Colonialismo verde

Isabel Wences 

El colonialismo despliega su fuerza en múltiples dimensiones ‒política, económica, subjetiva y epistémica‒, provocando profundas y devastadoras consecuencias en la Naturaleza. 

El colonialismo, denuncia Silvia Rivera Cusicanqui, se encuentra inserto en “estructuras y gramáticas que subyacen a multitud de estratificaciones, exclusiones y antagonismos” (2010, p. 37), que hoy en día se reflejan en múltiples legados de dominación, algunos directamente relacionados con acciones de apropiación, extracción, imposición, expulsión y destrucción relacionadas con el medioambiente. Dos lógicas acompañan a estas acciones: por un lado, restructurar y acumular capital; por el otro, funcionar colonialmente asumiendo que hay territorios, cuerpos y poblaciones que están al servicio de unos pocos (Lang et. Al., 2023).  

Cuando estas acciones y lógicas se despliegan a través de la intensificación de dinámicas imperiales de apropiación y acumulación, legitimadas por una retórica de sostenibilidad, conservación ambiental, descarbonización, compensación y transición energética o ecológica, nos encontramos ante lo que se ha etiquetado como “colonialismo verde”. Esta etiqueta puede configurarse como una categoría analítica que designa la reproducción, innovada, de relaciones coloniales o neocoloniales de poder y nos permite examinar políticas, proyectos, prácticas y discursos que, bajo el paraguas de lenguajes ambientales y retóricas de protección del planeta, conllevan patrones coloniales de dominación. La categoría colonialismo verde es de utilidad analítica para responder preguntas relacionadas con asimetrías de poder tales como ¿para quién es verde? ¿quién decide? ¿a quiénes se invisibiliza? ¿quién se beneficia? y ¿quién soporta las cargas? 

De esta manera, el colonialismo verde irrumpe de diferentes maneras y adquiere múltiples alcances. A continuación, se enumeran algunas de estas manifestaciones y se ejemplifican con casos actuales. 

1.- Colonialismo verde y extractivismo 

Una de las formas en las que se expresa el colonialismo verde es el extractivismo, un patrón poderoso de acumulación directamente relacionado con la llegada del capitalismo moderno (véanse Capitalismo verde y Capitalismo y crisis ecosocial). El extractivismo ha sido y es -desde la época colonial hasta el neocolonialismo actual de nuestros días- un proceso de saqueo y apropiación de recursos naturales “en grandes volúmenes y/o alta intensidad que son exportados como materias primas o commodities” (Gudynas 2021, p. 26) y cuya comercialización está en manos de algunos Estados, pero especialmente de conglomerados corporativos trasnacionales.  

La envergadura ambiental de algunos “impactos locales” y “efectos derrame” del extractivismo es tal que Gudynas los describe como “amputaciones ecológicas” y “extractivismos depredadores” (2021, p. 31). La intensificación que han adquirido las extracciones en las últimas décadas y la acelerada expansión de los territorios sometidos a explotación dejan su inmensa huella en el colapso ecológico (Svampa y Viale, 2020).  

Este colonialismo verde extractivista puede ilustrarse mediante dos manifestaciones. Primera, en nombre de la transición energética y con el fin de producir baterías, coches eléctricos, turbinas eólicas o paneles solares se saquean ingentes cantidades de minerales en el Sur Global como el litio, el cobalto, el níquel, el cobre y se extrae madera de balsa. La intensa demanda internacional, en lugar de disminuir, aumenta y explora nuevos enclaves, como es la minería submarina en aguas internacionales. Cuando la transición “verde” del Norte Global es corporativa, colonial e insustentable y se orienta a mantener los niveles de consumo de las economías ricas, es decir, cuando el proceso de descarbonización se da mediante desposesión, se generan enormes zonas de sacrificio -tóxicas, contaminadas y envenenadas- en regiones del Sur Global (Hamouchene y Sandwell, 2023). Segunda, el agronegocio y, en especial, la soja transgénica es una devastadora forma de extractivismo y su cultivo ha dado lugar, por un lado, a una crisis socioambiental de enorme envergadura, consecuencia de la destrucción de millones de hectáreas de bosques nativos (especialmente en el cono sur de América Latina); y, por otro, al desplazamiento y criminalización de millones de campesinos, a un desproporcionado incremento en el uso del glifosato y de agrotóxicos y a la concentración de la tierra en cada vez menos manos (véase “20 años de soja transgénica en el Cono Sur”). 

