Ecoanarquismo

Alberto Fernández García 

El eco-anarquismo, al igual que otras corrientes de pensamiento anarquista, no supone un corpus teórico definido y coherente. No existe una escuela de pensamiento ecoanarquista organizada en torno a unos presupuestos teóricos y unas líneas de investigación, ni siquiera un consenso entre aquellos autores que se autodenominan de dicha manera. 

Sin embargo, las raíces ecológicas del anarquismo podrían encontrarse en dos autores. En primer lugar, Piotr Kropotkin, defendía el mutualismo frente al darwinismo imperante de la época (Kropotkin, 2020). Geógrafo de profesión, Kropotkin fue un estudioso de las Ciencias Naturales y a lo largo de su vida contribuyó a numerosos debates científicos como, por ejemplo, el cambio climático (Davis, 2017). En segundo lugar, encontramos la obra de Élisée Reclus. También geógrafo y estrecho colaborador de Kropotkin, fue otro pionero en muchos debates de su época. Para este autor, existía una estrecha armonía entre humanidad y naturaleza: el progreso reside en la autoconciencia del ser humano como parte del mundo que habita y, por lo tanto, debe encontrar un equilibrio con el medio natural que le rodea (Reclus, 2014). Ambos autores elaboraron fuertes críticas al evolucionismo darwinista -y su extrapolación social en la competición de entre individuos y entre Estados-, proponiendo en su lugar la ayuda mutua y la cooperación interespecies con el medio natural (véase Darwinismo social). 

Más adelante, Murray Bookchin recogería el testigo de estos autores. Considerado el máximo exponente del anarquismo verde, rechaza la teoría darwinista de la evolución como agencia externa de fuerzas selectivas defendiendo, al igual que Kropotkin y Reclus, la simbiosis y la cooperación. Bookchin es conocido como el padre de la “ecología social”, una línea de investigación que propone la alta interdependencia entre los asuntos ecológicos y los asuntos humanos. Como dice al principio de Ecología Social, “lo que literalmente define la ecología social como “social”, es el reconocimiento del hecho, frecuentemente ignorado, de que casi todos nuestros problemas ecológicos surgen de nuestros profundamente enraizados problemas sociales” (Bookchin, 2015, p. 31).  

Bookchin critica el binomio Naturaleza/Sociedad (véase Naturalismo). La evolución, desde lo no-orgánico hacia lo orgánico, desde lo unicelular simple a la complejidad pluricelular, es un incesante proceso de desarrollo basado en el incremento de la subjetividad, la flexibilidad y la creciente diferenciación, que genera organismos más adaptables y autoconscientes. Los seres humanos se sitúan dentro de esta evolución orgánica, no son distintos a la naturaleza. Es la diferenciación que realiza Bookchin entre “naturaleza primera” -biológica- y “naturaleza segunda” -humana o cultural-. Pero esta conceptualización no supone un dualismo, sino una relación dialéctica entre ambas: se trata de mirar a través de la historia evolutiva y reconocernos en sus huellas, como parte del mismo proceso. 

En su obra más famosa, Ecología de la libertad (1999), tratará de hacer un recorrido por la historia de la dominación humana. En la prehistoria, no había jerarquías ni distinciones sociales; existía un sentimiento de igualdad y armonía entre humanos. En estas sociedades “orgánicas”, la naturaleza formaba parte integral del orden universal y cósmico. Con la irrupción de las ciudades en el Neolítico, surgieron las primeras “altas civilizaciones” o imperios de la Antigüedad. Según Bookchin, esto trajo consigo el surgimiento de la estratificación y el poder burocrático-estatal. El resultado fue una ruptura con la organicidad de la naturaleza, pasando a ser un objeto de dominio y explotación.  

El recorrido del autor nos conduce hasta la modernidad Occidental -o sociedad capitalista-, que culmina esta historia de la dominación. El progreso en la cosmovisión moderna fue visto como la capacidad técnica para poner la naturaleza al servicio del mercado y el interés egoísta. El mundo social ya se encuentra aquí completamente disociado de un mundo natural que se ha vuelto un instrumento más para los objetivos de la dominación. En oposición al individualismo y el derecho burgués, Bookchin reivindica la ética de las sociedades orgánicas, imbuida de mutualismo, cuidado y libertad, propia de una relación originaria con la naturaleza. 

