LÍMITES

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Pedro L. Lomas y Javier Zamora

El de límite es un concepto clave en la reflexión contemporánea acerca de la sostenibilidad de las sociedades humanas y ocupa un lugar de relevancia tanto en las disciplinas científicas que estudian los ecosistemas (véase ecología) como en el pensamiento político ecologista (Kallis, 2021). Sin embargo, la interdisciplinariedad que caracteriza la reflexión sobre la crisis ecosocial provoca que en el concepto de límite confluyan dos usos distintos que, en ocasiones, pueden confundirse entre sí. Por un lado, estaría aquel que se articula alrededor de los límites entendidos como rango de valores de variables biogeofísicas que circunscriben el dominio de estabilidad de los ecosistemas (su naturaleza, sus características, su cálculo, etc.); por otra parte, se encontraría aquel significado que entiende los límites como las limitaciones que deben trazarse para que el metabolismo social no supere los rangos anteriores.

En cuanto a la primera de estas dos acepciones, se parte de que la condición de posibilidad material de la existencia de todas y cada una de las especies, incluido el ser humano, reside en el conjunto de variables biogeofísicas que caracterizan la estructura y funcionamiento de los ecosistemas de los que constituyen parte integrante, es decir, de su medio ambiente. Cada una de estas variables biogeofísicas suele oscilar dentro de un rango de valores, ya que las condiciones ambientales son naturalmente cambiantes. De hecho, los ecosistemas tienen mecanismos de autorregulación que les permiten integrar en su dinámica la existencia de perturbaciones naturales (incendios, inundaciones, cambios estacionales, etc.) y mantenerse dentro de un determinado estado (dominio de estabilidad), en una suerte de equilibrio dinámico establecido a lo largo de su historia evolutiva (Odum, 1969; Holling, 1973; Gunderson y Holling, 2002).  

Cuando alguna perturbación (natural o antrópica) presenta niveles por encima de la capacidad de autorregulación natural del ecosistema, se alcanza un punto de inflexión (tipping point), y se origina una desestabilización con suficiente intensidad como para que se produzca un cambio de estado hacia un nuevo dominio de estabilidad, con cambios en la estructura y funcionamiento del ecosistema (Scheffer et al. 2001; Scheffer y Carpenter, 2003; Biggs et al., 2012). Por tanto, cuando se habla de límites biogeofísicos nos referimos al rango de valores (o de umbrales) de aquellas variables naturales clave que permiten la existencia de un cierto ecosistema en determinado dominio de estabilidad. Todos los seres que formamos parte de la biosfera, incluido el ser humano, estamos sometidos a estos límites biogeofísicos. 

Esta concepción está en la base de conceptos como el del estándar seguro mínimo de conservación (Ciriacy-Wantrup, 1968) o de lo que actualmente conocemos como límites planetarios y su espacio de actuación seguro, que constituirían el rango de valores de ciertas variables (agotamiento de la capa de ozono, pérdida de la integridad de la biosfera, contaminación química y aparición de nuevas sustancias sintéticas, cambio climático, acidificación de los océanos, consumo de agua dulce y alteración del ciclo hidrológico, cambios en los usos del suelo, alteración de los ciclos del nitrógeno y el fósforo, y carga de aerosoles en la atmósfera) que caracterizan la configuración de la biosfera en la que el ser humano puede vivir, según el mejor conocimiento científico disponible (Röckstrom et al., 2009; Steffen et al., 2015). Cualquier otra configuración de esas variables puede conducir a un nuevo dominio de estabilidad de la biosfera en la cual el nicho ecológico del ser humano se restrinja más o menos dramáticamente (reducción dramática de la población, movimientos migratorios masivos, etc.) o, incluso, en un caso extremo, llegue a desaparecer (la Tierra se haga inhabitable para el ser humano). 

El descubrimiento de la existencia de límites biogeofísicos está estrechamente vinculado con el análisis de las consecuencias que puede desencadenar su superación por parte de las sociedades humanas. Una reflexión que, en la era contemporánea, se vio inicialmente auspiciada por diferentes trabajos aparecidos a lo largo de los años 60 y 70, que mostraban que la senda hegemónica de desarrollo podía llegar a entrar en conflicto con esos límites (Carson, 1962; Georgescu-Roegen, 1971; Meadows et al. 1972). En este sentido, merece la pena destacar el informe Los límites del crecimiento encargado por el Club de Roma (Meadows et al., 1972), donde se concluía que, de mantenerse inalterada la tendencia creciente presente en algunas variables (grado de industrialización, crecimiento demográfico, producción de alimentos, agotamiento de recursos renovables y contaminación medioambiental), la humanidad afrontaría un colapso a lo largo del siglo XXI, que se manifestaría a través de un súbito descenso de la población y la capacidad industrial. Aunque este trabajo provocó numerosas críticas (Dobson, 2016), facilitó también la aparición de otros informes destinados a profundizar en la relación entre desarrollo (crecimiento) económico y extralimitación ecológica. Además, también impulsó la puesta en marcha de hojas de ruta en instituciones como la OCDE, el Banco Mundial o las Naciones Unidas en torno a conceptos que apostaban por integrar sostenibilidad y crecimiento en una síntesis aparentemente virtuosa, coincidente con la hegemonía de las ideas dominantes en el plano económico, tal y como ocurrió con las nociones de desarrollo sostenible (WCED, 1987; Naredo, 1996; Klarin, 2018) o crecimiento verde (Hickel y Kallis, 2019).

