ECOMODERNISMO

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Lucía Ortiz de Zárate Alcarazo

El continuo y rápido deterioro de la naturaleza se ha convertido en una realidad ineludible. Por ello, distintas corrientes filosóficas e ideologías han volcado sus esfuerzos en problematizar este fenómeno y encontrar soluciones que permitan ralentizar, frenar y eventualmente erradicar sus inminentes consecuencias, no solo para la especie humana sino para todos los seres vivos de la Tierra. De entre todas las corrientes que buscan remediar el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la acidificación de las aguas, etc., el ecomodernismo es, probablemente, la que mayores apoyos ha acumulado durante la última década.

El ecomodernismo ha conseguido generar consenso sobre las medidas a adoptar en la lucha contra la crisis climática entre aquellos que se auto perciben como progresistas y socialdemócratas, pero también entre liberales e incluso algunos conservadores. Esto se debe a que su tesis central defiende que el crecimiento económico y el desarrollo tecnológico no solo son compatibles con la defensa y la protección de la naturaleza, sino que, de hecho, pueden ser los principales aliados para solucionar el problema (Isenhour, 2016). Así, las propuestas del ecomodernismo se distancian de las proclamas ecologistas ya que, mientras que los segundos suelen encontrar incompatibles el crecimiento económico, industrial y tecnológico –o incluso el propio capitalismo– con la protección del medioambiente, los primeros se alinean con las políticas del llamado desarrollo sostenible.

Durante los últimos años, el ecomodernismo ha sido difundido a través de distintos medios (políticos, académicos, informativos, etc.), pero su principal impulsor ha sido el Breakthrough Institute, que en 2015 publicó el «Manifiesto Ecomodernista» (Breakthrough Institute, 2015). En dicho manifiesto se encuentran los presupuestos filosóficos e ideológicos sobre los que descansa este movimiento, cuya principal propuesta sería la «desmaterialización» o «desacoplamiento». Así, afirman que «el mejoramiento significativo del clima es fundamentalmente un reto tecnológico» que requerirá «un desacoplamiento radical por parte de los humanos de la naturaleza» (Breakthrough Institute, 2015).

Las esperanzas depositadas en el «desacoplamiento» tienen que ver con las ganancias en eficiencia energética que, a su vez, están ligadas al desarrollo tecnológico (véase tecnología). Es decir, los ecomodernistas comparten la idea de que el crecimiento económico, el desarrollo industrial y la adopción de ciertas tecnologías son responsables del innegable deterioro del clima. Sin embargo, al mismo tiempo, consideran que la ciencia y el desarrollo de las tecnologías digitales y disruptivas permitirá a los seres humanos desligar el crecimiento de la naturaleza. De esta forma, nuestras economías podrían seguir creciendo, los seres humanos consumiendo y nuestras sociedades progresando sin causar un mayor deterioro del clima (Grunwald, 2018).

Esto solo sería posible a través de las tecnologías digitales, que los ecomodernistas consideran radicalmente distintas a las de la primera y la segunda revolución industrial, en tanto que éstas eran altamente contaminantes. Según esto, las tecnologías digitales tendrían un doble papel en la lucha climática. Primero, el desarrollo tecnológico y la creación de nuevas tecnologías más potentes, como es el caso de la Inteligencia Artificial (IA), no solo sería fundamental para realizar un mejor diagnóstico de la crisis climática, sino que también resultaría esencial para optimizar los esfuerzos, determinar acciones prioritarias y aconsejar cómo distribuir los recursos. Segundo, las ganancias en eficiencia energética generadas por el uso de estas tecnologías avanzadas permitirían mantener el ritmo de crecimiento económico y de desarrollo tecnológico sin causar daño al medio ambiente (Weizsäcker et al., 2009).

De este modo, el ecomodernismo se distancia de aquellas propuestas filosóficas, principalmente de corte ecologista, que critican y buscan romper con varios de los presupuestos de la Modernidad (Isenhour, 2016). Contrariamente, el ecomodernismo abraza la distinción moderna que divide lo real entre naturaleza y sociedad y que normalmente se atribuye a la filosofía de Descartes iniciada en el siglo XVII. A pesar de la posterior aparición de otras corrientes que problematizan, critican e incluso buscan terminar con muchos de los presupuestos defendidos por la filosofía cartesiana (Schaeffer, 2009), esta visión, que separa al hombre y lo social de la naturaleza y del resto de seres vivos, ha sido continuada y exacerbada hasta la actualidad, incluso llegando a plantear la propia superación de lo humano en favor de lo post-humano a través de la fusión y uso de la tecnología (Ferrando, 2013). Partiendo de esta división entre lo social y lo natural, entre lo humano y el resto de lo viviente, los ecomodernistas inciden en la idea de que la emancipación de los primeros (los seres humanos) respecto de los segundos (todos los demás seres) es posible y deseable a través de la tecnología. Esta desmaterialización, este alejamiento definitivo del ser humano de la naturaleza, sería precisamente lo que permitiría solventar la crisis ecológica (Breakthrough Institute, 2015).

