NEGACIONISMO (DEL CAMBIO CLIMÁTICO)

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Teresa Moreno Olmeda

Los términos «negacionismo» y «escepticismo» vienen utilizándose en los últimos treinta años dentro del debate sobre el cambio climático para hacer referencia a actitudes y discursos muy variados. En general, se emplean para aludir al rechazo y/o cuestionamiento de la visión ampliamente aceptada sobre el cambio climático, su origen antropogénico y sus implicaciones para la vida en el planeta Tierra.

Ambos conceptos, especialmente el de negacionismo, se utilizan a menudo de manera informal. Sin embargo, dentro de la literatura científica de los últimos años, el debate ha dado lugar a dos consecuencias. Por un lado, se ha producido una ampliación de los discursos y las dinámicas que podrían englobarse en el concepto. Por otro lado, se han desarrollado críticas a la propia terminología y un empuje hacia voces como «obstruccionismo» o «retardismo de la acción climática», precisamente debido a la potencial inadecuación de «negacionismo» para dar cuenta de todas las facetas del fenómeno. 

Actualmente aún parecen convivir tanto las primeras propuestas terminológicas –escepticismo, negacionismo y también, por ejemplo, contrarianism, un concepto debatido, entre otros, por O’Neill y Boykoff (2010)– con las más novedosas. A estas se añade la idea de «contramovimiento climático» (McKie, 2021) para designar a la constelación de actores que han tenido históricamente un rol activo en la obstrucción de políticas climáticas, más allá de actitudes individuales. 

Toda esta labor clasificadora y conceptualizadora empezó en la década de 1990, cuando la minoría de científicos que publicaba opiniones contrarias al consenso se empezó a autodenominar «escéptica». Probablemente el primer artículo sobre el tema fue «The Heat is On: The warming of the world’s climate sparks a blaze of denial», escrito por el periodista Ross Gelbspan (1995), que más tarde publicaría un libro sobre la temática (Gelbspan, 1998). 

En un principio, la atención se centró en la negación literal de las evidencias científicas y en los argumentos que la caracterizan. En este sentido, una de las primeras propuestas taxonómicas fue planteada por Stefan Rahmstorf (2004), que distinguía entre escépticos de la tendencia (que negarían la existencia del calentamiento global), escépticos de la atribución (que aceptarían la tendencia al calentamiento, pero la achacarían a causas naturales), y escépticos del impacto (que creerían que el calentamiento global sería inofensivo o incluso beneficioso). Se trata de una diferenciación básica sobre la que se han ido tejiendo otras divisiones que analizan el fenómeno de forma más compleja o integran nuevos elementos, pero que no cuestionan esta clasificación del núcleo de los argumentos.

Por ejemplo, en el caso de la reevaluación conceptual de Van Rensburg (2015) se engloban los tres tipos de argumentos anteriores en «escepticismo de las evidencias». A ello se añadirían otros dos «centros» del escepticismo: los «procesos» y las «respuestas». Estos hacen referencia, en primer lugar, a quienes no cuestionan estrictamente si existe el cambio climático o si este es causado por las actividades humanas, sino que rechazan y desconfían de los procesos científicos, burocráticos y políticos que hay detrás de la ciencia climática mayoritaria. En segundo lugar, Van Rensburg habla de quienes se resisten a las respuestas, es decir, quienes se oponen a los instrumentos políticos que impliquen un alto nivel de regulación gubernamental o grandes transformaciones sociales. 

Siguiendo esta última idea, surgen las propuestas terminológicas más recientes: obstruccionismo y retardismo (lo que en inglés se ha llamado climate obstruction/delay, pero que en castellano se ha adaptado como -ismo, de la misma forma que denial se popularizó como «negacionismo»). La idea principal es subrayar los efectos de estos discursos en el bloqueo de políticas climáticas verdaderamente transformadoras y su sustrato ideológico de defensa del statu quo neoliberal.

En este sentido, propuestas como la de Ekberg et al. (2022) hablan de obstrucción primaria (asimilable a lo que se ha llamado «escepticismo de evidencias»), secundaria (que implica que la ciencia se acepta, al menos tácitamente, pero se trata de obstaculizar la acción climática por razones ideológicas o económicas) y terciaria (que se refiere a las culturas, jerarquías, valores e infraestructuras existentes a nivel social que favorecen la parálisis y la continuación con el business as usual). Como sintetizan Almiron y Moreno (2022, p. 11), no existen «dos bandos en la inacción climática (el negacionista y el no negacionista) sino un conglomerado de actores entre los que algunos niegan, bastantes más obstruyen y una enorme mayoría no colabora o boicotea la acción climática inconscientemente».

El argumento a favor de estas nuevas conceptualizaciones, entonces, reside en que usar «negacionismo» como concepto paraguas corre el riesgo de simplificar en exceso una realidad compleja, polarizando el debate público e invisibilizando a quienes contribuyen a la inacción climática sin negar estrictamente la ciencia. Además, con «obstruccionismo» y «retardismo» se quiere subrayar tanto el papel de ciertas industrias en el boicot de las políticas, como especialmente la base ideológica que sustenta estas dinámicas, asentada en una «cosmovisión antropocéntrica, industrial y patriarcal» (Almiron y Moreno, 2022). 