2.- Colonialismo verde y conservacionismo 

“Como en la época colonial, la conservación no cuestiona la extracción destructiva, sino que se asocia con ella” denuncia la organización Survival (véase “Voz Indígena – Testimonios sobre el impacto de la conservación”). El conservacionismo busca proteger de la degradación ambiental a ecosistemas, especies, paisajes y biodiversidad. Su vínculo con el colonialismo verde se presenta cuando la creación de parques naturales, reservas o áreas protegidas se lleva a cabo mediante la apropiación territorial, la expulsión y el desplazamiento de pueblos indígenas, comunidades campesinas o poblaciones locales coartándose sus formas de vida; cuando se imponen modelos externos de gestión ambiental; cuando se emplea una narrativa de protección de la “Naturaleza” como si en ella no estuvieran integrados los seres humanos.  

Desde la ecología política se ha acuñado la idea de “conservacionismo de fortaleza” (fortress conservation) para criticar un modelo de conservación que, sustentado en una visión binaria naturaleza-sociedad, justifica la creación de áreas protegidas sin personas. Dan Brockington (2002) se pregunta si es necesario que un entorno natural esté deshabitado para ser “salvado” y denuncia, por un lado, que los enfoques dominantes para la conservación de la vida silvestre tienen más que ver con la visión occidental del medio ambiente y no tanto con lo que los pueblos y comunidades africanas consideran más conveniente; y, por el otro, señala que el conservacionismo de fortaleza justifica, para la creación de reservas naturales, la restricción, expulsión y desplazamiento de pueblos y comunidades locales. Mark Dowie (2009) demuestra cómo los pueblos indígenas —desde los miwok de Yosemite hasta los masái del este de África— han sido desplazados de sus tierras en nombre de las más de cien mil áreas de conservación protegidas en todo el mundo. Aproximadamente, la mitad de estas áreas, afirma Dowie, estaban habitadas por pueblos indígenas.  

Conectado con lo anterior, otra manifestación del colonialismo verde es el acaparamiento, esto es, la apropiación de grandes extensiones de tierras y recursos en nombre del medioambiente a través de la enajenación, mercantilización, expulsión y desplazamientos. Ocultos bajo la narrativa de “salvar el planeta”, muchas agendas ecológicas se convierten en los principales motores y objetivos de los acaparamientos verdes (Fairhead et. al., 2012). Algunos casos ampliamente conocidos son las reservas forestales y los parques eólicos que acompañan a los proyectos de energía renovables. Estas agendas ecológicas se presentan como proyectos limpios y sostenibles, de transición energética justa, pero sus extensiones masivas y sus nuevas formas de mercantilización pueden, por un lado, limitar el acceso local a la tierra, agua, pastos o bosques y, por el otro, dañar el medio ambiente. Cuando esto sucede, entran dentro de la lógica del colonialismo verde (véase “Somos viento. Resistencia en el Istmo de Tehuantepec en Oaxaca, México, contra proyecto eólico”). 

3. Colonialismo verde, contaminación y “refugios de desechos”  

Muchos países industrializados, que mantienen altos niveles de consumo, generan enormes cantidades de basura electrónica, plásticos, residuos textiles, residuos ferrosos, productos tóxicos o materiales difíciles de reciclar. En lugar de asumir plenamente el coste de tratarlos de forma segura dentro de sus propios territorios (cuya imposición de regulaciones cada vez es más estricta), exportan esos residuos a países de ingresos más bajos, a pesar de que no están bien equipados para eliminar y gestionar adecuadamente dichos desechos y poder proteger la salud de las personas y del ambiente. Varios factores, propios de “patrones neocoloniales” (Das et al., 2022, p. 22), “incluidas las diferencias en los costos de eliminación, las tasas impositivas, las reglamentaciones ambientales, los costos de envío, las capacidades tecnológicas y las actividades delictivas ilegales, son importantes impulsores del comercio internacional de desechos” (p. 9). 