Esta banalización de la existencia de límites biogeofísicos al crecimiento vino facilitada por el surgimiento de posiciones que algunos han venido a llamar ecomodernismo, pragmatismo ambiental o medioambientalismo prometeico (Asafu-Adjaye et al., 2015; Dryzek, 1997; Dobson, 2016). En suma, una serie de posiciones que consideran que las políticas de limitación de los flujos metabólicos no son necesarias, dado que la innovación tecnológica y el desarrollo económico permitirán que las sociedades humanas afronten los desafíos vinculados con la sostenibilidad. Así, y de acuerdo con estas posiciones, se considera que la escasez relativa a los recursos debería reflejarse en el precio de mercado de los mismos, los cuales, sin embargo, siguen descendiendo con el tiempo (Ridley, 2011). La escasez, por tanto, es un hecho que se da en determinados momentos históricos, pero es ese mismo fenómeno el que activaría el ingenio humano capaz de encontrar nuevos recursos y fuentes energéticas. Al fin y al cabo, desde la corriente dominante del pensamiento económico se concibe la naturaleza como un capital natural que proporciona beneficios en forma de servicios de los ecosistemas (Gómez-Bagghetun et al., 2010). Dado el carácter sustituible del capital, la solución al agotamiento de determinados servicios de los ecosistemas pasaría por el progreso científico y tecnológico, que permitiría sustituirlos por otros sin mayor preocupación (Solow, 1973; Stiglitz, 1979). Por otro lado, y en relación con la contaminación, se argumenta que, si bien ciertas causas de la contaminación crecen en determinados momentos históricos, tal y como ocurrió con el dióxido de carbono y el ozono, la tecnología permite desarrollar nuevas formas de producción energética que eliminan esas fuentes de contaminación o palian sus efectos más negativos (Lomborg, 2020). En este sentido, los ecomodernistas consideran la innovación tecnológica y el desarrollo económico como los mejores aliados para conseguir un «buen Antropoceno», divergiendo tal vez en el papel que cumplirá el Estado (Arias Maldonado, 2022). Finalmente, los ecomodernistas consideran que determinadas tendencias como la intensificación agrícola o la concentración de población en las ciudades favorecen procesos de desacoplamiento y desmaterialización que pueden reducir el impacto humano sobre los ecosistemas, gracias a formas de metabolismo social más eficientes (Asafu-Adjaye et al., 2015), rechazando así aquellos imaginarios sociales que aspiran a la simplicidad voluntaria y a la autocontención.

A partir de la insatisfacción con esos abordajes del problema de los límites, han surgido diversas posiciones que cuestionan la posibilidad de compatibilizar el respeto de los límites biogeofísicos con el crecimiento económico ilimitado. Todas ellas se basan en que un crecimiento infinito es incompatible con un mundo finito, es decir, biogeofísicamente limitado. 

Algunos ejemplos relevantes los podríamos encontrar en las teorías del poscrecimiento (Jackson, 2011, 2023), que pretende afrontar la generación de bienestar mediante la redistribución, cooperación, justicia social, custodia ecológica y simplicidad en diversas formas; la economía en estado estacionario (Daly, 1991), basada en la idea de sostener con los mínimos recursos un stock constante y duradero de capital y personas, de tal modo que no choque con los límites biogeofísicos, pero sin cuestionar necesariamente el capitalismo; la economía en estado estacionario ecosocialista (Bellamy Foster, 2023), que, partiendo de un modelo socialista, propone una formación de capital neto cero, una redistribución global del excedente social y una reducción de los residuos; o el decrecimiento, que apuesta por una reducción de la producción y el consumo a través una política basada en la autolimitación, con soluciones fundamentalmente sociales y políticas, así como una apuesta clara por una ética de la autocontención (Latouche, 2009, 2014; Hickel; 2023; Kallis, 2021). También se han producido sinergias entre este último y las más recientes propuestas ecosocialistas (Löwy et al. 2022).

Con todo, algunos autores han llamado a la precaución respecto de cierta lectura constructivista de los límites biogeofísicos, como si estos fueran una mera cuestión de opción política individual o colectiva, es decir, el fruto de una opción entre crecer o acogerse a algún modo deseable de autolimitación (Kallis, 2021; Robbins, 2020). Frente a esta posible interpretación, dichos autores apelan a la existencia de límites biogeofísicos externos y cuantificables, que deberían ser tenidos en cuenta con vistas a determinar esas opciones políticas (Gómez-Bagghetun, 2022). 

Bibliografía

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