MODO DE VIDA (CAPITALISTA)

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Santiago Álvarez Cantalapiedra

Con frecuencia enunciamos que el objetivo que perseguimos es lograr habitar en un espacio justo y seguro capaz de albergar una forma de vida que garantice las necesidades humanas sin rebasar los límites planetarios. Un espacio que no solo permita vivir, sino también desarrollar una vida buena. Pero conciliar la prosperidad con el respeto a la naturaleza parece imposible sin cambiar nuestro «modo de vida». El concepto «modo de vida» ayuda a comprender hasta qué punto esto es así en el capitalismo global.

La transgresión de un espacio de seguridad humana ambientalmente sostenible se ha visto impulsada históricamente por factores socioeconómicos que moldean los procesos y estructuras causantes de la crisis ecosocial subyacente. En el trasfondo se encuentra la civilización industrial capitalista, con sus estructuras, instituciones, actores y relaciones de poder que impulsan unos flujos de materia y energía en constante expansión, que son necesarios para su funcionamiento y reproducción social, definiendo el tipo de intercambios  el –metabolismo social– que establecemos con la naturaleza. Así pues, al referirnos al «modo de vida» debemos entender que se trata del característico de la civilización industrial capitalista, que ha redefinido profundamente las relaciones sociales y de género, así como el régimen de intercambios que establece la sociedad con los ecosistemas (Álvarez Cantalapiedra, 2019 y 2023). 

Al conformar la sociedad, definiendo las relaciones sociales y los intercambios con la naturaleza, sus miembros participan –aunque de forma desigual– de las mismas dinámicas. Es decir, existe un único modo de vida que comparten todas las personas partícipes de esta civilización industrial capitalista. Pero también sabemos que existe una amplia variedad de niveles y estilos de consumo que comparten los miembros de una determinada clase o grupo social. Esa multiplicidad de estilos de vida vienen marcados por las desigualdades de clase, género, etnia o por las preferencias culturales e identitarias de personas y grupos sociales. Sin embargo, estas diferencias y desigualdades no nos deben hacer olvidar que descansan –al menos en las sociedades occidentales– en una misma estructura de modo de vida (Álvarez Cantalapiedra y Di Donato, 2020).  

En consecuencia, el concepto de «modo de vida» no debe confundirse con el «estilo de vida» que practica un grupo social particular, sino que remite a los patrones de producción, distribución y consumo, así como al imaginario cultural y a las subjetividades fuertemente arraigadas en las prácticas cotidianas de la mayoría de la población. En este sentido, cabe entederlo como un modo de vida hegemónico, es decir, ampliamente aceptado y arraigado política e institucionalmente y con una influencia abrumadora en las prácticas ordinarias de las personas. Prácticas y comportamientos que se generalizan en el conjunto de la sociedad y que forman parte de la cotidianidad (en la manera de alimentarse, vestirse, moverse y asentarse sobre el territorio), pero que se materializan de forma desigual y diversa en función de la posición que cada grupo ocupa en la jerarquía social y las posibilidades de que dispone. Esa estructura general –y no únicamente las diferencias y desigualdades sociales concretas (colectivas y particulares) que surgen en su seno– permite evaluar el carácter insostenible y el alto precio que obligan a pagar en términos de calidad de vida la formas contemporáneas que organizan la existencia social (FUHEM, 2023).

Se podría añadir, como hacen Brand y Wissen (2021), que ese modo de vida no solo es hegemónico, sino también imperial, con lo que se destaca así el vínculo existente entre esas prácticas cotidianas hegemónicas, las estrategias estatales y empresariales, la geopolítica internacional y la crisis ecológica, en la medida en que implica un acceso a los recursos, al espacio, a las capacidades laborales y a los sumideros de todo el planeta a través de reglas económicas aseguradas mediante determinadas políticas, leyes y ejercicios de poder (tanto en la faceta violenta de fuerza coercitiva como en la meramente persuasiva). La emancipación de las colonias de sus metrópolis abrió las puertas a nuevas prácticas geopolíticas en las que el control directo de un territorio mediante la fuerza militar y la presencia de una administración colonial fue sustituido por nuevas formas de dominación basadas, esta vez, en reglas y relaciones económicas –comerciales, productivas y financieras– entre países formalmente independientes y soberanos. Con todo, el uso de la fuerza no desaparece en ningún caso, mantiene su función intimidadora y se convierte en el último recurso del que echar mano en caso de grave cuestionamiento de los intereses hegemónicos. La definición de un nuevo orden internacional poscolonial, las sucesivas olas globalizadoras, la transnacionalización de las corporaciones empresariales y el imperialismo cultural han logrado, por otras vías, que algunos aspectos de las viejas relaciones coloniales subsistan bajo ropajes nuevos, propiciando alianzas entre élites internas y foráneas que posibilitan la apropiación e incorporación de la riqueza y de los recursos locales –naturales y culturales– a los circuitos transnacionales (Álvarez Cantalapiedra, 2019).