El que los países más pobres se hayan convertido en “refugios de desechos” se debe no solo a los bajos costos de envío, especialmente comparados con los altos costos de eliminación, sino también a la existencia de regulaciones ambientales más débiles, controles menores o una necesidad económica que lleva a aceptar actividades contaminantes. En muchos casos, estos residuos se presentan formalmente como “material reciclable” o como parte de una “economía circular”, pero en la práctica terminan en vertederos, incineradoras informales o cadenas de reciclaje altamente peligrosas.  

Esto produce una fuerte injusticia ambiental (Robert Bullard, 1990) porque los beneficios del consumo se concentran en los países ricos, mientras que los daños —contaminación del suelo, del agua y del aire, enfermedades, degradación de ecosistemas y precarización laboral— recaen sobre comunidades pobres, en gran medida racializadas negras o indígenas. Lo anterior da cuenta de que el colonialismo verde también es racista. Ferdinand Malcom (2019) propone el concepto “negroceno” para denunciar cómo una minoría, con el fin de mantener su modo de vida insostenible, explota al resto; es decir, expone de forma exagerada a los pueblos negros e indígenas a la contaminación y al calentamiento global (véase “Reportaje sobre la fast fashion y Ghana”, Programa 1: ropa basura). 

4. Colonialismo verde y carbono 

Hay colosales diferencias entre ricos y pobres relación con las emisiones de carbono. “Las emisiones promedio de alguien en el 10% más rico de la población mundial son probablemente alrededor de 20 veces el promedio de alguien en el 50% más pobre” (Wilkinson y Pickett, 2022, p. 14). Un informe de Oxfam lo expresó de manera aún más cruda: El 1% más rico de la población mundial genera la misma cantidad de emisiones de carbono que los 5.000 millones de personas que componen los dos tercios más pobres de la humanidad (Oxfam, 2023).  

Los mercados de carbono nacen como instrumentos destinados a reducir emisiones de forma eficiente, permitiendo que Estados o empresas compensen sus emisiones financiando proyectos de reducción o captura de carbono en otros lugares. El problema se despliega cuando estos mercados de carbono o mecanismos de compensación se convierten en estrategias de acumulación de capital (Bumpus y Liverman, 2009); cuando transforman ecosistemas, bosque y suelos en unidades cuantificables y negociables. Territorios que tienen valor cultural, espiritual o colectivo para muchas comunidades históricamente subordinadas, no solo pasan a ser tratados como “sumideros de carbono” al servicio de objetivos económicos de empresas o países altamente emisores, sino que se invisibilizan otras formas de relación con el territorio y con la Naturaleza.  

La cuestión de fondo no es solo la captura carbono, sino quién decide, quién se beneficia, y quién asume las cargas, y si el mecanismo coopera efectivamente a la justicia climática o simplemente tiñe de verde relaciones globales de dependencia y desigualdad. 

5. Turismo ecológico excluyente y las “Repúblicas de vida silvestre” 

A principios de la década de los setenta, Walter Rodney llamó la atención sobre la conservación de la vida silvestre como una nueva forma de explotación y dominación imperialista dentro de la economía capitalista global. Denunció que: 

El imperialismo internacional amenaza con transformar a Kenia, Uganda y Tanzania en “Repúblicas de vida silvestre”. Se hicieron todos los esfuerzos posibles para atraer a los turistas a observar a los animales, y los animales adquirieron prioridades más altas que los seres humanos […], el turismo en todos sus aspectos está demostrando ser una de las nuevas áreas de expansión de la economía imperialista. Es una nueva forma de confirmar la dependencia y el sometimiento de las economías del Tercer Mundo (1972, p. 32).  