Por lo tanto, para Bookchin, es necesario romper con la modernidad capitalista, pero recogiendo el testigo de la razón y la libertad que heredamos de ella. La propuesta del autor pasa por lo que denomina una “sociedad ecológica”. Diferencia esta de las sociedades orgánicas, pues no se trata según él de volver al pasado, sino de reactualizar la “naturaleza humana” -la convivencia con los de su especie, el cuidado- con vistas a recuperar nuestra relación armónica con la naturaleza, mirando siempre hacia el futuro. Una sociedad libre que pone el acento en la “autonomía individual” moderna sin perder los lazos comunales tan característicos de las sociedades orgánicas. La forma política de esta sociedad ecológica sería el municipalismo libertario, basado en “el principio ético antijerárquico de unidad de la diversidad, autoformación y autogestión, complementariedad y apoyo mutuo” (Bookchin, 1984, p. 9). La organización se produciría en torno a municipios y ciudades, gobernadas por asambleas populares que podrían conformar una democracia a nivel federal, pero sin perder su carácter descentralizado.  

Las principales críticas a Bookchin se centran en que, si bien reconoce que no es posible volver hacia atrás, realiza una constante romantización del pasado prehistórico, aludiendo al mito de una Edad de Oro. Sin embargo, el concepto de origen es siempre problemático; en este caso, una naturaleza prístina originaria que está a la espera de ser recuperada. No sabemos si existió verdaderamente una continuidad entre relaciones sociales no jerárquicas y una armonía con la naturaleza. También podría criticarse la vinculación esencialista que realiza entre lo femenino y el cuidado o la diferenciación entre evolución biológica y evolución social. 

Otro aporte remarcable al eco-anarquismo es la obra de James C. Scott. Este autor realiza una extensa investigación sobre la resistencia de distintos pueblos hacia el poder estatal y la centralización del poder a lo largo de la historia. Fuertemente influenciado por la antropología y el método etnográfico, se nutre de las vivencias y experiencias colectivas de aquellos “pueblos sin historia”, cuyas voces han sido sometidas y dominadas por el poder de los estados. Se trata de una historia contada “desde abajo”, desde los márgenes de cualquier narrativa universal. Al dar voz a los sujetos subalternos, Scott busca desmontar el relato del progreso y la civilización, mostrando los ejemplos prácticos de resistencia y lucha política deliberada de estos pueblos contra las burocracias y la centralización del poder. Su crítica supone una mirada radicalmente distinta de la historia: las grandes civilizaciones no siempre trajeron consigo el progreso. 

La ecología política juega un papel fundamental en su crítica de la dominación estatal. Scott argumenta que los Estados llevan a cabo estrategias de manipulación, simplificación y adaptación de los entornos naturales para ponerlos al servicio de sus objetivos (véase Servicios ecosistémicos). En su obra Lo que ve el Estado (1999), sostiene que es fundamental para el Estado llevar a cabo tareas de “legibilidad” que permiten ejercer un control efectivo sobre su población y la naturaleza, como los mapas, censos o medidas. Se produce así una estandarización de la realidad social con el objetivo de controlar los recursos y gravar impuestos. Esta lógica de estandarización está basada en lo que Scott denomina Alto Modernismo, en tanto cosmovisión característica de la sociedad moderna que deposita una fe ciega en el progreso tecnocientífico y justifica el dominio racional de la naturaleza y del orden social.  

Más adelante, tratará de establecer un continuum histórico entre estas formas de racionalización y el surgimiento de la agricultura y de las primeras civilizaciones sedentarias del Neolítico. En su obra Contra el grano (2017), Scott argumenta que los cereales como el trigo, la cebada o el maíz fueron la base sobre la que se organizaron y surgieron los primeros estados. El cereal era divisible y almacenable, lo que hacía más fácil su control y confiscación a través de los impuestos. Sitúa aquí los orígenes de la manipulación y alteración medioambiental a gran escala, en lo que él entendía como domus, o complejos ecológicos de concentración multiespecie que incluían recursos agrícolas, seres humanos y animales domésticos. 

