piel. Repensar, rehacer y reivindicar el cuerpo en el capitalismo contemporáneo, Traficantes de Sueños, Madrid. 

Herrero, Yayo (2017), “Conexiones entre la crisis ecológica y la crisis de los cuidados”, Ecología política, pp. 11-114. 

Madorrán, Carmen (2023), Necesidades ante la crisis ecosocial, Plaza y Valdés, Madrid.

Mackenzie, C., Rogers, W.) & Dodds, S. (eds.), 2014, Oxford University Press, New York; Oxford.

Nussbaum, Martha C. (2000), Women and Human Development. The Capabilities Approach, Cambridge University Press, Cambridge. 

Pérez Orozco, Amaia (2006), Perspectivas feministas en torno a la economía. El caso de los cuidados, Consejo Económico y Social, Madrid. 

Pérez Orozco, Amaia (2014), Subversión feminista de la economía, Traficantes de Sueño, Madrid.

Riechmann, Jorge (2019), El Siglo de la Gran Prueba, Baile del Sol Editorial, Tenerife.

Riechmann, Jorge (2016), Ética extramuros, UAM Ediciones, Madrid.

Riechmann, Jorge (2011), ¿Cómo vivir? Acerca de la vida buena, Los libros de la Catarata, Madrid.

Todorov, Tzvetan (2008), La vida en común. Ensayo de antropología general, Taurus, Barcelona.

Tronto, Joan C. (2013), Caring Democracy: Markets, Equality, and Justice, NYU Press, New York. 

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