Cincuenta años después, Aby Sène confirma que Rodney tenía razón, las “Repúblicas de vida silvestre” son áreas protegidas, administradas en gran medida por personas ajenas a la comunidad local, que incluyen parques nacionales, reservas de caza y una miríada de otros lugares y espacios preservados sobre la base de desalojar a los habitantes originarios y con el discurso de la conservación de la vida silvestre y la naturaleza. 

El Sur Global representa dos tercios de casi el 16 por ciento de la cobertura territorial mundial de áreas protegidas. Países africanos como la República del Congo, Namibia, Tanzania, Zambia y Guinea han reservado cada uno entre el 35 y el 42 por ciento de sus territorios nacionales exclusivamente para la conservación de la vida silvestre y la biodiversidad. Proporcionan un lugar para que la clase media y la élite del Norte Global se deleiten con la naturaleza africana (2022). 

Así, el colonialismo verde se manifiesta también en ciertas formas de turismo ecológico excluyente. Se hace patente cuando proyectos de ecoturismo o de supuesto “turismo sostenible” mercantilizan los entornos naturales y convierten territorios locales en espacios de consumo para el disfrute de visitantes nacionales o extranjeras con alto poder adquisitivo, mientras comunidades originarias pierden acceso, control o capacidad de decisión sobre estos sitios. 

En suma, el colonialismo verde reproduce, mediante nuevos mecanismos y narrativas, las mismas lógicas de dominación, despojo y desigualdad que históricamente han acompañado al colonialismo.  

Bibliografía: 

Brockington, D. (2002). Fortress Conservation: the Preservation of the Mkomazi Game Reserve. Indiana University Press. 

Bullard, R. (1990). Dumping in Dixie, Race, Class and Environmental Quality. Westview Press. 

Bumpus, A. y Liverman, D. (2009). Accumulation by Decarbonization and Governance of Carbon Offsets. Economic Geography, 84(2), 127─155. https://doi.org/10.1111/j.1944-8287.2008.tb00401.x 

Das, D., Chakrabarty, S. & Ghosh, J. (2022). Estrategias de mitigación del calentamiento global: impactos y obstáculos en países de ingresos bajos y medios. Earth4all. Documento de inmersión profunda 07.  

Dowie, M. (2009). Conservation Refugees: The Hundred-Year Conflict between Global Conservation and Native People. MIT Press. 

Fairhead, J., Leach, M. & Scoones, I. (2012). Green Grabbing: A New Appropriation of Nature? The Journal of Peasant Studies, 39(2), 237─261. DOI:10.1080/03066150.2012.671770 

Ferdinand, M. (2019). Une écologie décolonial. Éditions du Seuil. 

Gudynas, E. (2018). Extractivismos: el concepto, sus expresiones y sus múltiples violencias. PAPELES de relaciones ecosociales y cambio global, 143, 61─70. 

Hamouchene, H. & Sandwell, K. (2023). Dismantling Green Colonialism. Energy and Climate Justice in the Arab Region. Pluto Press. 

Lang, M., Bringel, B. & Manahan, M. A. (Eds.). (2023). Más allá del colonialismo verde: justicia global y geopolítica de las transiciones ecosociales. CLACSO. 

Oxfam. (2023). Igualdad climática: un planeta para el 99%. Noviembre.  https://www.oxfamintermon.org/es 

Rivera Cusicanqui, S. (2016). Un mundo ch’ixi es posible. Ensayos desde un presente en crisis. Tinta Limón. 

Rodney, W. (1972). Problems of the Third World Development. Ufahamu: A Journal of African Studies, 3(2), 27─47. https://doi.org/10.5070/F732016395 

Sène, A. L. (2022). Against Wildlife Republics: Conservation and Imperialist Expansion in Africa. The Republic. 

https://rpublc.com/story/2022/11/13/history/conservation-and-imperialist-expansion-in-africa

Svampa, M. & Viale, E. (2020). El colapso ecológico ya llegó. Una brújula para salir del (mal)desarrollo. Siglo XXI. 

Wilkinson, R. & Pickett, K. (2022). De la desigualdad a la sostenibilidad. PAPELES de relaciones ecosociales y cambio global, 159, 13─30. 

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