Scott muestra como el hacinamiento en estos domus no trajo el progreso, sino que más bien muchos de estos estados colapsaban rápidamente por la desforestación, la salinización de los suelos y la zoonosis que provocaba frecuentes epidemias, lo que hacía a estas sociedades altamente frágiles (véase Colapso ecosocial). Entonces, lejos de la narrativa del progreso, la agricultura y el sedentarismo de las primeras civilizaciones no supusieron ningún avance. En muchos casos, era más deseable vivir en sociedades simples, como los cazadores-recolectores, que disfrutaban de dietas más variadas, mejor salud y más libertad con respecto a los sujetos de los domus. Muchos de estos pueblos se resistían a ser absorbidos, por lo que se apoyaban en la “fricción del terreno”: el estado no puede ejercer su poder militar y administrativo debido a la posición geográfica en montañas, marismas o selvas impenetrables. Además, estas poblaciones practicaban una “agricultura de escape” (Scott, 2009) caracterizada por la diversidad y la dispersión, cultivos movibles que hacen difícil que puedan ser mensurados y gravados. Es el caso de la yuca, el ñame o la batata, cultivos de raíces y tubérculos cuya apropiación por parte del Estado es mucho más difícil. 

La geografía sirve a estos pueblos como refugio antiestatal, una forma deliberada de resistencia hacia la centralización, de volverse “ilegibles”. De esta manera, Scott contrapone el concepto de metis, es decir, el conocimiento local, práctico y tradicional de estas culturas de resistencia, frente al concepto de episteme, en tanto conocimiento científico instrumental del Estado. Frente al fracaso del Alto Modernismo y del impulso de control de la naturaleza mediante la ciencia y el poder, Scott propone un modelo de sociedad basado en la adaptabilidad y la diversidad de la metis, de aquellos conocimientos locales que han sido acumulados durante siglos y generaciones por sociedades que vivieron en una mayor conexión orgánica con la naturaleza. Solo así podremos poner fin a la planificación tecnocráctica de la naturaleza por parte del Estado que ha conllevado el ecocidio de nuestros días. 

Los críticos de Scott señalan algunas debilidades de su trabajo, especialmente con respecto a su concepto de Estado: funciona como un concepto transhistórico, es decir, común y presente a lo largo de toda la historia, sin realizar un análisis de su especificidad como producto de la Modernidad. Establecer una continuidad entre las primeras civilizaciones burocráticas de la Antigüedad y la maquinaria estatal de la época moderna es profundamente problemático. El surgimiento de pequeñas burocracias -que muchas veces estaban relacionadas con el ritualismo y la ceremonialidad más que con un despotismo extractivista- no es suficiente para afirmar la existencia de estados en dichas fases tempranas de la historia. Por ello, las principales críticas hacia Scott se centran en su exageramiento sobre el alcance y el poder real que tuvieron estas burocracias (Lieberman, 2010). Incluso muchas de estas cooperaban con los pueblos de los “márgenes” y tenían cierta relación de interdependencia, de manera que no siempre existía una tensión constante entre dichas burocracias y estos grupos. 

Bibliografía: 

Bookchin, M. (1984). Seis Tesis sobre Municipalismo Libertario. Titivillus.  

Bookchin, M. (1999). La Ecología de la Libertad. El surgimiento y la disolución de la jerarquía. Nossa y Jara Editores. 

Bookchin, M. (2015). Ecología social. Apuntes desde un anarquismo verde. Editorial Novena Ola. 

Davis, M. (2017). El desierto que viene. La ecología de Kropotkin. Virus Ed. 

Kropotkin, P. (2020). El apoyo mutuo. Pepitas de Calabaza. 

Lieberman, V. (2010). A zone of refuge in Southeast Asia? Reconceptualizing interior spaces. Journal of Global History, 5, 333-346. 

Reclus, E. (2014). Evolución, revolución y anarquía. Marcial Pons. 

Scott, James. (1998). Seeing like a State. Yale University Press. 

Scott, James. (2009). The art of not being governed. An anarchist history of Upland Southest Asia. Yale University Press. 

Scott, James. (2017). Against the Grain. A deep history of the early States. Yale University Press. 

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