El ecomodernismo ha sido ampliamente criticado (Love e Isenhour, 2016). Para muchos pensadores ecologistas, el ecomodernismo no solo yerra en su diagnóstico sobre la crisis ecológica y, por tanto, también en sus propuestas para solucionarla, sino que resulta especialmente nocivo al sostenerse y reincidir en premisas filosóficas erróneas (Almazán, 2023). Para estos, los apoyos recibidos por el ecomodernismo no se deben a sus aciertos, sino a que se asienta sobre ideas cómodas y beneficiosas para los occidentales, en la medida en que mantiene intactas y perfectamente alineadas (incluso refuerza), las asociaciones entre crecimiento económico ilimitado, desarrollo tecnológico y progreso (White, 1956).

Los críticos del ecomodernismo defienden que, lejos de ahondar en los presupuestos de la Modernidad, los seres humanos deberíamos optar por reconocer nuestra condición dependiente (véase ecodependencia) del resto de seres vivos (no humanos) y abandonar las viejas (aunque aún vigentes) dicotomías entre naturaleza y sociedad. Estos presupuestos no solo tendrían consecuencias filosóficas, sino también políticas. Los críticos afirman que las ganancias en materia energética no son suficientes para combatir el deterioro del clima a largo plazo. Aunque en un primer momento la eficiencia energética haya reducido, en los países ricos, los niveles de consumo energético, esto es completamente insuficiente debido al ritmo con el que crece el consumo (Greening et al., 2000). Este fenómeno, conocido como la paradoja de Jevons, señala que, en aquellas sociedades donde las tecnologías son más eficientes, el consumo energético no ha disminuido como se esperaba, porque las expectativas de menor consumo energético han hecho que se usen más productos tecnológicos, anulando así cualquier posible mejora en relación con el medioambiente (König et al, 2022).

Por tanto, la mayoría de los ecologistas se aleja de las posiciones del ecomodernismo y su defensa del crecimiento ilimitado (económico, industrial, tecnológico, etc.), su apuesta por las tecnologías verdes (ej.: IA verde), su tecno-optimismo y su reafirmación de la Modernidad. De manera alternativa, muchos de ellos asumen la necesidad de plantear escenarios de decrecimiento para las principales economías del mundo, así como los grupos sociales que más consumen, y buscan reformular el papel del ser humano dentro del entramado interdependiente al que pertenece en conexión con el resto de seres vivos no humanos, acabando así con su situación de excepcionalidad (Hickel, 2019).

Bibliografía

Almazán, A. (2023). A socio-historical ontology of technics: beyond technology. Environmental Values, 1–23.

Breakthrough Institute. (2015). An Ecomodernist Manifesto. Disponible en web: [https://thebreakthrough.org/manifesto/manifesto-english]

Ferrando, F. (2013). Posthumanism, transhumanism, antihumanism, metahumanism, and new materialisms: Differences and relations. Existenz8(2), 26-32.

Greening, L., Greene, D., y Difiglio, C. (2000). Energy Efficiency and Consumption—the Rebound Effect: A Survey. Energy Policy, 28(6/7): 389–401.

Grunwald, A. (2018). Diverging pathways to overcoming the environmental crisis: A critique of eco-modernism from a technology assessment perspective. Journal of Cleaner Production, 197, 1854–1862. 

Hickel, J. (2019). Degrowth: a theory of radical abundance», Real-world Economics Review, 87, 19: 54-68.

Isenhour, C. (2016). Unearthing human progress? Ecomodernism and contrasting definitions of technological progress in the Anthropocene. Economic Anthropology, 3(2), 315–328. 

König, P., Wurster, S. & Siewert. M. (2022). Consumers are willing to pay a price for

explainable, but not for green AI. Evidence from a choice-based conjoint analysis. Sage Journals.

Love, T. y Isenhour, C. (2016). Energy and Economy: Recognizing High-Energy Modernity as a Historical Period. Economic Anthropology 3:6–17

Schaeffer, J. M. (2009). El fin de la excepción humana. Marbot Ediciones

Weizsäcker, E. U., Hargroves, C., y Smith, M. (2009) Factor 5: Transforming the Global Economy through 80% Improvements in Resource Productivity. Earthscan.

White, L. (1959). The Evolution of Culture. Left Coast Press

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