En síntesis, el «modo de vida» no remite a una realidad social uniforme, sino a una dinámica sumamente contradictoria entre grupos sociales en la que conceptos como clase, metabolismo y reproducción social siguen siendo categorías relevantes para caracterizar su estructura y funcionamiento. Esto es así porque se trata del modo de vida propio del capitalismo (o, si se prefiere, de la civilización industrial capitalista), en cuanto que llega a redefinir las relaciones sociales y los intercambios con la naturaleza de manera global. Partiendo de esa idea de estructura social contradictoria que se asienta en determinadas condiciones sociales y naturales, se puede percibir cómo las formaciones sociales capitalistas se reproducen cuando arraigan en las prácticas y en la racionalidad cotidianas. De esa forma, los antagonismos entre clases y grupos sociales quedan estructuralmente integrados (y, en ocasiones, parcialmente desactivados) en el mismo modo de vida a través de los mecanismos de reproducción que se extienden en la cotidianidad (cada vez que comemos, nos trasladamos, habitamos la ciudad u ocupamos un territorio). Finalmente, con el adjetivo imperial se quiere enfatizar la dimensión global, ecológica y de género del modo de vida. La vida imperial es indisociable de la de sus colonias, con las que conforma una única realidad, como dos caras de una misma moneda. Por consiguiente, se trata de una realidad marcada por jerarquías, dominaciones y subalternidades y, en el contexto actual de extralimitación, también por expulsiones y exclusiones. En la dialéctica de múltiples centros/ periferias que enmarca el modo de vida imperial, «para la vida en los centros capitalistas –sostienen Brand y Wissen–, es decisiva la manera en que están organizadas las sociedades en otras partes, especialmente en el Sur global, y cómo configuran su relación con la naturaleza. Esto, a su vez, es la base para garantizar el traspaso de trabajo y naturaleza del Sur global necesario para las economías del Norte global. Y a su vez, el modo de vida imperial del Norte global contribuye de manera decisiva a estructurar en modo jerárquico las sociedades en otras partes. Hemos elegido conscientemente la expresión “en otras partes” por su indeterminación» (Brand y Wissen, 2019: 28). Se abre una puerta así para entender que esas «otras partes» pueden no ser únicamente zonas geográficas, sino también realidades biopolíticas, de manera que la vida cotidiana queda sometida a esta situación de dependencia por razones estructurales impuestas por el capitalismo global. Que la noción de colonia trasciende a un territorio administrado por una potencia extranjera es algo de lo que dan cuenta María Mies y Vandana Shiva (2015) al hablar también de las mujeres y la naturaleza (y no solo de los países periféricos) como las colonias actuales del modo de vida del capitalismo global.

Bibliografía

Álvarez Cantalapiedra, S. (2019): La Gran Encrucijada. Crisis ecosocial y cambio de paradigma. Ediciones HOAC, Madrid. 

Álvarez Cantalapiedra, S. y Di Donato, M. (2020): «Consumo y crisis ecosocial global», en Alonso L.E., Fernández Rodríguez, C.J. e Ibáñez Rojo, R. (eds), Estudios sociales sobre el consumo, Colección Academia 48 CIS, Madrid. 

Álvarez Cantalapiedra, S. (2023): «Un modo de vida que imposibilita la vida buena», Papeles de relaciones ecosociales y cambio global nº 161, FUHEM, Madrid, pp. 5-10. 

Brand, U. y Wissen, M. (2019): «Nuestro bonito modo de vida imperial. Cómo el modelo de consumo occidental arruina el planeta», Nueva Sociedad nº 279, enero-febrero de 2019, pp. 25-32. 

Brand, U. y Wissen, M. (2021): The Imperial Mode of Living: Everyday Life and the Ecological Crisis of Capitalism, London & New York, Verso [trad.  Modo de Vida Imperial. Vida cotidiana y crisis ecológica del capitalismo, Traficantes de Sueños, Madrid, 2021]

Brand, U.;  Muraca, B.; Pineault, E.; Sahakian, M.; Schaffartzik, A.; Novy, A.; Streissler, C.; Haberl, H.; Asara, V.; Dietz, K.; Lang, M.; Kothari, A.; Smith, T.; Spash, C.; Brad, A.; Pichler, M.;  Plank, C.; Velegrakis, G.; Jahn, T.; Carter, A.; Huan, Q.; Kallis, G.; Martínez Alier, J.; Riva, G.;  Satgar, V.; Teran Mantovani, E.; Williams, M.; Wissen, M. & Görg, C. (2021): «From planetary to societal boundaries: an argument for collectively defined self-limitation», Sustainability: Science, Practice and Policy, 17:1, 264-291, DOI: 10.1080/15487733.2021.1940754

FUHEM (2023): I Informe sobre calidad de vida en España. Balance, tendencias y desafíos, FUHEM, Madrid. 

María Mies, M. y Shiva, V. (2015): Ecofeminismo (teoría, crítica y perspectivas), Icaria, Barcelona.

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