Por su parte, las críticas al uso de «escepticismo» señalan que con ello se otorgaría un aura de legitimidad científica a posiciones que no cumplen con los requisitos necesarios. Sin embargo, Van Rensburg (2015) defiende esta etiqueta, con la que se autoidentifican ciertos grupos de «escépticos climáticos», como puente para un diálogo constructivo para no reducir a la otra parte a un mero estereotipo. 

Debe tenerse en cuenta que la mayor parte de la investigación proviene del ámbito anglosajón, fundamentalmente de Estados Unidos, donde históricamente el «contramovimiento climático» ha sido más fuerte, y donde un gran número de estudios se ha centrado en lo que ha llegado a denominarse «la máquina de la negación» (Plitz 2008; Dunlap 2013). Este concepto describe a una constelación de actores que han venido realizando un esfuerzo coordinado por sembrar la duda sobre las conclusiones de la ciencia climática, haciendo ver que se trataba de un tema aún en disputa y que, por tanto, las actuaciones políticas en pos de la mitigación serían precipitadas y contraproducentes. Una de las investigaciones pioneras y frecuentemente citadas en este sentido es Mercaderes de la duda (2010), de Naomi Oreskes y Erik M. Conway, que asimilaba la estrategia de la industria fósil a la que pusieron en marcha las tabacaleras a mediados del siglo XX para desdibujar la relación entre su producto y el cáncer de pulmón. 

Posteriormente, Dunlap y Brulle (2020) han profundizado en este enfoque, basado en la producción activa de ignorancia, clasificando los actores involucrados en «fuentes» y «amplificadores», y según su aparente motivación principal (económica o ideológica). Entre estos actores estarían: corporaciones y asociaciones empresariales de la industria fósil, así como un entramado de organizaciones fachada, empresas de publicidad, fundaciones, etc. al servicio de dicha industria; un pequeño número de científicos disidentes; think tanks conservadores; políticos (en el caso estadounidense, del Partido Republicano); la «cámara de eco» creada por los medios de comunicación; y, por último, «blogueros negacionistas». Otras investigaciones han analizado los puntos de conexión del negacionismo con la extrema derecha (Forchtner, 2019); con el populismo (Jylhä y Hellmer, 2020; Kulin, Sevä y Dunlap, 2021); o con los imaginarios del nacionalismo y la masculinidad (Agius, Rosamond y Kinnvall, 2020).

Más allá de la investigación sobre estos agentes concretos con un rol activo en la obstrucción, también se están desarrollando otras reflexiones sobre el fracaso político en torno al cambio climático (y la crisis ecológica en general), a escala social y global. Esta perspectiva queda apuntada, por ejemplo, en la idea de obstrucción terciaria de Ekberg et al. (2022), y recibe un mayor desarrollo en propuestas conceptuales como las que hablan de «insostenibilidad sostenida» (véase sostenibilidad) (Blühdorn, 2013), «modo de vida imperial» (Brand y Wissen, 2021) o que tratan de explicar la resistencia a los cambios sociales a gran escala asociados al cambio climático como un esfuerzo por evitar un trauma cultural, cuyo resultado es la «inercia social» a nivel individual, institucional y social (Brulle y Norgaard, 2019). 

Precisamente, desde el campo de la psicología se han tratado de explicar las motivaciones por las cuales los individuos niegan o rechazan tanto el consenso científico como la necesidad de acción rápida y transformadora. En este sentido, parece clave la idea de la ignorancia como defensa psicológica (Norgaard, 2006), reflejada en la aplicación de los tres estados de la negación de Cohen (2001), que se dan entre las personas que experimentan eventos que causan sufrimiento.

Desde la filosofía, por su parte, las aproximaciones han sido mayormente epistemológicas. Entre otras contribuciones, se han propuesto análisis sobre el concepto de escepticismo o pseudoescepticismo climático (Torcello, 2016), sobre el negacionismo como ignorancia hermenéutica voluntaria o culpable (Mason, 2020), o sobre las teorías de la conspiración asociadas a estos posicionamientos (Uscinski, Douglas y Lewandowsky, 2017).

En resumen, el fenómeno del negacionismo del cambio climático se ha estudiado desde múltiples perspectivas: qué se niega o cuestiona (en un principio, las evidencias y el consenso científico, pero posteriormente se ha abierto el foco hasta abarcar todo el campo de la acción política); quién lo hace (la «máquina de la negación» con sus fuentes y amplificadores, sectores del espectro político o las sociedades humanas en general); y por qué se hace (motivaciones económicas, ideológicas o psicológicas). Todas ellas tratan de contribuir a la reflexión sobre el desfase entre la urgencia que destilan las advertencias de la ciencia y la parálisis para poner en marcha una transición ecosocial que evite los peores escenarios derivados de la crisis climática. 

Bibliografía

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Blühdorn, Ingolfur (2013), “The governance of unsustainability: ecology and democracy after the post-democratic turn”, Environmental politics, 22 (1), 16-36

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